Teología Litúrgica - La penitencia según Amalario de Metz
Adolfo Ivorra
Artículo publicado en Liturgia y Espiritualidad 39 (2008) 359-366.
La penitencia según Amalario de Metz
Después de estudiar brevemente en un artículo anterior la unción de los enfermos según Amalario de Metz (†850)[1], ahora nuestra atención se dirige al sacramento de la penitencia. Como es habitual, la exégesis amalariense vuelve a inspirarse en la exégesis de los cuatro sentidos de la Escritura[2], dentro del esquema general de Sagrada Escritura-Comentario patrístico. Con respecto al sacramento que nos ocupa, Amalario no le dedica una obra específica, sino que su teología penitencial la encontramos en el Liber Officialis[3], en los libros I y IV, dedicados a explicar el año litúrgico y la oración de las horas respectivamente. Debemos de tener en cuenta que la penitencia sacramento en el contexto hispano-galicano tenía una connotación no-ritualista, tal como nos lo explica E. Mazza: «son las obras penitenciales el elemento determinante: en la penitencia el rito viene después, como conclusión de lo que se ha hecho en la vida»[4]. Esta dimensión existencial de la penitencia, entendiendo la sacramentalidad dentro del concepto de liturgia de la vida, conviene no perderla de vista[5]. Por lo tanto, no sólo nos fijaremos en las descripciones que hace Amalario de la celebración per se, sino también en otros aspectos relacionados con ella.
- La penitencia en el libro I
Del mismo modo que con la unción de los enfermos, la penitencia está comprendida en Amalario dentro de la semana santa. Esto no impide, sin embargo, que reflexione sobre el sacramento en sí. La mayor parte de la reflexión amalariense sobre la penitencia se encuentra en el libro I del Liber officialis, precisamente porque trata de la semana santa. Amalario comienza su reflexión en torno a la absolución al considerar un texto de san Agustín que afirma que en sus códices existen precationes, orationes, interpellationes, postulationes y gratiarum actiones[6]. La precatio es toda oración que se realiza ante la mesa del Señor, el altar. La oratio es la que realiza hasta la comunión. La interpellatio o postulatio es la bendición sobre el pueblo. La gratiarum actio lo concluye todo. Estas palabras de Amalario en el proemio del Liber officialis nos transmiten el esfuerzo por comprender las partes de la eucaristía y cómo en otras latitudes son comprendidas de otra forma. Si Agustín habla de precationes, los códices de Amalario hablan de obsecrationes (súplicas), y en Ambrosio se refiere a la absolución de los pecados. La reflexión amalariense continúa con la eucaristía, pero la penitencia está vinculada a ella. Por eso, poco después, vuelve a hablar de la penitencia: el que come dignamente el cuerpo de Cristo, vive y espera la plena resurrección el octavo día, pues por el bautismo o la penitencia nos hacemos partícipes ya de la resurrección[7].
Pero Amalario enraíza aún más la vinculación de la penitencia –aquí reducida a la absolución intra-eucarística– en la vida de Cristo. Él, antes de padecer, oraba solo y permanecía en vigilia orante. Oraba por nosotros, no por sí mismo. Todo el género humano era súbdito del diablo, pero la absolución desciende del cielo, desatando la sujeción a la que estábamos sometidos. La oración del sacerdote en este momento de la eucaristía absuelve los pecados, y permite pasar a la “inmolación”. Muchos son los pecados, pero en una oración del sacerdote pueden ser perdonados todos.
En su reflexión sobre la septuagésima[8], Amalario vuelve sobre la relación bautismo-penitencia. Por medio del pecado posbautismal nos desviamos del camino que conduce a la Jerusalén celeste. Por medio de la septuagésima, nos volvemos “cautivos” de la peregrinación, es decir, Amalario comprende la septuagésima como camino. Por medio de los esfuerzos penitenciales nos llenamos de gozo en la resurrección del Señor, por la cual retornamos a la Jerusalén celeste. Así la septuagésima queda configurada como un tiempo de penitencia con miras a la resurrección (Pascua).
En el jueves santo encontramos la reconciliación de los penitentes[9]. Amalario considera que el lavatorio de los pies de los hermanos es signo de la remisión de los pecados, pues del mismo modo que Dios nos remite los pecados, también debemos hacerlo nosotros. Por tanto, el lavatorio tiene en Amalario un sentido propiamente monástico[10]. El Señor nos lava cotidianamente los pies, por ello pedimos en la oración dominical (cotidianamente) que nos perdone los pecados. La reconciliación de los penitentes se realiza el jueves santo. Amalario no menciona la costumbre hispana de la reconciliación el viernes santo. Para justificar la praxis en suelo galo, Amalario se sirve de los decretales de Inocencio I, donde dice que la reconciliación se hace el jueves, antes de la pascua[11]. Después cita a Jerónimo acerca de la penitencia por el pecado del adulterio, donde dice que la ciudad de Roma espera a la confesión pública del pecado, antes del día de la pascua, en la basílica de Letrán, donde episcopis et presbyteris et omni populo conlacrimanti se perdonan los pecados. Esta solidaridad con el orden de los penitentes es importante, y se pierde cuando la penitencia es “tarifada”[12]. Aunque Amalario desconozca la praxis hispana, al hacer suya la teología penitencial de Jerónimo se muestra en continuidad con la teología penitencial hispana: «Isidoro de Sevilla –inspirándose en Ambrosio– pone en paralelo las lágrimas de la penitencia con el agua bautismal. La eficacia del bautismo se vincula al rito del agua, mientras que la de la penitencia está ligada a las lágrimas, que no pertenecen a los elementos rituales sino a las obras penitenciales»[13]. De hecho, Amalario vuelve sobre el lavatorio, afirmando su carácter de remisión de los pecados. En ese mismo día los penitentes recurren a las manos del sacerdote. Se da, por tanto, una asociación triple: lágrimas-lavado-absolución, siendo los participantes el ordo de los penitentes, los hermanos y el clero (asamblea).
Al comentar el gesto de quitarse las albas de los catecúmenos[14], Amalario reflexiona sobre la situación posbautismal: los pecados cometidos después del bautismo se borran por el segundo bautismo, esto es, la penitencia. Aquí es donde da un sentido pneumatológico al sacramento: es el Espíritu Santo septiforme[15] quien nos purifica de los pecados y nos introduce en la primera nitidez (mundatio).
En un capítulo que podemos denominar de recapitulación[16], Amalario vuelve sobre la cotidianeidad de los pecados que son confesados al presbítero, donde se da un consejo a los penitentes. Esto puede ser una alusión a la penitencia privada, que coexistiría con la pública. Esto parece hacerse en la quincuagésima[17], pues Amalario declara a continuación que ese mismo día (domingo) se omite el aleluya, porque no es hermosa (pulchra) la alabanza en la boca de los pecadores. Después Amalario cita varios textos del Antiguo Testamento sobre el rubor, pues por la “abstinencia” del aleluya en las misas de los días cotidianos se expresa el rubor de la Iglesia por sus pecados. Sin embargo, la cuaresma es el tiempo propio del orden de los penitentes, que forman parte de la Iglesia, y que recibirán la imposición de manos del obispo al final de la cuaresma. Los que pertenecen a ese orden están caracterizados por el ayuno, la abstinencia de los manjares, el hábito, el abatimiento, el llanto, las vigilias, la quietud, el silencio, la obediencia a las buenas obras, y todo aquello por lo que serán reconciliados con Dios, al tiempo que con la penitencia.
- La penitencia en el libro IV
En el libro IV apenas se habla de la penitencia. Sólo se admite el sentido penitencial de algunos elementos. Así, el Kyrie eleison tiene un sentido de reconciliación con Dios, por medio del cual podemos invocar a nuestro Padre. Por medio de varias citas bíblicas se alude también al valor de la oración como modo de preservarnos de los pecados leves y cotidianos[18]. Estas consideraciones se pueden comprender mejor si tenemos en cuenta que se tratan en el libro IV, dedicado al Oficio Divino, donde se trata de explicar la existencia de salmos penitenciales en los oficios de prima, etc. Si se suplica por el perdón, es lógico que dicha súplica lo alcance. Esta es la forma en que Amalario comprende la eficacia litúrgica del Oficio Divino. No se trata sólo de alabanza, sino también de súplica. Y del mismo modo que la alabanza es eficaz, la súplica también lo es. El Oficio Divino es anáclesis, pero también es epíclesis. La súplica es una anáclesis que espera una epíclesis[19].
- Síntesis
El método exegético amalariense habitual ha estado presente en la reflexión sobre la penitencia, pero en menor grado que en otras ocasiones. Se aprecia un discurso más propio. Sin embargo, Amalario se inserta en la tradición hispano-galicana que da un gran valor a las obras penitenciales. El ayuno y el lavatorio de los pies sirven a Amalario para expresar la importancia de los actos del penitente, además de la importancia de la penitencia pública. La oración del Padrenuestro es determinante para comprender el carácter eclesial del sacramento. La penitencia privada parece reservada en Amalario a cuestiones cotidianas de importancia menor. Este doble proceso es lo que se ha venido a llamar la “dicotomía penitencial”[20]. Pero la apuesta de Amalario es la penitencia pública, como los concilios carolingios. Esta continuidad con la tradición propia se “rompe” con un progreso doctrinal: la revalorización de la absolución (obsecratio) sacerdotal. Ésta no tiene siempre el mismo valor, pero Amalario la valora siempre como epíclesis divina.
La penitencia tiene un trasfondo cristológico que va más allá de la oración del Padrenuestro. Se trata de la resurrección, cuestión que también aparece en la unción de los enfermos como meta, pero que aquí es abordado como una realidad proléptica. Esto une la penitencia con la comunión (viático). Las vinculaciones con la eucaristía son también notorias: la penitencia nos libera del poder del mal para poder participar de la Liturgia eucarística.
El trasfondo pneumatológico se desarrolla en conexión con el sacramento del bautismo, siendo la penitencia un segundo bautismo. El Espíritu purifica a modo del agua bautismal. ¿Se trata de una alusión a las lágrimas del penitente? Si así lo fuera, los actos del penitente se mostrarían como interactuando con la acción del Espíritu (sinergia). Esto iría en continuidad con la eficacia de la oración de las horas que concede la reconciliación a aquellos que la imploran, porque precisamente el Espíritu Santo actuaría en ellos. Como se puede ver, en la reflexión sobre la penitencia de Amalario encontramos muchos temas importantes in nuce, que al no ser el centro del discurso son dejados de lado, aunque las alusiones a ellos nos indican ya el conocimiento profundo de las acciones litúrgicas que tenía el obispo de Metz. Sin embargo, hay que decir que los puntos fuertes de la teología amalariense son la eucaristía y el orden. Quizás por ello siempre intenta vincular de algún modo los sacramentos de curación con estos sacramentos.
Adolfo Ivorra
Madrid
[1] Cf. El Oleum infirmorum según Amalario de Metz, en Liturgia y espiritualidad 39 (2008), 33-42.
[2] Cf. A. Cabaniss, Amalarius of Metz, Amsterdam, 1954, 55.
[3] Seguimos aquí la edición de I. M. Hanssens, Amalarii episcopi Opera liturgica omnia, II, Città del Vaticano, 1948.
[4] E. Mazza, El remedio de la penitencia. La celebración de la penitencia en la liturgia bizantina y en Occidente, en Cuadernos Phase 124, Barcelona, 2002, 75.
[5] Cf. J. Corbon, Liturgia fundamental. Misterio-Celebración-Vida, Madrid, 2001, 260.
[6] Cf. Epistola 149 (Ad Paulinum Nolanum), 2.
[7] Es aquí cuando Amalario –a diferencia de su reflexión sobre la unción– habla del viático: Qua de re, quando in extremo vitae est homo, ut separetur corpus et anima, sumit anima viaticum sibi corpus Christi, ut propter illud corpus in spe homo vivat, usque dum recipiat corpus in resurrectione, quod vivificabat per se, id est per suam amministrationem. Quamdiu hic vixit, anima vivebat propter corpus Christi, et proprium corpus propter animam: Liber officialis, Prooemium, 8.
[8] La septuagésima es un período pre-cuaresmal que aparece aproximadamente en el s. VII. El domingo de septuagésima se celebra nueve semanas antes de la Pascua. Cf. Liber officialis, I, 1, 10ss.
[9] Cf. Liber officialis, I, 12, 39ss.
[10] Cf. A. Ivorra, Compendio de liturgia fundamental. Lex credendi – lex orandi, Valencia, 2007, 237-239; «Para que no dudemos del perdón de las faltas de cada día, contamos con otro sacramento: el lavatorio de los pies»: Bernardo, In Cena Domini, 4.
[11] Cf. Epistula 25, Ad Decentium Eugubinum, 7.
[12] Ya en el s. VII entra en la Galia: cf. D. Borobio, El sacramento de la reconciliación penitencial, Salamanca, 2006, 114.
[13] E. Mazza, El remedio de la penitencia. La celebración de la penitencia en la liturgia bizantina y en Occidente. Dos concepciones comparadas (=Cuadernos Phase 124), Barcelona, 2002, 46 (nota 155).
[14] Cf. Liber officialis, I, 29, 6ss.
[15] El fundamento bíblico de esta expresión está en Is 11, 1-3, según las versiones de los LXX y Vulgata, donde los dones son siete (en el texto masorético son seis, faltando el don de piedad). En Isidoro de Sevilla, las siete partes de la misa se corresponden a la acción septiforme del Espíritu: cf. Isidoro de Sevilla, De Ecclesiasticis officiis, I, 15 (CCL 113, 18; PL 83, 753C).
[16] Cf. Liber officialis, I, 35.
[17] La quincuagésima es un período pre-cuaresmal que aparece aproximadamente en el s. VI, antes de la septuagésima. Es denominado también domingo antes del miércoles de ceniza.
[18] Cf. Liber officialis, IV, 2, 23; 4, 5-9.
[19] El himno recoge bien ambas actitudes: cf. A. Ivorra, Compendio, 322-324.
[20] Cf. C. Vogel, La penitencia en la edad media (=Cuadernos Phase 97), Barcelona, 1999, 20s.