Teología Litúrgica - La celebración del Matrimonio (I)

Pedro Manuel Merino

 

Artículo publicado en Pastoral Litúrgica 293 (2007) 315-327.

 

Segunda parte.

 

LA CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO:

UN RETO CATECUMENAL Y MISTAGÓGICO

 

I

Dilemas pastorales

 

La atención a pastoral a los novios y la celebración del sacramento del matrimonio por parte de los sacerdotes o los diáconos ocupa gran parte del tiempo de la labor de apostolado. Acogida, cursillo, expediente y celebración no sólo son fuente de alegrías sino también de frustraciones e impotencias porque el nivel de expresión de fe cristiana en muchos de los que solicitan el matrimonio es muy bajo y, en ocasiones, casi nulo.

 

 Monseñor Pere Tena en un artículo titulado “El sacramento del Matrimonio[1] recogía las perplejidades sobre la pastoral prematrimonial. Mostraba tres tipos de parejas que solicitaban el matrimonio canónico. a) El primero, son las parejas de cristianos practicantes, bautizados desde la infancia y catequizados, que celebran e incluso han participado en alguna labor de apostolado. “La iglesia celebra estas bodas como una proclamación de la fe, y lo celebra con alegría porque existe una total coincidencia entre la forma evangélica de comprender el matrimonio y la forma como la comprende esta pareja de cristianos”[2].  b) El segundo tipo, son las parejas que recibieron una catequesis adecuada y aún siendo ahora cristianos y confesando la fe, su adhesión a la comunidad eclesial se encuentra aletargada  e incluso desarrollando ciertas dudas de fe. Quieren celebrar su matrimonio cristiano pero no manifiestan en toda su riqueza profundidad lo que esto supone para sus vidas. “La iglesia acompañará a estos novios y busca por todos los medios hacerles progresar en el camino de la fe teniendo la esperanza de que un día”[3] vivan más plenamente su vida cristiana. c) Todavía queda un tercer tipo de una pareja, los que en su día fueron bautizados, pero ahora o bien “pasan” de plantearse dilemas o incluso se consideran a sí mismos como bautizados no creyentes. “Pero quieren que su compromiso se haga público con las formalidades eclesiásticas...  Lo quieren por motivos más externos que internos... A pesar de todo, se considerarán como esposos a partir del momento en que hayan formulado su compromiso en el curso de la celebración”...Quizá en este caso”, -declara Pere Tena-el matrimonio civil sería más coherente en esta situación... Pero la pareja ha decidido, “casarse por la Iglesia” teniendo intención de realizar lo que significa e implica el rito canónico” [4]. El ministro que los acoge siente perplejidad. ¿Qué hace entonces la iglesia? Intensificará el dialogo para hacerles caer en la cuenta si quieren hacer lo que realmente hace la Iglesia. Utilizará el cursillo y la catequesis para abrirles al don de la fe, el expediente, la preparación y al final la Iglesia será testigo de este compromiso entre los dos bautizados, con la conciencia de que está en una situación límite del sentido de los sacramentos. Tenemos una acción eclesial válida, porque los sujetos son aptos y se quiere en su dimensión jurídica, pero falta la adhesión personal de quien ejecuta la acción (algo así como una misa celebrada por un sacerdote sin fe) Estos novios no deberían celebrar así su compromiso, pero no parece que se deba rehusar la presencia del testigo eclesial en este acontecimiento[5]. En el mejor de los casos, la acogida por parte de la comunidad conseguirá que vuelvan entre los dos y los cinco primeros años a bautizar a sus hijos. La Conferencia Episcopal Española en el documento de Matrimonio y familia 1979 recogía la situación de pastores y agentes de pastoral que se ven involucrados en este tipo de matrimonios: Percibimos a menudo la incertidumbre, la preocupación pastoral e incluso la angustia, de muchos sacerdotes, padres de familia y educadores, ante la celebración religiosa de determinadas bodas. Aparecen éstas como un mero acto social, sin referencia apenas al sacramento del matrimonio; o se trata de parejas cuya vida de fe y conciencia eclesial son prácticamente nulas, que reconocen acudir a la Iglesia por presiones sociales; o los contrayentes acusan de falta de madurez humana y formación cristiana (...) Nos preocupa esta situación, que lleva en germen muchos fracasos y que manifiesta una trivialización del matrimonio y del sacramento[6]

 

¿Cómo se puede concebir el valor jurídico e incluso litúrgico del sacramento del matrimonio celebrado en mínimos de fe? La condición necesaria para la sacramentalidad, para el sacramento del matrimonio, es, principalmente, el hecho de ser bautizados, antes que el grado de fe personal. El matrimonio es una realidad inscrita en el orden de la creación y elevada por Cristo a Sacramento de la Nueva Alianza, de modo “cuando se trata de dos bautizados la institución querida por Dios es inseparable del matrimonio sacramento” [7]. La Comisión Teológica internacional así lo declaró. El papa Juan Pablo II en la Exh. Ap. Familiaris Consorcio en el número 68 desarrolla una serie de razones, teológicas, jurídicas, e incluso ecuménicas, “para que los pastores hagan un esfuerzo por comprender las razones que aconsejan a la Iglesia admitir a la celebración a quién está imperfectamente dispuesto”. Después también Juan Pablo II en el discurso a la Rota Romana (1-febrero-2001) insistió: Por lo demás, el matrimonio, aun siendo un "signum significans et conferens gratiam", es el único de los siete sacramentos que no se refiere a una actividad específicamente orientada a conseguir fines directamente sobrenaturales. En efecto, el matrimonio tiene como fines, no sólo principales sino también propios "indole sua naturali", el bonum coniugum y la prolis generatio et educatio[8]. El mismo papa Benedicto XVI se ha interrogado sobre este tema.  En el discurso a los sacerdotes de la diócesis de Aosta el 25 de julio de 2005, en un contexto pastoral, al abordar el problema de los divorciados que se han vuelto a casar, manifiesta: “Yo diría que es particularmente dolorosa la situación de los que se casaron por la Iglesia, pero no eran realmente creyentes y lo hicieron por tradición, y luego, hallándose en un nuevo matrimonio inválido se convierten, encuentran la fe y se sienten excluidos del Sacramento. Realmente se trata de un gran sufrimiento. Cuando era prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, invité a diversas “Conferencias episcopales y a varios especialistas a estudiar este problema:  un sacramento celebrado sin fe. No me atrevo a decir si realmente se puede encontrar aquí un momento de invalidez, porque al sacramento le faltaba una dimensión fundamental.”[9] Y una segunda vez, en un contexto más jurídico y teológico, en el discurso a la Rota Romana[10]: “En ciertos ambientes eclesiales, se ha generalizado la convicción según la cual el bien pastoral de las personas en situación matrimonial irregular exigiría una especie de regularización canónica, independientemente de la validez o nulidad de su matrimonio, es decir, independientemente de la "verdad" sobre su condición personal. El camino de la declaración de nulidad matrimonial se considera, de hecho, como un instrumento jurídico para alcanzar ese objetivo, según una lógica en la que el derecho se convierte en la formalización de las pretensiones subjetivas. Al respecto, hay que subrayar ante todo que el Concilio describe ciertamente el matrimonio como intima communitas vitae et amoris, pero que esa comunidad, siguiendo la tradición de la Iglesia, está determinada por un conjunto de principios de derecho divino que fijan su verdadero sentido antropológico permanente”. Por tanto, si la Iglesia rechaza el matrimonio de los que, en su día, lo celebraron sin fe, considerándolo nulo, pondría en duda la naturaleza sacramental del matrimonio. En este mismo sentido se interrogaba el profesor Pere Tena: “Los sacramentos no hay que considerarlos unívocamente, sino análogamente, y es necesario conocer la peculiaridad de cada uno de ellos.... El matrimonio es, en sí mismo, una realidad con entidad propia, de contenido humano sustantivo; a diferencia de la Eucaristía, que no tiene, como tal, ninguna significación humana aparte de la fe. La diferencia entre ser-bautizado y no serlo es decisiva para un hombre, mientras que no lo es tanto la de ser esposo-cristiano o esposo simplemente. El matrimonio adjetiva la situación de ser-cristiano (es un cristiano casado), y el ser-cristiano adjetiva la situación del casado (es un casado cristiano). No es esto quitar valor al adjetivo, sino afirmar de qué se trata. Lo sustantivo, lo radical, es ser-cristiano, o estar casado, cada cosa en su orden (orden de la fe, orden humano-social). Creo que esta es la peculiaridad sacramental del matrimonio, que no coincide con ningún otro de los sacramentos. Por una parte, los cristianos se casan como todo el mundo (es un hecho natural); por otra, los cristia­nos se casan en el Señor, orientando este acontecimiento -que consideran, en principio como todo el mundo, un acontecimiento importante en su vida- hacia la realidad nuclear de la propia fe.”[11]

 

¿Existen motivos para diferir el sacramento?[12] Sí, los praenotandas del ritual, haciéndose eco de la Exhort. Familiaris consorcio (núm, 68) dice: “sí a pesar de todos los esfuerzos[13] los novios manifiestan de ma­nera clara y expresa que rechazan lo que pretende la Iglesia cuando se celebra el Matrimonio entre bautizados, el pastor de almas no puede ad­mitirlos a la celebración; por mucho que le pese, debe tener en cuenta la realidad y hacer ver a los interesados que no es la Iglesia, sino ellos mis­mos, quienes, en estas circunstancias, impiden la celebración, por más que la soliciten”. El acento está puesto más en las condiciones objetivas: no querer realizar lo que pretende la iglesia, que las subjetivas: el nivel de fe o de adhesión personal a esta.

 

Procesos catecumenales en el sacramento del matrimonio.

 

Llegada a esta cuestión el profesor Tena sugiere dos perspectivas para estimular la celebración del matrimonio. La primera “es cuidar la celebración, hacerla más y más significativa, no es una cuestión estética, sino rigurosamente pastoral. En este cuidado se juega, muchas veces, la pedagogía del sacramento y de la Iglesia.”.[14] La segunda es centrarse en “la calidad del amor que se prometen los novios”, acentuando este aspecto y junto la fe personal que tengan. “Sería desastroso precipitarse de golpe sobre las motivaciones de fe personal y de vida eclesial que implica, para la Iglesia, el sacramento del matrimonio. Muy a menudo los que se acercan a la Iglesia con motivo de su futuro matrimonio lo hacen con un sentimiento de inseguridad.”[15]  Se trata para Pere Tena cuidar la raíz del matrimonio: el amor de los esposos como signo de fe. “Respetar esta raíz... -el compromiso sincero y vinculante- aunque incierta y amenazada, cuidarla, fomentar su crecimiento... que no derramar sobre el terreno donde estas raíces persisten tal cantidad de elementos químicos desinfectantes -benéficos, en principio, a dosis convenientes- que la raíz ya no resista tanta fuerza; o, lo que sería peor, sembrar de sal los campos inutilizándolos para muchos años...”

 

¿Cómo podemos ofrecer esto desde la pastoral? La Iglesia, desde el derecho canónico, la teología, la pastoral y ciencia litúrgica necesita la revitalización del sacramento del matrimonio; “Fomentar y robustecer la fe ya que el sacramento del matrimonio la supone y exige”[16]. Las situaciones pastorales son cada vez más complejas y plurales: La cohabitación antes del matrimonio[17]; las parejas “de hecho”; el fenómeno de la inmigración que provoca el aumento de celebraciones de matrimonios entre una parte católica y otra no católica o no cristiana. La secularización de la sociedad en la que encontramos novios que no han terminado la iniciación cristiana (ni confirmados o, incluso, no eucaristizados)[18]. ¿Cómo podemos dar una respuesta adecuada? ¿Basta con dar a todos - católicos practicantes, alejados, ateos...- el mismo cursillo y los mismos contenidos? “No basta con garantizar unos mínimos jurídicos para asegurar la validez y olvidarse de más complicaciones, o intentar por todos los medios, de disuadirles de celebrar su boda en la iglesia recomendándoles, como a no creyentes, un matrimonio civil”[19]. Tenemos que confesar que la actual pastoral de preparación al matrimonio es en muchos casos insuficiente. “Las carencias de las personas al acceder al matrimonio son también manifestación de una inadecuada preparación por parte de la acción pastoral de la Iglesia, que no ha llegado a responder a las exigencias propias de su misión. Por todo ello, la pastoral de preparación al matrimonio es, en la actualidad, más urgente y necesaria que nunca.”[20] La misma Conferencia Episcopal señala la necesidad de una preparación seria y prolongada para la celebración del sacramento del matrimonio: “las exigencias del matrimonio y, muy especialmente, del sacramento exigen en los momentos actuales una preparación seria y prologada, lo cual no es hacedero sin el compromiso por parte de las diócesis de formar con urgencia y de dedicar sacerdotes y seglares a esta tarea pastoral. La Iglesia no puede tolerar por más tiempo unas celebraciones meramente externas, fruto de presiones y carentes de la fe cristiana”[21].

 

Es insuficiente pretender una revitalización del sacramento incidiendo sólo en la predicación y la catequesis: poner toda la fuerza en el cursillo. “El problema de una seria preparación de los novios no se puede resolver solo con los acostumbrados cursillos para novios”.[22] Estos cursos, preparados con esmero y recibidos con más o menos entusiasmo, “en la mayoría de los casos son insatisfactorios; si la mayoría de los que piden casarse estaba alejados de la vida de la Iglesia, después del matrimonio siguen siendo la mayoría de aquellos que continúan con la misma actitud”[23].  Tampoco nos servirían solamente los esfuerzos encaminados a la mejora de las condiciones de la celebración: Participación activa de los fieles, predominio de la Palabra de Dios, el consentimiento de los contrayentes, la bendición de Dios sobre el esposo y la esposa,[24] redescubrimiento de las dimensiones katabática (pneumatológica) o anabática (cultual) del sacramento. Tampoco se lograría el objetivo desde la revitalización de la vida moral. Todas estas facetas por sí solas no conseguirían una vivencia plena de la actualización del Misterio Pascual de Cristo. Urge pues un proceso global que englobe todos los demás. La conjunción de las distintas facetas podríamos denominarlas, en una terminología suficientemente acuñada, lex orandi, lex credendi, lex viviendi. Esta unión solamente se conseguirá desde la perspectiva  iniciática; un proceso global de vivencia del misterio de la fe en sus dimensiones de conversión; catequesis y celebración para adherirse a Cristo. Al mismo tiempo para los novios que profesan la fe supone un itinerario catecumenal de profundización. La renovación pastoral sería causa del acompañamiento de la comunidad parroquial a través del año litúrgico, las catequesis y celebración de sacramentales: Bendiciones, entregas, escrutinios...

 

Este itinerario surge de la unidad del Matrimonio y los sacramentos iniciación cristiana[25]. El Bautismo es la celebración iniciática de nuestra fe. La puerta por la que se accede a la celebración eclesial del resto de los sacramentos. Al comienzo de la historia de la Iglesia la iniciación era un proceso marcado por etapas y que conducía a la celebración de un rito unitario que se desarrollaba desde el Bautismo a la Eucaristía. Como novedad frente a ritos de iniciación de otras religiones, esta última se podía repetir acompañando y alimentando la vida del nuevo cristiano[26]. En el bautismo el creyente, después de conocer el misterio de Cristo y de la salvación recibe la gracia del Espíritu Santo que le configura como miembro de Cristo y de la Iglesia, capacitada para ofrecer el culto al Padre en espíritu y verdad. El mismo Ritual del Matrimonio recoge la relación del Bautismo y el matrimonio en las praenotanda[27] y en la celebración conecta la gracia del Espíritu Santo en el Bautismo y como se actualiza con un sacramento peculiar: “Cristo bendice copiosamente vuestro amor conyugal, y él que os consagró un día con el santo Bautismo, os enriquece hoy y os da fuerza con un sacramento peculiar” (Rit. Matr. 63). El papa Benedicto ha relacionado el sacramento del matrimonio y la iniciación en su relación con la familia[28] y recogiendo la enseñanza del Catecismo ha evidenciado el sacramento del matrimonio con el Bautismo:  “Por otra parte, toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, que introduce en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas que precede al banquete de bodas, la Eucaristía”.[29]

 

En 1972 se publicó el Ordo Initiationis christianae adolutorum (OICA[30]). Este ritual jalona el bautismo de adultos en un itinerario temporal y ritual, a modo del catecumenado antiguo. La perspectiva de fondo del RICA consiste en la recuperación de una identidad cristiana que no se quede en la superficie, sino que lleve a opciones de vida coherentes con la fe bautismal profesada y con una plena pertenencia a la Iglesia[31]. El capítulo IV y V del OICA prevén dos itinerarios para adultos y niños respectivamente, que han sido bautizados y que no han recibido ni formación catequética ni otros sacramentos. “Se trata de la plena incorporación a la Iglesia de aquellos adultos bautizados de párvulos, que no han recibido la debida catequesis y no están confirmados ni han participado en la Eucaristía, y viven alejados de la fe y de la comunidad cristiana. El Ritual de la Iniciación ... equipara estos casos al del adulto que ha sido bautizado en peligro de muerte y advierte "aunque tales adultos nunca hayan oído hablar del misterio de Cristo, sin embargo, su condición difiere de la condición de los catecúmenos, puesto que aquéllos ya han sido introducidos en la Iglesia y hechos hijos de Dios por el Bautismo. Por tanto, su conversión se funda en el Bautismo ya recibido, cuya virtud deben desarrollar después. Junto a estos adultos se encuentra otro grupo de cristianos que recibieron los tres sacramentos de la Iniciación cristiana en su infancia y adolescencia, pero que se desvincularon de la Iglesia durante un largo tiempo”[32]

 

La propuesta pastoral es adaptar el itinerario catequético trazado por el OICA al sacramento del matrimonio. Esta concepción de la pastoral matrimonial se encuentra en la Exhortación Apostólica Familiaris Consorcio que propone la preparación al matrimonio cristiano como “itinerario que recalque los dinamismos del catecumenado”[33]. La FC expone tres momentos: la preparación remota, la preparación próxima y la inmediata, introduciendo gradualidades propias de los procesos de iniciación catecumenales[34]. El Pontificio consejo mundial de las familias recoge este mismo esquema para la preparación del matrimonio.[35]  Asimismo la Conferencia Episcopal Española, Directorio de la pastoral familiar de la iglesia en España, recoge el esquema de la  Familiaris Consorcio e insiste en la gradualidad[36]. “Se trata de programar a modo de “catecumenado” un “itinerario de fe” en el que, de manera gradual y progresiva, se acompañará a los que se preparan para el matrimonio. En ningún caso se pueden reducir a la transmisión de unas verdades, sino que debe consistir en una verdadera formación integral de las personas en un crecimiento humano, que comprende la maduración en las virtudes humanas, en la fe, la oración, la vida litúrgica, el compromiso eclesial y social, etc.. Una programación adecuada de estos “itinerarios de fe” exigirá dar una serie de pasos que, a modo de etapas, ayuden a los novios en el descubrimiento y compromiso con el designio o proyecto de Dios sobre sus vidas. Su duración puede ser variable, pero con el tiempo suficiente para constatar en la vida aquello que se recibe en el catecumenado y su confrontación con el conjunto de la vida cristiana”[37]

 

En esta misma revista el profesor y párroco Juan Miguel Ferrer[38] planteaba, basándose en la idea desarrollada de Carlo Rocchetta[39], un posible itinerario de iniciación cristiana para la preparación inmediata al sacramento. No voy a volver a recoger lo que el profesor Ferrer proponía entonces, solo quiero señalar algunas líneas de fuerza.

 

1. Para muchos novios la boda empieza a prepararse al menos dos años antes de la celebración; porque en caso contrario no encuentran sitio en el restaurante o bien en la Iglesia elegida. Deberíamos aprovechar esta situación para plantear, sin agobios, unos procesos prolongados, para la celebración del matrimonio; un tiempo suficiente de preparación, en el que los novios entren en contacto con algunos matrimonios de la comunidad, y tengan una relación más estrecha con los sacerdotes y la parroquia. El Ritual señala: “Se requiere un tiempo suficiente para la debida preparación del Matrimonio, y se debe advertir con antelación  a los novios de esta necesidad”[40]. Por otro lado, dos años son un buen periodo para comenzar, si no están confirmados o eucaristizados, un proceso catecumenal de iniciación cristiana con celebración en la Pascua. No debemos reducir sino ampliar la pastoral. Ofrecemos un itinerario distinto, algunos lo elegirán, otros se quedarán solo con el tradicional cursillo.

 

2. Deberemos tener en cuenta el año litúrgico y algunas fiestas representativas: el inicio del Adviento, La Sagrada Familia, la presentación del Señor en el templo, la Pascua. A este respecto deberíamos insistir a los cristianos en que es preferible no celebrar la boda en tiempo de Cuaresma[41].

 

3. Dar importancia al noviazgo[42]. El profesor Tena señala: “En la historia encontraríamos la gran amplitud de juego que ha habido en referente al matrimonio entre cristianos” Efectivamente, de la historia del matrimonio encontramos la tradicional separación entre los ritos de esponsales (prometidos) y nupcias[43]. Los esponsales suponía el establecimiento del vínculo jurídico entre los esposos. Mientras que las nupcias era la fiesta propiamente dicha con la que se daba inicio a la convivencia matrimonial. Por un lado, es verdad que la institución de los esponsales, como contrato interfamiliar, en la actualidad no tiene sentido, porque el noviazgo es visto desde la perspectiva de relacionalidad, amistad y libertad.[44] Pero también es cierto que el sacramento del matrimonio no es sólo una fiesta sacramental, sino un proceso por el cual dos personas que se quieren con un amor indeleble descubren en el su vocación particular y mediante la proclamación litúrgica de su  consentimiento y la bendición que reciben se hacen signo del amor de Cristo. Reducir el matrimonio a nupcias es privarle de la riqueza de su ritualidad; favoreciendo los postulados por los que una sociedad intimista y secularizada profesa que basta el mutuo acuerdo para convivir juntos. El profesor Boriobio señala que en la actualidad vivimos una “indiferencia ritual”[45].No pocos jóvenes consideran el rito de matrimo­nio como un «rito de trámite», más que otra cosa, ya que la novedad de la vida matrimonial comenzó en muchos casos antes. Desde un punto de vista profano, los ritos de celebración también han desaparecido en gran medida. Pues ni intervienen los padres como an­tes, y por tanto no suele haber ni «bendición pa­terna», ni «acompañamiento»; ni interviene la comunidad social como antes, y por tanto no hay ni alboradas, ni procesión hacia la iglesia, ni can­tos del pueblo, ni invitaciones para todos... La fiesta suele estar ya preparada, porque está prepa­rado el lugar de la celebración religiosa, y el del banquete profano. Lo que más suele ocupar a los interesados el día de boda son los vestidos y el saber «estar» en la celebración, las fotos o el vídeo, la acogida a los invitados, el éxito de la comida, y también la diversión de los participantes...”[46]. Muchas tradiciones se han perdido, por ejemplo, el anillo de pedida que en ocasiones conllevaba la fiesta familiar.  Una renovación eclesial del matrimonio llevaría la búsqueda de ritualidades, que conecten con la vida de los novios. Recuperar el sentido gradual del matrimonio es hablar a los jóvenes en un lenguaje que les resulta comprensible: Todo amor progresa[47]; tienes cambios y niveles de compromiso y de unidad. No es la misma relación, ni el mismo grado de compromiso del que “empezar a salir” al que se “compra un piso” y del que  “apunta en la iglesia la fecha de la boda”. Cada momento puede tener su bendición y ritualidad. Al ser un proceso, hay que respetar las etapas: del mismo modo que el que empieza a salir no se debe comprar un piso, el que lleva dos años de noviazgo no debe tener relaciones conyugales. Todos estos procesos deberían estar marcados por sacramentales. Una bendición paterna a los años de salir como amigos, la bendición de la casa cuando la pareja se compra el piso, la bendición de los prometidos al apuntar la boda en la iglesia, o un año antes de casarse. Estas celebraciones implican una confesión de fe específica y un discernimiento de su grado de compromiso y de amor.

 

4. Es necesario considerar que en el sacramento del matrimonio hay un antes celebrativo, un momento celebrativo y un después celebrativo[48]. La pastoral que prepara inmediatamente al sacramento debe tenerlo en cuenta. Resulta interesante, que en el antes celebrativo se introduzcan ritos a modo de escrutinios y entregas, exorcismos y dinamismos penitenciales. Sugiero uno, una celebración de la palabra entorno a lo que los rituales orientales llama bendición de los vestidos matrimoniales[49]. Esta puede ser un motivo para descubrir de que se deben despojar los novios y de que se deben revestir para afrontar su compromiso juntos y una estupenda preparación a una celebración comunitaria de la penitencia (Tipo B).

 

Pedro Manuel

Merino Quesada



[1] P. Tena. “El sacramento del Matrimonio” en Phase (86) 1975. Publicado en P. Tena. Celebrar el Misterio. Biblioteca litúrgica 23. Barcelona 2004. 425- 432.

[2] Ib. 426.

[3] Ib.  427.

[4] Ibidem

[5] Ib.  428.

[6]Matrimonio y familia” aprobado por la XXXI ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL. 6 de julio de 1979. nº 116-117ª. ). Disponible en la World Wide Web: http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/matrimonio.htm

[7] Comisión Teológica internacional. Doctrina católica sobre el matrimonio (1977) en Comisión Teológica internacional (edición preparada por C Pozo) Documentos 1969-1996. Madrid 1998. 179-181.

[8] Juan Pablo II. Discurso a los prelados auditores y oficiales del tribunal de la rota romana  con motivo de la inauguración del año judicial (1-febrero-2001). Disponible en la World Wide Web: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/2001/documents/hf_jp-ii_spe_20010201_rota-romana_sp.html . Cf. CEC 1602-1612. (cf. Código de derecho canónico, c. 1055)

[9] Benedicto XVI. Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Aosta. Disponible en la World Wide Web:  http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2005/july/documents/hf_ben-xvi_spe_20050725_diocesi-aosta_sp.html

[10] Benedicto XVI. Discurso a los prelados auditores y oficiales del tribunal de la rota romana  con motivo de la inauguración del año judicial. (27 de enero de 2007). Disponible en la World Wide Web: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2007/january/documents/hf_ben-xvi_spe_20070127_roman-rota_sp.html

[11] P. Tena. 431

[12] J.L. Larrabe. “El Nuevo ritual del matrimonio. Aspectos teológicos y pastorales” en Rev. esp. Teol. 56 (1996). 509-510.

[13] Rit. Matr. Praen 20: “...Los pastores se esforzarán por evangelizar a la luz de la fe el mutuo y auténtico amor entre los novios. Incluso aquellas cosas que son requeridas por el derecho para contraer Matrimonio válido y lícito pueden servir para promover en los novios una fe viva y un amor fecundo...”

[14] Ib 432

[15] Moisés Martinez Pique, Hacia un “status” eclesial del noviazgo en Rev. esp. Teol. 56 (1996) 455.

[16] Rit. Matr. Praen. 16. Cfr. SC 59

[17] Las estadísticas enseñan que las experiencia prematrimoniales no son garantía de éxito en el matrimonio.

[18] Véase los peligros el concilio señalaba para la institución familiar (GS 47).

[19] Juan Miguel Ferrer. “Itinerario de inspiración catecumenal para prepara el Matrimonio” en Past. Lit 47

[20] Directorio de la pastoral familiar de la iglesia en España, aprobado por la LXXXI Asamblea Plenaria  21 de Noviembre de 2003 nº 74. Disponible en la World Wide Web:  http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/PastoralFamiliar1.htm

[21] Matrimonio y Familia.  doc. cit. nº117

[22] Carlo Rocchetta, Como Evangelizar hoy a los cristianos, Bilbao 1994. 134

[23] Moisés Martinez Pique, art cit. 453.

[24] Rit. Matr. Praen. 35

[25] Carlo Rocchetta, 134

[26] Paul de Clerck. “La Confirmation parechèment du Baptême, porque de L’Eucharistie en Ephrem Carr (ed) La Cresima. Atti del VII Congresso Internacionales di liturgia (6-8-maggio 2004). Roma 2007. 206-225. pág 222:Car l’initiation chrétienne comporte trois sacrements; parmi eux, deux sont irréitérables, le troisième est célébré normalement au moins chaque dimanche.

[27] Rit. Matr. Praen. 7. Cfr. CIC 1055& 2

[28] Bendedicto XVI, Exh. Ap. sacramentum caritatis. nº 19

[29] ibidem nº 25. CEC 1617.

[30] También citado por algunos autores como RICA=Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos.

[31] Carlo Rocchetta, 131

[32] La Iniciación Cristiana. Reflexiones y Orientaciones (ICRO), aprobada por la LXX ASAMBLEA PLENARIA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA . 27 de noviembre de 1998. nº 124-126 Disponible en la World Wide Web: http://www.conferenciaepiscopal.es/DOCUMENTOS/Conferencia/iniciacion_cristiana.htm

[33] FC 66

[34] FC 66

[35] Pontificio Consejo Para La Familia Preparación al Sacramento del Matrimonio (13 de mayo 1996) nº 5. En los nº 21-59 Desarrolla una programación pastoral.

[36] Directorio de la pastoral familiar de la iglesia en España, doc cit 72-77

[37] ib 109-110

[38] Juan Miguel Ferrer. art. cit. 47-51

[39] Carlo Rocchetta, op cit. 131-137 Ver tambien L Brandolini, “Catechesi matrimoniale rinnovata: Catecumenato al sacramento del matrimonio” en A M Triacca- G Pianzzi (dirs), Realitá e valori del sacramento del matrimonio. (Roma 1976). 434-445.

[40] Rit. Matr. Praen. 15

[41] Rit. Matr. Praen. 32

[42] A este respecto Moisés Martinez Pique, Hacia un “status” eclesial del noviazgo en Revista española de Teología  56 (1996) 435-494.

[43] D. Borobio Garcia. Inculturación del matrimonio. Ritos y costumbres matrimoniales de ayer y hoy. Madrid 1993. Especialmente págs 20-26.

[44] Id. 206-207

[45] D. Borobio Garcia 201-205. Señala la ritualidad de los jóvenes en la actualidad, tal como la entrada en la casa, que te conozcan los padres, etc.

[46] Id. 208-209.

[47] Para una presentación pastoral resulta muy interesante Denis Sonet. Triunfar como pareja. Barcelona 2002.

[48] Ver también D. Borobio. 214-232.

[49] Joseph Urdeix (director) Los ritos nupciales en las Iglesias de oriente. Cuadernos phase 168-169 Barcelona 2007. Extraídos de A. Raes (y colaboradores) Le Mariage dans les Églises d'orient Chevetogne 1959.