Teología Litúrgica - Eucaristía y perdón de los pecados

Pedro Fernández

 

Intentamos reflexionar brevemente sobre la relación dogmática entre Eucaristía y perdón de los pecados, en el contexto de la armonización de las dos conocidas afirmaciones bíblicas: “Ésta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados (Mt 26, 28) y “Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual y coma así el pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo come y bebe su propio castigo. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles y mueren no pocos” (1 Co 11, 27-30).

“Así pues, si el cristiano tiene conciencia de un pecado grave está obligado a seguir el itinerario penitencial, mediante el sacramento de la reconciliación, para acercarse a la plena participación en el sacrificio eucarístico” [1] . “A veces sucede, con todo, que los fieles se acercan a la sagrada mesa en masa y sin el necesario discernimiento. Es deber de los pastores corregir con prudencia y firmeza este abuso” [2] . Es urgente, pues, reafirmar esta doctrina y práctica en orden a corregir uno de los mayores problemas que afecta hoy al vigor de la vida espiritual de los católicos y que influye mucho, evidentemente, en el poder del testimonio individual y social de la Iglesia católica en el mundo actual en orden a la evangelización de los hombres de nuestro tiempo.

“Todos pecaron y, privados de la gloria de Dios, son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús. Dios le hizo instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente para ser él justo y justificador del que cree en Jesús” (Rm 3, 23-26).

I. San Ambrosio de Milán (337?-397)

San Ambrosio es, en la segunda mitad del siglo IV, un testigo de la sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados –sacrificio o contenido representado-, y basándose en la Biblia y en la tradición de la Iglesia recuerda la necesidad de la disposición para recibir la comunión eucarística –banquete o uso del sacramento-, describiendo las diversas formas del perdón de los pecados.

La Eucaristía perdona los pecados

San Ambrosio presenta la Eucaristía, anuncio de la muerte del Señor (1 Co 11, 26), como proclamación y memorial del sacrificio de Cristo para el perdón de los pecados. “Si anunciamos la muerte, anunciamos el perdón de los pecados y cada vez que su sangre es derramada, se derrama para el perdón de los pecados. Por tanto debo recibirlo siempre, para que me perdone los pecados” [3] .

Quien recibe la Eucaristía, el cuerpo y la sangre del cordero de Dios, recibe el perdón de los pecados, el Espíritu Santo y la vida eterna, pues Cristo es el autor de la redención, la fuente de la indulgencia y del perdón de los pecados. ”Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo le voy a dar es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51). “Era necesario que Él muriese por todos, porque en su cruz se cumpliera el perdón de los pecados y su sangre lavara el pecado del mundo. Pero ay de aquellos que han rechazado al autor de la propia salvación” [4] .

La Eucaristía no sólo perdona los pecados, sino que también es medicina del cielo que cura las heridas del pecado y concede el don de la inmortalidad. “Quien tiene una herida busca la medicina. Nuestra herida es estar sometidos al pecado, la medicina es el celeste y venerable sacramento” [5] . “El cáliz del Señor es, en efecto, perdón de los pecados, porque de él rebosa la sangre que ha pagado por los pecados de todo el mundo” [6] .

Los Santos Padres, desde Tertuliano y Cipriano, relacionan la petición del Padre nuestro: “Danos hoy nuestro pan de cada día” con la celebración diaria de la Eucaristía, que perdona los pecados cotidianos; a pecados repetidos, remedios frecuentes. A causa de la debilidad moral del hombre es fácil entrar en el pecado más leve, por eso es preciso purificarse en continuación y la recepción de la Eucaristía perdona los pecados más leves, consuma en el fuego divino las raíces y consecuencias del pecado, y nos ayuda a llevar la pesada carga de los pecados ( sarcina peccatorum ) [7] , hasta llegar a la unión perfecta con el Señor [8] .

La recepción de la Eucaristía exige el estado de gracia

La participación en la santa Eucaristía presupone haber recibido los sacramentos del bautismo y, en su caso, el sacramento de la penitencia. San Ambrosio interpreta la parábola del Hijo pródigo (Lc 15, 11-32) como una preparación para el banquete eucarístico [9] . El Padre corre al encuentro del hijo que regresa, le besa, le reviste con el hábito nupcial sin el cual no puede entrar en el banquete y le pone el anillo, prenda de la fe y sello del Espíritu Santo – en efecto se dispone a celebrar la pascua del Señor- y mata el ternero, porque Cristo, nuestra pascua, ha sido inmolado (1 Co 5, 7).

El bautismo, único, es el sacramento de la fe y del perdón de los pecados. “Advierte que tú estás limpio de todo pecado, porque tus culpas han sido lavadas. Por ello te juzga digno de los sacramentos celestiales y, por tanto, te invita al banquete celeste” [10] . “De hecho, aunque quien se acerca al bautismo no confiesa sus pecados, con todo, con este mismo acto realiza la confesión de todos sus pecados, porque pide ser bautizado para obtener la justificación, es decir, para pasar de la culpa a la gracia” [11] .

La Iglesia posee el agua y las lágrimas, el agua del bautismo y las lágrimas de la penitencia, que puede ser cotidiana, para el perdón de los pecados más leves ( crimina leviora ), y pública, en tiempo de San Ambrosio irrepetible, para los pecados más graves ( crimina graviora ) [12] , pero no explicita cuáles son los pecados más graves, por ser conocida la famosa tríada (apostasía, homicidio y adulterio), aunque distingue diversas especies de pecados: cogitationis, operationis, permansionis [13] ; también voluntaria y fortuita [14] y en el nivel de la gravedad habla de mortalia [15] .

En este contexto, San Ambrosio llama a la Eucaristía medicina cotidiana [16] , pues con la comunión diaria se perdonan los pecados más leves que se cometen todos los días y que no separan del cuerpo de Cristo. Así pues, la Eucaristía perdona los pecados más leves. Pero para el perdón de los pecados más graves es necesario, primero, el bautismo y, después del bautismo, la penitencia pública. El obispo de Milán defiende, en contra del rigorismo de los novacianos, que la Iglesia perdona los pecados más graves por el poder que ejercita el sacerdote en el sacramento de la penitencia, quien perdona, no en nombre propio, sino en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo [17] . “Aprende, sacerdote y levita, qué significa lavar los vestidos para ofrecer un cuerpo puro en la celebración de los sacramentos. (…) Tú inmundo en el alma y en el cuerpo ¿te atreves a rezar por los otros, a servir por los otros al altar?” [18] .

La Eucaristía en sí misma es capaz de perdonar todos los pecados, incluso los más graves, pero considerando el sujeto que recibe la Eucaristía éste debe llevar el vestido nupcial [19] . La frase de San Pablo, “que cada uno se examine a sí mismo” (1 Co 11, 28) manifiesta que sólo quien se sienta libre de culpa puede participar en el banquete eucarístico, pues el cuerpo de Cristo es el pan de la vida y sólo los que están vivos por la gracia bautismal pueden comer de este pan. “Ninguno, en efecto, debe participar en los sacramentos del cielo, si antes no teme a Dios –éste es el principio de la sabiduría-, si no ha conservado o recuperado el sello espiritual, si no ha anunciado al Señor” [20] . “El Apóstol nos enseña a separarnos de todo hermano que vive en el desorden (2 Ts 3, 6) y a herirlo con la espada espiritual, que es la palabra de Dios (Ef 6, 17). No miremos a la cara al hermano o familiar; alejemos al inmundo de los altares de Cristo, para que se purifique y corrija sus errores, de modo que merezca volver a los sacramentos de Cristo” [21] .

S. Ambrosio comentando la multiplicación de los panes (Lc 9, 10-17), donde afirma que Cristo reparte el pan a todos los que extienden la mano y permanecen en él [22] , distingue el momento del perdón de los pecados y el momento de la participación en el banquete. “Ninguno recibe el alimento de Cristo si antes no ha sido curado , y los que han sido invitados a la cena, han sido primero sanados por aquella invitación (…) Siempre, por tanto, se respeta el desarrollo ritual del misterio: primero se concede el remedio de las heridas mediante el perdón de los pecados; después el alimento de la mesa celeste se da en abundancia; aunque este gentío no haya sido alimentado con alimentos más substanciosos y sus corazones carezcan todavía de una fe firme, son alimentados con el cuerpo y la sangre de Cristo” [23] .

II. San Agustín de Hipona (354-430)

San Agustín, el obispo más influyente en la teología católica de todos los tiempos, ofrece, entre los siglos IV y V de la era cristiana, una teología pastoral sobre la Eucaristía redactada en sus luchas contra las herejías donatista y pelagiana, en la que se muestra la universalidad de la redención de Cristo y la mediación de la Iglesia en su aplicación. La sangre de Cristo fue derramada para el perdón de los pecados –sacrificio o contenido representado-; pero la participación en la comunión eucarística –banquete o uso del sacramento- se reserva a quienes están bien dispuestos.

La Eucaristía perdona los pecados

El verdadero sacrificio de la Iglesia se fundamenta en la encarnación y consiste en el misterio de la muerte de Cristo en cruz, siendo sacerdote, víctima, altar y mediador entre Dios y los hombres. “Por esto es sacerdote: él es oferente, él es oferta. Y quiere que el sacramento cotidiano de esta realidad sea el sacrificio de la Iglesia, la cual, siendo su cuerpo y él la cabeza, se ofrece a sí misma por su medio” [24] . “Éste es el sacrificio de los cristianos: muchos y un solo cuerpo en Cristo. La Iglesia celebra este misterio con el sacramento del altar, conocido por los fieles, porque en él se revela que en lo que ofrece ella misma es ofrecida” [25] .

La Eucaristía, verdadero sacrificio que la Iglesia ofrece al Padre, es memorial del sacrificio de Cristo en cruz, que es el sacrificio absoluto. “Los hebreos con las víctimas de animales (…) celebraban la profecía de la víctima futura que Cristo ha ofrecido. Por esto los cristianos celebran la memoria del mismo sacrificio ya realizado en la cruz con la sacrosanta ofrenda y comunión del cuerpo y de la sangre de Cristo” [26] .

Cristo se hizo hombre para poder donarse a Dios Padre como sacrificio (Hb 10, 5) y poder vivificar lo que estaba muerto por el pecado, convirtiendo su cuerpo en medicina universal. Por eso, Mónica, en agonía, pide a su hijo que se acuerde de ella ante el altar [27] . La sangre derramada de Cristo en cruz constituye la fuente del perdón de los pecados; con otras palabras el perdón de los pecados es fruto del sacrificio redentor de Cristo; sin sangre no hay perdón de los pecados (Hb 9, 22); con su muerte canceló nuestra sentencia de muerte (Col 2, 14). Fue tan grande la gracia concedida a los mismos que crucificaron el Señor, al ser por él perdonados, que ninguno debe desconfiar del perdón de los propios pecados, por muchos que sean [28] . “Después que Cristo fue muerto, después que fue derramada su sangre, hay perdón de vuestros pecados. Él ha querido morir para redimir con su sangre incluso a aquellos que le mataron” [29] .

El poder de perdonar los pecados, recibido por la Iglesia de Cristo con el poder de las llaves, se ejercita en el bautismo, en la penitencia cotidiana y en la penitencia pública ( grave et distinta [30] ), manifestaciones del Espíritu en la santa Iglesia, sin mancha ni arruga, que reza por la curación de sus miembros enfermos y pecadores. Para S. Agustín el bautismo es el primer paso hacia la Eucaristía; contra los pelagianos insiste en que sin bautismo y eucaristía no hay perdón del pecado original, ni tampoco vida eterna. “A vosotros que habéis sido bautizados os había prometido un discurso en el cual expondría el sacramento de la mesa del Señor (…) Es preciso sepáis qué habéis recibido, qué cosa recibiréis, qué cosa debéis recibir cada día. El pan que veis sobre el altar, santificado con la palabra de Dios, es el cuerpo de Cristo. El cáliz, o mejor lo que el cáliz contiene, santificado con la palabra de Dios, es sangre de Cristo. En estos signos Cristo Señor ha querido confiarnos su cuerpo y su sangre que ha derramado por vosotros para el perdón de los pecados. Si lo habéis recibido bien, vosotros mismos sois lo que habéis recibido” [31] .

El cuerpo y la sangre de Cristo son considerados precio de redención, alimento y medicina contra el pecado, vínculo de comunión eclesial y prenda de la vida eterna. “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (Jn 6, 54). El bautizado ( fidelis ) tiene derecho a recibir la comunión eucarística diariamente, según la costumbre de la celebración diaria en África. Es importante advertir que según San Agustín el acercarse o no a la recepción de la Eucaristía no depende de la propia voluntad o sentimiento, sino de la fe y autoridad de la Iglesia. “La Eucaristía es nuestro pan cotidiano; pero lo debemos recibir no tanto para saciar nuestro estómago, cuanto por sostener nuestro espíritu. La fuerza que advertimos en la Eucaristía es la unidad. Reunidos en el único cuerpo y convertidos en miembros suyos, debemos llegar a ser lo que hemos recibido. Sólo así la Eucaristía será nuestro pan cotidiano” [32] .

“Uno dirá que no se debe recibir todos los días la Eucaristía. Si tú le preguntas ¿por qué?, te responderá: porque se deben elegir los días en los cuales se vive con mayor pureza y continencia, a fin de que se acerque dignamente a un sacramento tan grande, pues quien come indignamente, come y bebe la propia condenación (1 Co 11, 27-29). Otro a su vez responderá de manera exactamente contraria: dirá si la llaga del pecado es tan grave y la violencia de la enfermedad espiritual es tan grande es deber diferir tales medicinas; entonces uno debe ser alejado del altar por orden del obispo para que haga penitencia y después ser reconciliado con Dios por la misma autoridad. De hecho, recibe indignamente el sacramento quien lo recibe en el tiempo en el que debe hacer penitencia; así como, al contrario, no depende de la propia voluntad abstenerse de la comunión o acercarse a ella cuando a cada uno le parece. Por lo demás, si los pecados no son tan graves, hasta el punto que uno debe considerarse fuera de la comunión, ninguno debe prescindir de la medicina diaria del cuerpo y de la sangre del Señor.

Entre las dos respuestas la más justa es permanecer sobre todo en la paz de Cristo; de todos modos, cada uno haga lo que piadosamente cree deber hacer según la propia fe (…) Como el maná tenía en la boca el sabor que cada uno le daba, así también en el corazón de cada cristiano tiene diversos sabores el sacramento con el cual ha sido vencido el mundo. De hecho, mientras uno para honrarlo no se atreve a recibirlo todos los días, otro, también para honrarlo, no se atreve a dejarlo ningún día. Este alimento prohíbe sólo una cosa, el desprecio, así como el maná no admitía disgusto. Por esta razón, también el apóstol dice: es recibido indignamente por quienes no lo distinguen de otros alimentos con la debida y singular veneración. De hecho, después de haber afirmado: come y bebe su condenación, añade, porque no hace distinción del cuerpo del Señor” [33] .

La recepción de la Eucaristía exige el estado de gracia

Cuando San Agustín habla de la sangre del Señor en la Eucaristía, preocupado porque los fieles se acerquen con dignidad a la recepción de la Eucaristía, se coloca siempre en un contexto de conversión, de fe, de bautismo, de penitencia, pues este sacramento fructifica sólo en quien se acerca a él, no obstante los pecados de fragilidad, con rectitud de intención, pues “algunos lo comen para la vida, otros para la muerte, pero la realidad misma de este sacramento, para todo hombre que participa de ella, procura la vida, nunca la muerte” [34] . Quien tiene la vida de la gracia, lo recibe para la vida; quien tiene la muerte del pecado, lo recibe para la muerte.

En los escritos de San Agustín son numerosas las referencias al texto de San Pablo de la 1 Co 11, 27-34, donde el apóstol enseña que comer indignamente la Eucaristía es comer la propia condenación. En este contexto, San Agustín enseña que el pecador, que vive oprimido por los pecados diarios de fragilidad, recita el Pater noster antes de participar en la comunión eucarística, y el pecador que esta fuera de la comunión eclesial, antes de acercarse a la Eucaristía está obligado a recibir una medicina más fuerte, sometiéndose a la penitencia pública, que comprende tanto la confesión privada de los pecados, como el cumplimiento público de la satisfacción.

“No desesperemos, que sería peor, porque precisamente para los pecados humanos y excusables, tanto más frecuentes cuanto más pequeños, Dios ha constituido en su Iglesia tiempos de misericordia preventiva, es decir, aquella medicina cotidiana, cuando decimos: perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6, 12). Con estas palabras nos acercamos al altar con el rostro limpio; con estas palabras participamos del cuerpo y de la sangre de Cristo con el rostro limpio” [35] .

“Las limosnas y las oraciones purifican los pecados, con tal que no sean aquellos por los cuales no podemos recibir el pan cotidiano, evitando las deudas a las cuales se debe una condenación cierta y severa. No os creáis justos, como si no tuvierais motivo para rezar: perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Lc 11, 4). Abstengámonos de la idolatría (...) abstengámonos de los homicidios, de los adulterios y de las fornicaciones, de los robos y de las rapiñas, de los falsos testimonios y de todos los otros posibles pecados, y no me refiero a aquellos que producen efectos mortales, a causa de los cuales es preciso separarse del altar y ser atados sobre la tierra para ser atados también en el cielo. Ahora, si sobre la tierra no es desatado aquello que ha sido atado en el cielo la cosa es muy peligrosa y puede provocar la muerte del alma. En consecuencia, hecha excepción de estos pecados no falta al hombre ocasión de pecado” [36] .

San Agustín coloca la comunión eucarística en un contexto personal y eclesial, pues el individuo está obligado a discernir su situación moral y a construir la comunidad de la Iglesia. En consecuencia, comulga para la vida sólo quien está en gracia y en la Iglesia de Cristo. “Comer esta comida y beber esta bebida quiere decir permanecer en Cristo y tenerlo siempre en nosotros. Quien no permanece en Cristo y en el que Cristo no habita, sin duda alguna, no come su carne ni bebe su sangre, aunque coma y beba para su condenación tan sublime sacramento, porque se ha atrevido a acercarse con el corazón manchado a los misterios de Cristo, que son recibidos dignamente sólo por quien es puro” [37] . “La sola Iglesia universal es ciertamente el cuerpo de Cristo, siendo Él mismo la cabeza y el salvador del propio cuerpo. Fuera de este cuerpo nadie es vivificado por el Espíritu santo (…) Entonces, el que es enemigo de la unidad, no puede ser partícipe del amor divino. En consecuencia, quienes están fuera de la Iglesia no tienen el Espíritu santo” [38] .

También las realidades santas pueden ser nocivas, si uno las recibe indignamente, es decir, sin saber lo que recibe y sin el respeto necesario. Por tanto, no basta recibir el sacramento, hay que recibirlo espiritualmente “Cuántos son aquellos que se acercan al altar y mueren precisamente al recibir el sacramento! Por lo que dice el Apóstol: Comen y beben su propia condenación (1 Co 11, 29). De hecho, para Judas, el trozo de pan recibido del Señor no fue ciertamente veneno. Él lo recibió, mas apenas recibido, el enemigo entró en él; no porque hubiera recibido algo malo, sino porque siendo malo recibió indignamente algo bueno. Prestad, pues, atención, hermanos; comed espiritualmente el pan celestial; llevad al altar la inocencia. Los pecados, inclusos si se cometen diariamente, no son, con todo, mortales. Antes de acercaros al altar, pensad bien a lo que decís: perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores (Mt 6, 12). Perdona y serás perdonado; acércate con confianza, es pan, no es veneno. Mas reflexiona si perdonas, porque si no perdonas, mientes, y mientes a quien no puedes engañar. Puedes mentir a Dios, mas no puedes engañarlo” [39] .

El sacramento evangélico del lavatorio de los pies (Jn 13, 1-17) nos ayuda a situarnos en esa purificación interior que es preciso tener para acercarse espiritualmente a la santa comunión. Todos son invitados al banquete, pero es necesario llevar el traje de fiesta para poder participar y no ser expulsados violentamente del banquete. La Iglesia excomulga a los pecadores públicos, pero ha de ser tolerante por amor a la paz con tantas comuniones indignas, esperando el momento adecuado para actuar [40] . “Todo esto, queridísimos, valga pues para nosotros como aviso para no comer la carne ni beber la sangre de Cristo sólo sacramentalmente, lo que hacen también tantos malos cristianos, sino que es preciso comer y beber hasta llegar a participar de su Espíritu para permanecer en el cuerpo del Señor como sus miembros, y ser vivificados por su Espíritu, sin escandalizarnos si muchos comen y beben con nosotros la carne y la sangre sólo exteriormente; estos al final serán condenados a tormentos eternos” [41] .

“Quien teme la exclusión del reino de los cielos en el juicio definitivo del sumo juez, mientras, según la disciplina eclesiástica, no se acerque al sacramento del pan celestial. Imagínese el juicio futuro, para que cuando los otros se acercan al altar de Dios, al que él no puede acercarse, reflexione bien cuánto hay que temer aquel castigo final, que separa a los que llegan a la vida eterna de cuantos son precipitados en la muerte eterna. Ahora muchos malvados pueden acercarse a este altar, que en la Iglesia, que camina en este mundo, es visible a los ojos humanos para que se celebren visiblemente los sagrados misterios. Esto es posible porque Dios recurre a su paciencia en el tiempo presente, reservando al futuro la manifestación de su severidad. De hecho, ellos se acercan ignorando que es, en efecto, la paciencia de Dios la que les conduce a la penitencia. Pero ellos, por la dureza de su corazón, y por su corazón impenitente, acumulan enojo contra sí mismos para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios, que dará a cada uno según sus obras” [42] .


Notas:

[1] JUAN PABLO II, Encíclica Ecclesia de eucaristía , n. 37: AAS 95 (2003)458.

[2] CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINOY LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS , Instrucción Redemptionis sacramentum sobre lo que se debe observar y evitar acerca de la santísima Eucaristía, n. 83: AAS 96 (2004) 575.

[3] S. AMBROSIO, De Sacramentis , IV, 6, 28: PL 16, 464.

[4] S. AMBROSIO, Enarratio in Psalmum 39, 14: PL 14, 1113.

[5] S. AMBROSIO, De Sacramentis, V, 4, 25: PL 16, 472.

[6] S. AMBROSIO, Expositio Psalmi 118, 21, 4: PL 15, 1581.

[7] Cf. S. AMBROSIO, De bono mortis , II, 6: PL 14, 569.

[8] Cf. S. AMBROSIO, Expositio Psalmi 118, , 3, 15; 13, 2: PL 15, 1293, 1451.

[9] Cf. S. AMBROSIO, De Poenitentia , II, 3, 18: PL 16, 521-522.

[10] S. AMBROSIO, De Sacramentis , V, 2, 6: PL 16, 447.

[11] S. AMBROSIO, De Sacramentis , III, 2, 12: PL 16, 435.

[12] Cf. S. AMBROSIO, De Poenitentia , II, 10: PL 16, 541.

[13] Cf. S. AMBROSIO, Enarratio in Psalmum 1, 20: PL 14, 930.

[14] Cf. S. AMBROSIO, Expositito Psalmi 118, 3, 17: PL 15, 1228 .

[15] Cf. S. AMBROSIO, Apología Prophetae Davide , 16, 77: PL 14, 881.

[16] “Recibe cada día lo que cada día te aprovecha; vive de tal modo que merezcas recibirlo cada día”. S. AMBROSIO, De Sacramentis , V, 4, 25: PL 16, 471.

[17] Cf. S. AMBROSIO, De Spiritu Sancto , III, 18: PL 16, 843.

[18] S. AMBROSIO, De Officiis ministrorum , I, 50: PL 16, 98.

[19] Cf. S. AMBROSIO, De bono mortis , VI, 22: PL 14, 551; De Poenitentia , I, 6, 30: PL 16, 496.

[20] S. AMBROSIO, Expositio Evangelii secundum Lucam , VII, 232: PL 15, 1851.

[21] S. AMBROSIO, De Helia et Ieiunio , 22, 82: PL 14, 727.

[22] Cf. S. AMBROSIO, Expositio Evangelii secundum Lucam , VI, 76: PL 15, 1688.

[23] S. AMBROSIO, Expositio Evangelii secundum Lucam , VI, 70-71: PL 15, 1686.

[24] S. AGUSTÍN, De civitate Dei , X, 20: PL 41, 298.

[25] S. AGUSTÍN, De civitate Dei, X, 6: PL 41, 284.

[26] S. AGUSTÍN, Contra Faustum , XX, 18: PL 42, 382-383.

[27] “Os pido sólo de recordarme ante el altar del Señor, allí donde estés”. S. AGUSTÍN, Confessiones , IX, 11: PL

[28] Cf. S. AGUSTÍN, In Evangelium Iohannis , tract. 31, 9: PL 35, 1640.

[29] S. AGUSTÍN, Enarrationes in Psalmos, 58, 1, 15: PL 36, 702.

[30] Cf. S. AGUSTÍN, Sermo 352, 3: PL 39, 1558- 1559; Sermo 351, 9-10: PL 39, 1545-1547.

[31] S. AGUSTÍN, Sermo 227, 1: PL 38, 1099.

[32] S. AGUSTÍN, Sermo 57, 7: PL 38, 389.

[33] S.AGUSTÍN, Epistula 54, 3: PL 33, 201-202.

[34] S. AGUSTÍN, In Evangelium Ioannis , tra ct. 26, 15: PL 35, 1614.

[35] S. AGUSTÍN, Sermo 17, 5: PL 38, 127.

[36] S. AGUSTÍN, Sermo 56, 8: PL 38, 382.

[37] S. AGUSTÍN, In Evangelium Ioannis , tract. 26, 18: PL 35, 1614.

[38] S. AGUSTÍN, Epistula 185, 11, 50: PL 33, 815.

[39] S. AGUSTÍN, In Evangelium Ioannis, tract. 26,11: PL 35,1611.

[40] Cf. S. AGUSTÍN, Sermo 4, 32: PL 38, 51.

[41] S. AGUSTÍN, In Evangelium Ioannis, tract. 27, 11: PL 35, 1621.

[42] S. AGUSTÍN, Sermo 351, 4, 7: PL 39, 1542-1543.