Teología Litúrgica - Notas sobre la ars celebrandi en la liturgia romana medieval

Gabriel Seguí i Trobat

 

Contribución publicada en AA.VV., Ars Celebrandi. El arte de celebrar el misterio de Cristo, Madrid, 2008, 139-146.

 

 

Notas sobre la ars celebrandi en la liturgia romana medieval

 

Dr. Gabriel Seguí i Trobat

Centre d'Estudis Teològics de Mallorca

Institut Superior de Litúrgia de Barcelona

 

Introducción

 

            Cuando nos referimos a la ars celebrandi en la liturgia romana medieval es necesario, en primer lugar, precisar el alcance temporal de nuestras afirmaciones; es el viejo problema de la historiografía sobre dónde empieza y cuándo termina la Edad Media. A mi juicio, podrían establecerse los siguientes parámetros cronológicos en lo que atañe a la liturgia:

 

            a) Comienzo de la Edad Media: sería la liturgia resultante de la fusión entre la liturgia romana y la liturgia franco-germánica, en torno a los ss. IX-X, plasmada en el Hadrianum suplementado por Benito de Aniane entre 801-804 y el Pontifical romano-germánico del 950-962. Se trata de la gran síntesis que perdura en la liturgia romana incluso hasta el día de hoy. Para mí, la llamada "liturgia romana pura" de los ss. V-VIII pertenecería, más bien, a lo que llamaría la "época clásica" de la liturgia romana.

            b) Final de la Edad Media: acontecería con la publicación del Missale romanum editado por Pío V en 1570, porque supone la práctica abolición de los misales anteriormente en uso en cada diócesis, con las correspondientes excepciones. Sin embargo, sabemos que el misal romano de 1570, era, en realidad, el misal de la Curia romana, que se remonta, a grandes rasgos, al sacramentario gregoriano[1]. Este misal fue revisado y corregido por la comisión pontificia presidida por el cardenal Sirleto, partiendo de la edición veneciana de 1497[2]. A pesar de ello, muchos de los elementos que el misal de la Curia tenía en común con los restantes misales medievales, perduraron en él hasta la reforma del concilio Vaticano II, plasmada en el MR de 1970.

 

            Por otra parte, no es raro que los adjetivos "tridentino" y "medieval" se apliquen, peyorativa e indistintamente, a determinados usos celebrativos. Ya sabemos que la ignorancia es atrevida; no obstante, esta confusión debe inducirnos a interrogarnos sobre la continuidad y la ruptura entre la ars celebrandi antes y después del MR de 1570, aunque es una cuestión que no voy a tocar en esta breve comunicación.

 

            En esta intervención, me referiré sobre todo a la celebración eucarística y aún así no será posible tocar todos los aspectos que serían dignos de reseñar. Además, hay que advertir que, dada la diversidad de la liturgia en cada Iglesia local durante la Edad Media, a veces es problemático hablar de la ars celebrandi, en general, en esta larga época de la historia de la liturgia.

 


Características de la ars celebrandi medieval

 

1. La concepción y la praxis de la celebración

 

            a) La misa como sacrificio. La celebración se comprende, ante todo, como una "escenificación" de la pasión de Cristo, puesto que la espiritualidad y la teología medievales ponen el acento en la humanidad del Señor. No extraña, por tanto, la omnipresencia del signo de la cruz en el canon, en la comunión, en los ornamentos y en el altar, sin olvidar las oraciones devocionales extralitúrgicas, sobre todo las de curación[3].

 

            b) Las rúbricas consisten más en una ayuda-memoria o en unos títulos de acciones para celebrar, más que unas instrucciones concretas y detalladas, porque los ministros ordenados habían interiorizado unos hábitos celebrativos por tradición y además contaban con las consuetas o costumarios[4] para la inteligencia y la práctica de la celebración en cada iglesia. Estos documentos litúrgicos sí que detallan minuciosamente el desarrollo de cada acto celebrativo, incluyendo la ornamentación de los templos. Por esto, podemos hablar de una cierta encarnación e inculturación de la liturgia.

            c) La insistencia en la dignidad y la validez de la celebración, que se refleja en los conocidos compendios de defectos en la celebración de la misa, más o menos breves.

            d) La búsqueda del sentido de la celebración como forma de participación del pueblo en la liturgia, que se concreta en:

 

            - La interpretación alegórica de los ritos, cuyo máximo representante es Amalario de Metz[5], el aventajado discípulo de Alcuino de York;

            - La presentación didáctica de los ritos (teatro sacro), de origen monástico[6]; recorde-mos, por ejemplo, el texto más antiguo que se conserva, la Visitatio sepulcri de Fleury-sur-Loire (s. X);

            - Los llamados Specula ecclesiae o expositiones missae[7], unos tratados de explicación de los ritos de la misa, que significaban una real contribución a la comprensión de la celebración por parte de los mismos celebrantes. Muchos de estos estudios de teología litúrgica se centraban, significativamente, en el canon, que los liturgistas medievales conside-raban el corazón de la celebración eucarística.

 

            e) La progresiva clericalización y la privatización de la celebración: aparece el Misal plenario, con lo que el presidente no necesita ningún ministro para celebrar; se generaliza la misa privada; y se compila también el Breviario, con lo cual se generaliza la no asistencia al coro, es decir, pierde peso la celebración comunitaria de la liturgia de las horas, en favor del rezo individual, porque se acentúa más la obligación de rezar que el simbolismo de la celebración comunitaria. Todavía hay curas "medievales" que tienen por divisa que "lo im-portante es rezar".

 

            Paralelamente, en parte dejan de tener sentido los diversos libros litúrgicos -anti-fonarios, leccionarios, evangeliarios, colectarios, etc.- pensados justamente para una diver-sidad de ministros en la celebración, excepto en las celebraciones solemnes de catedrales, iglesias mayores, conventos y monasterios, en los que el presidente de la celebración no absorbía todavía todos los ministerios litúrgicos.

 

            Tanto en la difusión del misal plenario como del breviario, tienen un papel determi-nante las órdenes mendicantes, particularmente los franciscanos, que difunden los usos de la Curia romana por toda Europa. En este sentido, y sin ánimo alguno de ofender, curiosamente coincidían los intereses de los "oficinistas" y de los misioneros, que precisaban libros más reducidos, unos para rezar individualmente en sus casas antes del trabajo curial, y los otros para transportarlos cómodamente en sus periplos apostólicos.

 

            f) La exuberancia y la magnificencia del culto, especialmente en las catedrales y gran-des iglesias. En parte, es una herencia de la mentalidad, materialista y lírica, germánica[8], pero también es una plasmación del misterio de la grandeza divina obrada en la liturgia, y una evidente manifestación del poder sagrado, social y económico del clero.

            g) La presencia de elementos de la religiosidad popular (tropos, dramatizaciones, oraciones supersticiosas, veneración de imágenes y de reliquias, etc.), que llegaron a derivar en los abusos que inventaría el concilio de Trento[9].

            h) El canto como expresión de solemnidad de la celebración eucarística; así, en la documentación, nos encontramos con la distinción entre misas altas (cantadas) y bajas (rezadas), una distinción con claras repercusiones económicas en los bolsillos de quienes las encargaban.

            i) Un cierto grado de hermetismo, que se manifiesta particularmente y sobretodo en la recitación del canon en voz baja, con toda seguridad hacia finales del s. VIII, tal vez un resto del secreto del arcano de la antigüedad -si es que existió en los primeros siglos de la Iglesia-, aunque me parece que debería atribuirse a la progresiva clericalización de la misa y la aguda conciencia de la excelsa y suprema santidad de la acción que se llevaba a cabo[10].

            j) La exagerada fijación en la presencia real de Cristo, a causa de las disputas eucarísticas de los ss. IX y IX, y del deseo incontenible de "ver" la eucaristía, a la que se le atribuían incluso poderes taumatúrgicos[11]. Esta conciencia vivísima de la presencia real del Señor -entendida como carnalidad crasa-, se expresa ritualmente en elevaciones, uso del incienso en la doble consagración, genuflexiones, toques de campanas e incluso cortinas negras para poder ver mejor la blanca hostia consagrada, como se acostumbrada en la catedral de Barcelona[12].

            k) La inculturación de la liturgia. A pesar de la progresiva implantación -voluntaria o forzada- de la liturgia romana, a partir de los ss. IX (reforma franca) y XI (reforma grego-riana), los obispos y los capítulos catedralicios eran los auténticos reguladores del culto divino, y preparaban textos y celebraciones acomodados a la mentalidad local, a pesar de que eran frecuentes las adopciones de formularios enteros de procedencias a veces insólitas.

            l) La inspiración en la liturgia del Antiguo Testamento (unciones, aspersiones e incensaciones), muy evidente en el rito de consagración de iglesias y en la ordenación sacerdotal, aunque el inicio de esta tendencia es algo anterior (s. VIII). Aquí convergen la necesidad pastoral de integrar a los pueblos germánicos en la Cristiandad y la justificación teológica de la teocracia franca.

            m) La decadencia de la predicación (homilía) dentro de la misa en favor de la oratoria sagrada (sermón), totalmente desligada de la celebración[13].

            n) El latín como lengua litúrgica, no entendida por el pueblo, por lo que se convertía en una lengua clerical que trascendía las fronteras[14]. Esto facilitaba el intercambio de for-mularios litúrgicos entre las diócesis. Con todo, no hay que olvidar la presencia de las len-guas nacionales en otros sacramentos (bautismo, matrimonio y unción) y en los sacra-mentales, como se ve en los rituales diocesanos, al menos en los inmediatamente anteriores a Trento.

 

2. La eucología

 

            Respeto a las fórmulas oracionales -mayores y menores- la celebración medieval destaca por:

 

            a) La pasión por las oraciones: concatenación de las antiguas piezas de recambio.

            b) La complicación y el barroquismo de las fórmulas frente a la sobriedad de las antiguas oraciones de la liturgia romana clásica; la eucología mayor, inacabable y cantada (cfr. fórmulas de bendición de ramos).

            c) El horror vacui:

 

                        - las oraciones de preparación para la misa y para después de la misa

                        - las oraciones secretas;

                        - las repeticiones de piezas: el presidente recita el Gloria, el Sanctus o el Credo                mientras los canta la schola cantorum;

 

            d) Las oraciones dirigidas a Cristo y a la Santísima Trinidad.

 

            Gran parte de estos elementos derivan de la liturgia franco-germánica, y entraron en la liturgia romana en una época tardía.

 

3. Disposiciones personales

 

            Los cristianos medievales, que viven en vilo ante el asalto de los enemigos del cuerpo y del alma, se acercan a la celebración sacramental con un doble sentimiento temor:

 

            a) La permanente sensación de indignidad; por parte del presidente de la celebración, son un elocuente ejemplo de ello las apologías que atraviesan de parte a parte la misa[15]. De parte del pueblo, esta conciencia de pecado deriva en el abandono de la frecuencia en la comunión sacramental, conformándose con la comunión espiritual. Es una consecuencia del temor reverencial hacia un Cristo mayestático, subrayado en las disputas antiarrianas.     

            b) La inquietud por la propia salvación, cuya raíz está mayormente en las controversias antipelagianas, que provoca la multiplicación de misas de encargo para sortear la condenación eterna, pero no la participación sacramental de los fieles. En el misal de Mallorca de 1506, se inserta incluso un formulario, procedente del sacramentario de Gellone, para rogar por el alma de la que se duda si se ha salvado[16]. Toda precaución era poca. Los testamentos y los registros de misas medievales son testigos de la proliferación de misas votivas, de fundaciones de misas de todo tipo, de series de misas supersticiosas, etc.

 

4. Interferencias

 

            a) La invasión del santoral sobre el temporal y las injerencias de las devociones en el santoral y el temporal.

            b) El abuso de las misas de difuntos y votivas, particularmente de las de la Virgen, por el ansia de salvación personal, por motivos crematísticos y por conocimiento memorístico o por brevedad de los textos, a partir iguales.

            c) La mezcla entre sagrado y profano (risus paschalis)[17], entre fe, superstición y lucro Un testimonio privilegiado de ello es decreto sobre el Purgatorio del concilio de Trento, ya aludido[18].

 

Balance: las aporías de la ars celebrandi medieval

 

            a) La Edad Media es una época de una gran creatividad litúrgica y donde se hace un esfuerzo considerable para adaptar la liturgia romana a la mentalidad de cada Iglesia local, con lo que da la impresión de una cierta anarquía; sin embargo, desde el s. IX, asistimos a una progresiva uniformización desde arriba (el Imperio o el Papado) que culmina en el concilio de Trento.

            b) Los liturgistas medievales trabajaron para hacer inteligible para el clero y el pueblo la forma externa de la celebración, especialmente la eucaristía, pero la liturgia medieval experimenta un progresiva tendencia a la clericalización, la privatización y el hermenismo.

            c) La liturgia medieval se caracteriza por la barroquización y yuxtaposición de ritos, que rompe con la simplicidad, contención expresiva y sobriedad de la liturgia romana pura; sin embargo, esta mixtificación tiene una raíz teológica y pastoral.

            d) El rasgo más relevante de la liturgia medieval es, tal vez, el oscurecimiento del sentido comunitario de la celebración en favor de la introspección; no obstante, los asistentes a las celebraciones no dejaron de sentirse parte del Cuerpo de la Iglesia.

 



                [1] e. palazzo, Histoire des livres liturgiques. Le Moyen Age. Des origines au XIIIe siècle. París 1993, pp. 47-79; a. chavasse, Les ancêtres du Missale Romanum (1570). Roma 1995.

[2] a. m. frutaz, Sirleto e la riforma del messale romano di S. Pio V, a "Regnum Dei", anno XXX, núm. 100 (1974), pp. 85-111.

                [3] o. giordano, Religiosidad popular en la Alta Edad Media. Madrid 1993, pp. 44-54. En estas páginas podemos descubrir el uso de la cruz como si fuera un talismán.

                [4] e. palazzo, o.c., pp. 221-227.

                [5] i. m. hanssens, Amalarii episcopi opera liturgiaca omnia. 3 vols. Città del Vaticano 1948-1950.

                [6] g. cohen, Anthologie du drame liturgique en France au Moyen-Age. París 1955.

                [7] Para un elenco de los principales estudios medievales sobre la misa, cfr. c. vogel, Introduction aux sources de l'histoire du culte chrétien au Moyen Age. Spoleto 1981, pp. 11-15.

                [8] a. gerken, Teología de la eucaristía. Madrid 1991, pp. 93-99.

                [9] Concilio de Trento, Sessio XXII (17 de septiembre de 1562), Decretum de observandis et vitandis in celebratione missarum, en istituto per le scienze religiose, Conciliorum Oecumenicorum Decreta. Bologna 1991, pp. 736-737; Sessio XXV (3-4 diciembre de 1563), De invocatione, veneratione, et reliquiis sanctorum, et de sacris imaginibus, ibidem, pp. 774-776.

                [10] a. jungmann, El sacrificio de la misa. Madrid 1951, p. 749.

                [11] Sobre esta insaciable ansia de ver la forma, cfr. a. jungmann, o.c., pp. 170-172; j. baucells reig, Vivencia eucarística y corriente popular en los siglos XIII y XIV: ver a Dios, a asociación de archiveros de la iglesia en españa, Memoria Ecclesiae XX. Oviedo 2001, pp. 241-264.

                [12] a. fàbrega grau, La vida quotidiana a la catedral de Barcelona en declinar el Renaixement. Any 1580. Barcelona 1978, p. 59.

                [13] a. jungmann, o.c., p. 582.

                [14] x. basurko, Historia de la liturgia. Barcelona 2006, pp. 215-216.

                [15] Para otras apologías medievales, cfr. j.-f. cottier, Anima mea. Prières et textes de dévotion du Moyen Age latin. Autour des Prières ou Méditations attribuées à saint Anselm de Cantorbéry (XIè-XIIè siècle). Turnhout 2001, particularmente las pp. XXXIX-LXXI sobre la literatura devocional medieval..

 

                [16] Formulario Pro cuius anima dubitatur; cfr. g. seguí i trobat, El missal mallorquí de 1506. Estudi i edició segons l'exemplar de la Biblioteca March. Barcelona 2003, pp. 139 i 513.

                [17] m. c. jacobelli, Risus paschalis e il fondamento teologico del piacere sessuale. Brescia 1991 (3ª).

            [18] Concilio de Trento Sessio XXV (3-4 diciembre de 1563), De invocatione, veneratione, et reliquiis sanctorum, et de sacris imaginibus en istituto per le scienze religiose, Conciliorum Oecumenicorum Decreta. Bologna 1991, pp. 774-776.