Liturgia Hispano-Mozárabe - La misa en rito hispano-mozárabe. Una sencilla explicación

José Antonio Goñi

 

LA MISA

EN EL RITO HISPANO-MOZÁRABE

— una sencilla explicación —

Introducción

  La celebración de la eucaristía, los sacramentos y la oración comunitaria no ha sido única ni uniforme a lo largo de la historia de la Iglesia sino que cada pueblo, cada cultura, la configuró de forma diferente, dependiendo de su propia personalidad e idiosincrasia. Este es, en último término, el origen de las diferentes liturgias o ritos litúrgicos que surgieron tanto en Oriente como en Occidente en los primeros siglos de la vida de la Iglesia.

Entre estos ritos se sitúa el hispano-mozárabe que es el modo propio como celebraron la liturgia, durante el primer milenio de vida del cristianismo, las Iglesias comprendidas dentro de la península Ibérica.

Tras el concilio Vaticano II (1962-1965) ha sido restaurado este rito litúrgico, que fue suplantado en el siglo XI por el rito romano y que tan sólo permanecía vivo en algunas parroquias de la ciudad de Toledo. Con la publicación del Misal hispano-mozárabe en el año 1991, se han multiplicado las celebraciones eucarísticas en este rito realizadas con carácter extraordinario.

El presente trabajo pretende acercar al lector a la misa según el rito hispano-mozárabe para que pueda comprenderla, aunque sea un poquito, conociendo su estructura y el sentido de sus ritos. Además, puede servir como material para la instrucción previa que debe impartirse a quienes van a participar en una eucaristía hispano-mozárabe, según indica el número 162 de los prenotandos del Misal.

I. Historia del rito hispano-mozárabe

«Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19b). Este es el mandato que Jesús dio a sus discípulos en la última cena. Jesús les ordenaba que repitieran periódicamente ese banquete para hacer presente su entrega por nuestra salvación, para conmemorar su muerte y resurrección. Cada Iglesia local, manteniendo los elementos esenciales -tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo repartió (cf. Lc 22, 19a; 1Co 11, 23-24 )-, verificó este mandato de forma diversa según su propia personalidad e idiosincrasia, influenciada además por factores culturales e históricos. El mismo proceso siguieron los diferentes sacramentos, la oración comunitaria (oficio divino) y la organización del calendario (año litúrgico). De este modo fueron surgiendo las diferentes formas de celebración, esto es, los diferentes ritos litúrgicos.

También las Iglesias de la Hispania romana reflejaron en la liturgia sus propios planteamientos teológicos y pastorales, elaborándose así todo el conjunto del rito llamado hispano-mozárabe.

La formación del rito fue lenta y en este proceso intervinieron tres sedes metropolitanas: Sevilla, Toledo y Tarragona. La mayoría de sus textos y melodías son de composición anónima, pero la tradición ha conservado algunos nombres: Justo de Urgel († primera mitad del siglo VI), san Leandro de Sevilla († 600), Juan de Zaragoza († 631), san Isidoro de Sevilla († 636), Pedro de Lérida († mediados del siglo VII), Conancio de Palencia († 639), san Eugenio II de Toledo († 657), san Ildefonso de Toledo († 667), san Julián de Toledo († 690).

La época de mayor creatividad se dio a partir de la paz religiosa obtenida con la conversión oficial al catolicismo del reino de los visigodos (concilio III de Toledo, año 589), pues a partir de entonces florece en España un verdadero humanismo latino, fomentado por la corte visigótica.

El punto álgido de su consolidación y difusión fue el siglo VII, cuando este rito era celebrado en toda la península Ibérica, llegando por el norte hasta la Galia narbonense y los Pirineos orientales. Además, en esta época, encontramos numerosas disposiciones relativas a la liturgia en los concilios de las diferentes Iglesias locales (concilios de Tarragona, de Braga o de Toledo) que ponen de manifiesto la importancia que habían adquirido las celebraciones litúrgicas, así como el deseo de realizar del mejor modo posible el culto.

Ahora bien, el modo de celebrar la liturgia (eucaristía, oficio divino, sacramentos) no era del todo semejante en las Iglesias hispanas. Surgió, pues, un deseo de unificación litúrgica entre todas estas Iglesias que estaban vinculadas, no sólo por compartir una misma fe, sino también por pertenecer a un mismo reino, el visigodo. Sin embargo, aunque en el concilio IV de Toledo (año 633) los obispos aceptaron unificar todos los ritos litúrgicos de la misa, los oficios y los sacramentos, esta unidad celebrativa no tomaría cuerpo hasta finales del siglo VII cuando se efectuó la compilación de los libros litúrgicos, labor atribuida a san Julián de Toledo.

El proceso evolutivo del rito hispano fue interrumpido bruscamente por la invasión de los árabes que en pocos años, del 711 al 719, ocuparon casi por entero la península Ibérica. Algunos clérigos emigraron llevando consigo los libros litúrgicos, pudiéndose restaurar esta liturgia en los nuevos reinos de Asturias, León, Castilla y Navarra que surgen con la reconquista iniciada a finales del siglo VIII. No obstante, cuando la actual Cataluña fue liberada por los francos del poder árabe, se instalaron varios monasterios benedictinos que introdujeron el modo de celebrar propio de la ciudad de Roma, conocido como rito romano.

El final de la liturgia hispánica llegó por vía disciplinar. Ante la sospecha infundada de que los textos litúrgicos contenían expresiones teológicamente imprecisas que inducían a errores doctrinales, el papa inició un proceso de sustitución del rito hispano por el rito romano. En primer lugar, legados del papa Alejandro II impusieron en el año 1071 el rito romano en el monasterio de San Juan de la Peña (Huesca). Cinco años más tarde, el papa Gregorio VII obligó a implantar el rito romano en el monasterio de Leyre (Navarra) y supuestamente

este mismo papa, consiguió que el rey Alfonso VI convocara el concilio de Burgos (año 1080), donde se decretó la abolición del rito hispano en los reinos de Castilla y León.

Tan sólo pervivió el rito hispano entre los cristianos que se hallaban en la España ocupada por los árabes. Esta población tenía que pagar un tributo especial a las autoridades locales para mantenerse fiel a la religión de sus padres y celebrar el culto cristiano o participar en él. Los cristianos que no convivieron con los árabes, designaron a estos cristianos con el nombre de mozárabes, esto es, arabizados. Al liberar la ciudad de Toledo (año 1085), el rey Alfonso VI concedió a los mozárabes, en reconocimiento a sus méritos, el privilegio de poder seguir celebrando la fe con su rito propio en las seis parroquias existentes entonces en Toledo. Sin embargo, en las nuevas parroquias que se erigieron en esa ciudad se instauró el rito romano.

El cardenal Cisneros, que tomó posesión de la sede arzobispal de Toledo en el año 1495, habiendo considerado los valores inherentes a la liturgia hispano-mozárabe, percibió su evidente peligro de desaparición. Para salvarla instituyó la capilla mozárabe en la iglesia catedral, a fin de que se celebre la misa y el oficio todos los días según el antiguo rito. También ordenó al canónigo Alfonso Ortiz que preparara la edición impresa del Misal y del Breviario. Así, el año 1500, vio la luz el Missale mixtum secundum regulam beati Isidori, dictum mozarabes y en 1502 el Breviarium secundum regulam beati Isidori .

El Misal fue reeditado en Roma, en el año 1755, con una presentación y notas explicativas del jesuita Alejandro Lesley.

Posteriormente, en el año 1775, el cardenal Francisco de Lorenzana, arzobispo de Toledo, reeditó en Madrid el Breviario, con el título Breviarium Gothicum, secundum regulam beatissimi Isidori . Y más tarde, en el año 1804, publicó en Roma una nueva edición del Misal corregida, bajo el nombre de Missale Gothicum secundum regulam beati Isidori Hispalensis episcopi .

Tras el concilio Vaticano II (1962-1965), bajo la dirección del cardenal Marcelo González, arzobispo de Toledo y superior responsable del rito hispano-mozárabe, se inició la revisión y publicación de los libros litúrgicos de esta liturgia. Hasta el momento han visto la luz el Missale Hispano-Mozarabicum , que comprende dos tomos, el primero editado en el año 1991 y el segundo en 1994, y el Liber commicus , también en dos tomos publicados en 1991 y en 1995.

II. Nombre

El rito litúrgico nacido en la península Ibérica ha recibido diferentes nombres a lo largo de la historia: hispano, visigótico, gótico, mozárabe, toledano o isidoriano. Como ahora veremos al explicarlos individualmente, cada uno de estos calificativos subraya una época determinada de la historia global de este rito olvidando otras.

Hispano

El calificativo «hispano» es el más válido para referirse esta liturgia pues, casi hasta su abolición,

la península Ibérica -lugar donde había nacido y se había forjado- era conocida con el nombre de Hispania.

Visigótico/gótico

El rito hispano-mozárabe, como ya hemos explicado al narrar su historia en el capítulo anterior, alcanzó su pleno apogeo en el siglo VII con el reino visigótico que la llevó más allá de los Pirineos. De ahí que se le denominara «visigótico» o «gótico». Pero no podemos perder de vista que este rito existía mucho antes de que los visigodos -uno de los pueblos godos- conquistaran Hispania, y además muchos de sus forjadores no fueron godos, sino hispano-romanos.

Mozárabe

El término «mozárabe» nos remite al período en el que los cristianos vivieron bajo la dominación árabe. Si bien debemos reconocer que fueron ellos quienes conservaron y transmitieron,

no debemos olvidar que esta liturgia se celebraba mucho antes de que existieran las comunidades mozárabes.

Toledano

El apelativo «toledano» vincula exclusivamente esta liturgia a Toledo, única ciudad que mantuvo el rito.

Pero deja de lado la vida que durante el primer milenio tuvo la liturgia hispano-mozárabe en toda la península Ibérica.

Isidoriano

El adjetivo «isidoriano» asocia esta liturgia al arzobispo de Sevilla san Isidoro (c. 560-636). Éste fue un personaje clave en la elaboración del rito: compuso varios textos litúrgicos, presidió el concilio IV de Toledo (año 633) que fue el que más cánones dedicó a la liturgia, y redactó personalmente las actas del mismo… Sin embargo, este arzobispo de Sevilla, no fue el único forjador del rito hispano-mozárabe.

Hispano-mozárabe

Tras la revisión que se inició después del concilio Vaticano II ( 1962-1965), el nombre que se adoptó para designar este rito litúrgico fue «hispano-mozárabe». «Hispano» porque es la denominación más válida de entre todas las posibles. «Mozárabe» para reconocer el mérito de las comunidades cristianas que lo conservaron en medio de un ambiente hostil como fue el de la dominación árabe.

IIIa. La celebración de la eucaristía

Lugar de la celebración

Las iglesias de la liturgia hispano-mozárabe constaban de cinco partes: santuario o presbiterio, nave, nartex, atrio y baptisterio.

Una cruz presidía el lugar de la celebración, en cuyos brazos pendían las letras apocalípticas Α ( alfa ) y Ω ( omega ), símbolos pascuales de Cristo principio y fin. Ésta, probablemente, se traía encabezando la procesión de entrada.

La plegaria eucarística era proclamada orientem versus .

Santuario o presbiterio

El santuario o presbiterio estaba situado en la cabecera del templo y era el lugar del altar, de la cátedra del obispo y de las sedes de los presbíteros. Construido de ordinario en un plano superior, estaba separado del resto del espacio celebrativo por una especie de iconostasio que lo ocultaba de la mirada de los fieles en los momentos más sagrados de los divinos misterios. Además estaba acotado por un cancel, que era traspasado por el presidente de la celebración al inicio de la plegaria eucarística, mientras decía: Me acercaré al altar de Dios .

El altar era revestido sólo para las celebraciones y ante o sobre él ardían seis o siete velas, que se suponen eran traídas en la procesión de entrada y colocadas en su lugar al comienzo de la celebración.

Nave

La nave era el lugar que ocupaban los fieles. En la parte inicial, como encabezando la asamblea, se situaban los ministros menores: coro, lectores, acólitos e incluso los diáconos. Esta parte inicial de la nave recibía el nombre de púlpito y estaba enmarcada de algún modo, generalmente por cancelas.

Nartex

El nartex era la sala anterior a la nave y estaba destinado a los penitentes públicos y catecúmenos.

Atrio

El atrio era un patio con columnas situado a los pies de la iglesia que daba acceso a ésta.

Baptisterio

El baptisterio era el lugar donde se administraba el sacramento del bautismo y estaba situado en un edificio contiguo o adosado al templo.

Ornamentos litúrgicos

La vestidura principal de la celebración eucarística es la casulla, generalmente bastante amplia y con capucha. Ésta la viste el presbítero y el obispo sobre una túnica, que no tiene por que ser necesariamente blanca, y sobre una estola que pende del cuello y se cruza en el pecho.

Los diáconos visten túnica, que no tiene por que ser necesariamente blanca, y estola que pende sobre el hombro izquierdo colgando por delante y por detrás, estando sujeta en la parte derecha de la cintura. El rito hispano-mozárabe no conoció el uso de dalmática por parte de los diáconos; parece que la llevaba el obispo bajo la casulla.

Sobre el uso de diferentes colores en las celebraciones del rito hispano-mozárabe no hay nada definido.

IIIb. La celebración de la eucaristía

La celebración de la eucaristía en el rito hispano-mozárabe se divide en estas cinco partes: ritos iniciales, liturgia de la palabra, preparación de las ofrendas-intercesiones solemnes-signo de la paz, plegaria eucarística, rito de la comunión.

Tras la explicación de cada una de estas partes incluimos el ordinario de la misa que le corresponde.

Ritos iniciales

La misa en rito hispano-mozárabe comienza con un canto de entrada, denominado praelegendum , durante el cual, el sacerdote con los ministros se dirigen al altar.

Seguidamente se canta el himno Gloria a Dios en el cielo, al que le sigue la oración después del Gloria. Ésta, integrando lecciones extraídas del Gloria, reúne las aspiraciones de los fieles presentes y constituye, en cierto modo, la asamblea celebrante.

En las solemnidades, entre el Gloria y la oración, se añade el Trisagio.

No obstante, a diario, en las denominadas misas feriales, y en los domingos de Cuaresma todos estos ritos iniciales se omiten.

Liturgia de la palabra

Antes de iniciar la liturgia de la palabra, el sacerdote saluda a la asamblea.

La liturgia de la palabra comprende habitualmente tres lecturas: la primera está tomada de los libros proféticos, la segunda de las cartas apostólicas y, finalmente, se lee el evangelio. Sin embargo, durante el tiempo pascual la primera lectura está tomada del Apocalipsis y la segunda de los Hechos de los apóstoles. Por otra parte, durante el tiempo de Cuaresma las lecturas son cuatro: la lectura profética es reemplazada por dos lecturas del antiguo Testamento: una de los libros sapienciales y otra de los libros históricos.

Después de la lectura profética, o en Cuaresma de la lectura histórica, se canta un salmo, denominado psallendum , como meditación del texto escuchado. Los miércoles y viernes de Cuaresma, para expresar el carácter penitencial de la Iglesia y los sufrimientos de Cristo en su pasión, el texto de este canto está tomado de diversos libros de la Escritura (Lamentaciones, Isaías, Job), recibiendo en estas ocasiones el nombre de threni .

En las principales fiestas de los mártires puede leerse, tras el psallendum , la continuación de su «pasión», que está recogida en el Pasionario. A continuación, tras esta lectura, puede decirse el cántico de Daniel, llamado bendiciones .

A la proclamación del evangelio sigue, si procede, la homilía.

La liturgia de la palabra se concluye con el canto del aleluya, conocido como laudes , que durante el tiempo de Cuaresma se sustituye por una aclamación de alabanza.

Preparación de las ofrendas – Intercesiones solemnes - Signo de la paz

La preparación de las ofrendas, las intercesiones solemnes y el signo de la paz constituyen la tercera parte de la misa hispano-mozárabe.

En primer lugar se preparan y se disponen sobre el altar el pan y el vino para la celebración eucarística. Mientras se entona el canto llamado sacrificium .

Seguidamente, con una monición llamada oratio admonitionis , el sacerdote invita al pueblo a la oración. Dan así inicio las intercesiones solemnes, más conocidas con el nombre de dípticos. En éstas se pide a Dios por las necesidades de la Iglesia y del mundo entero. Discurren en el siguiente orden: en primer lugar la asamblea aclama con el canto Hagios ; después el diácono pronuncia una serie de peticiones realizadas en forma litánica, que se interrumpen para que el sacerdote recite una oración, denominada alia , para que Dios acepte la súplica del pueblo; los dípticos concluyen con otra oración del sacerdote, llamada post nomina , donde se implora a Dios tanto por los vivos como por los difuntos.

Con el rito de la paz termina esta tercera parte de la misa hispano-mozárabe. En primer lugar el sacerdote recita la oración por la paz, conocida como ad pacem . Seguidamente el diácono invita a los fieles a intercambiar el signo de la paz. Mientras tanto el coro entona el canto de la paz.

Plegaria eucarística

Esta parte de la misa hispano-mozárabe, la plegaria eucarística, está compuesta por un diálogo introductorio, la illatio , el canto del Santo, la oración post Sanctus , el relato de la institución, la oración post pridie y la doxología conclusiva.

Tras el diálogo introductorio entre el sacerdote y la asamblea, quien preside la celebración comienza con una oración de alabanza y acción de gracias, conocida como illatio , que unas veces está dirigida a Dios Padre y otras a Jesucristo.

A continuación, todos cantan el Santo.

Después el sacerdote recita la oración después del Santo, post Sanctus , que sirve de conexión entre el Santo y el relato de la institución de la eucaristía.

El sacerdote continúa repitiendo las mismas palabras que dijo Jesús en el cenáculo durante la última cena para instituir la eucaristía. El texto está tomado casi literalmente de 1Co 11, 23-26.

Seguidamente, con la oración post pridie , se hace a veces memoria del acontecimiento central de la historia de la salvación: la muerte y la resurrección de Jesucristo, se invoca la fuerza del Espíritu Santo para completar la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y, algunas veces , también se pide la acción de este mismo Espíritu en los fieles reunidos en la celebración eucarística.

La plegaria eucarística termina con la doxología final, esto es, con una aclamación de alabanza a Dios.

Rito de la comunión

Concluida la plegaria eucarística comienza el rito de la comunión.

Por una parte, mediante la recitación del Credo, el rezo del Padre nuestro y la bendición del pueblo, se pretende preparar a los fieles para recibir la eucaristía.

Por otra parte, mediante la fracción del pan que se hace antes del Padre nuestro, acompañada por un canto, el ad confraccionem , se preparan los dones eucarísticos para su distribución.

La comunión se distribuye bajo las dos especies, mientras se canta el canto de comunión, denominado ad accedentes .

Una vez terminada la distribución de la eucaristía, como prolongación de la misma, se canta un canto de acción de gracias.

Sigue a continuación una oración conclusiva, que recibe el nombre de completuria .

La celebración finaliza con el saludo del sacerdote y la despedida del diácono.

IV. Características de la misa en rito hispano-mozárabe

A quienes estamos acostumbrados a la celebración eucarística en rito romano, nos llaman la atención varias peculiaridades de la misa hispano-mozárabe. Entre otras destacamos: la sencillez, las intervenciones de la asamblea, el papel del diácono, la riqueza eucológica, la abundancia de lecturas, el aleluya como conclusión de la liturgia de la palabra, los dípticos, el rito de la paz, el Credo, la fracción del pan, la bendición, la comunión bajo las dos especies. Algunas de estas características la diferencian no sólo de la liturgia romana sino también del resto de ritos.

Sencillez

En la misa en el rito hispano-mozárabe, la sencillez es una característica emergente. La supresión del rito en el siglo XI impidió que esta liturgia siguiera evolucionando y adquiriera nuevos elementos o gestos.

En comparación con el rito romano descubrimos cómo la misa ferial tiene un inicio sobrio: tras el saludo de quien preside la celebración, se pasa directamente a las lecturas; cómo no encontramos ni signación para la lectura del evangelio ni beso del libro al finalizar el mismo; cómo la presentación de dones es una simple colocación del pan y del vino sobre el altar; cómo, cuando se emplea incienso, tan solo se inciensan las ofrendas y el altar, ni la cruz, ni el sacerdote ni el pueblo reciben incienso; cómo durante el relato de la institución no se muestra al pueblo la especie consagrada ni el sacerdote lo adora con genuflexión, ni la asamblea se pone de rodillas…

Las intervenciones de la asamblea

Durante la celebración eucarística en rito hispano-mozárabe, la asamblea interviene en numerosas ocasiones.

En varios momentos se establece un diálogo entre el presidente y la asamblea litúrgica: en el saludo inicial, al inicio de la illatio , después del relato de la institución; entre el diácono y la asamblea: antes de proclamar el evangelio, al inicio de la illatio , antes de la bendición, en la despedida; e incluso cuando el lector anuncia el texto bíblico que va a leer, la asamblea responde con una aclamación.

Por otra parte, en los dípticos que recita el diácono, los fieles intercalan una respuesta litánica. También interviene la asamblea para recitar el Credo o cantar el Gloria, el Hagios o el Santo.

Ahora bien, la respuesta que encontramos de modo incesante a lo largo de toda la celebración y que caracteriza a esta liturgia, es «Amén». En las oraciones que recita o canta el sacerdote, el pueblo responde «Amén», al igual que a la conclusión doxológica que se añade después de cada oración. También con un «Amén» se sella la conclusión de cada una de las lecturas de la liturgia de la palabra. «Amén» es la respuesta de la asamblea a la s palabras sobre el pan, por un lado, y a la s palabras sobre el vino, por otro. «Amén» es el punto final de la plegaria eucarística. A cada una de las peticiones del Padre nuestro que es recitado por el sacerdote, la asamblea se adhiere con un «Amén». Finalmente, el buen deseo expresado en cada una de las tres invocaciones de la bendición, es acogido con un «Amén».

Papel del diácono

Al igual que en el rito romano, en la liturgia hispano-mozárabe el diácono proclama el evangelio, invita a los fieles a darse la paz, despide a la asamblea y ayuda al sacerdote en todo lo referente al cáliz y al Misal. Pero además, en la misa hispano-mozárabe, cobra un papel especial como monitor y guía de los dípticos, pues la recitación de esta parte de la celebración se reserva al diácono.

Riqueza eucológica

La liturgia hispano-mozárabe es particularmente rica en textos eucológicos, esto es, en oraciones. Prácticamente cada celebración tiene su formulario propio; en el Misal actual tenemos más de doscientos. Esto es expresión del valor catequético que se daba a la liturgia en la Iglesia hispánica. Éste era el medio empleado para infundir la doctrina católica y promover una espiritualidad verdaderamente cristiana en los fieles. Así, gracias a los textos de la misa, la teología se presentaba no como materia sujeta a ulteriores discusiones como ocurre en tratados, sermones u homilías, sino como iluminación de la fe, que el cristiano, sumergido en la presencia de Dios, iba asimilando.

Lo que más llama la atención en esta variabilidad de textos litúrgicos es que afecte también a la plegaria eucarística donde tan solo el diálogo introductorio, el relato de la institución y la conclusión doxológica son fijos. Pues, en el resto de ritos la plegaria eucarística es siempre fija, e incluso en algunos única, como ocurrió en el rito romano hasta el Misal de 1970.

La primera parte de la plegaria eucarística, la illatio , tiene como contenido, al igual que las plegarias eucarísticas de otros ritos, la alabanza a Dios y la acción de gracias por la historia de la salvación, desde la creación cósmica y la historia del pueblo de Israel hasta la redención por Cristo. Pero en el rito hispano-mozárabe se caracteriza, sobre todo, por su desarrollo más detenido, proclamando en ella el misterio celebrado, tanto en las fiestas y tiempos centrados en Cristo como en las de los santos. Además constituye una importante peculiaridad la explícita intención de dirigir la alabanza indistintamente a Dios Padre y a Jesucristo, su Hijo; así concluye el diálogo inicial: «A Dios y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, que está en el cielo, demos debidas gracias y alabanzas». Así, al dirigir tanto al Padre como al Hijo la oración y alabanza de la Iglesia, se afirmaba la plena divinidad de Cristo, igual al Padre en dignidad y majestad, que era rechazada por la doctrina arriana establecida en la península con los suevos y visigodos.

Por otra parte, en la oración que cierra la plegaria eucarística, post pridie , se recuerda, a veces , la muerte y resurrección de Cristo para actualizarla (anámnesis o memorial). Así se realiza un acto de fe ante el pan y el vino ofrecidos, pues se reconoce en ellos la realidad de la muerte de Cristo: el cuerpo destrozado y la sangre derramada. Siguiendo la tradición oriental, incluye la invocación al Espíritu para que transforme el pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, esto es, la epíclesis consecratoria, que en el rito romano se sitúa antes del relato de la institución. A veces aparece la epíclesis con palabras muy explícitas, nombrando al Espíritu, otras invocando al poder, la fuerza y la santidad de Dios sobre los dones del altar, y otras pidiendo sencillamente a Dios que se digne mirar nuestros dones. De este modo, al invocar al Espíritu tras el relato de la institución, se pone de manifiesto que la Iglesia, después de haber repetido lo mismo que Jesús hizo en la última cena, tiene todavía que pedir que la virtud divina cumpla la transformación de los dones eucarísticos. También se pide la acción de este mismo Espíritu en la asamblea (epíclesis «de comunión»).

Finalmente debemos señalar que en la plegaria eucarística hispana, la bendición y acción de gracias no se sitúa únicamente al comienzo de la misma, en la illatio , como ocurre en otras liturgias, sino que se extiende a toda la plegaria. Además, la acción de gracias no se limita solamente a la muerte y resurrección del Señor, sino que se fija también en las diversas maravillas obradas por Dios o en el conjunto de los dones recibidos del Señor. Así, por ejemplo, se contempla y se da gracias por la maravilla que Dios realizó por medio de la maternidad y virginidad de María que se pone en paralelo con la maternidad y divinidad de la Iglesia (plegaria eucarística de Navidad), a través del encuentro de Jesús con la samaritana (plegaria eucarística del domingo II de Cuaresma), del milagro de dar la vista al ciego de nacimiento (plegaria eucarística del domingo III de Cuaresma), de la resurrección de Lázaro (plegaria eucarística del domingo IV de Cuaresma) o ante las maravillas realizadas en los santos (plegarias eucarísticas de los diferentes santos).

Abundancia de lecturas

La liturgia de la palabra en la misa hispano-mozárabe es extensa por el número de lecturas y por la longitud de las mismas. Este rito mantuvo tres lecturas para todas las misas; costumbre que en el rito romano desapareció pronto, reduciéndose a dos. Durante el tiempo de Cuaresma, además, el número de lecturas se amplía a cuatro.

Por otra parte, entre la primera y segunda lectura, o entre la segunda y tercera en el tiempo de Cuaresma, se canta un salmo. También la celebración romana perdió este salmo, pues al suprimir una lectura, el salmo se mezcló con el aleluya que en el rito romano precede al evangelio; gracias a la reforma litúrgica promovida por el concilio Vaticano II (1962-1965) el salmo responsorial se ha recuperado en el rito romano.

Sin embargo, la mayor originalidad la ofrecen las misas de los mártires en las que se intercala entre el salmo y la segunda lectura, el final de la narración de la pasión del mártir que se está celebrando, seguido de un fragmento del cántico de Daniel (Dn 3, 52-53. 57. 87-89). De este modo se subraya que el mártir ha participado con el sacrificio de su vida de manera plena y perfecta del sacrificio de Cristo. Además nos manifiesta la espiritualidad hispana, fuertemente marcada por la defensa de la fe desde la época romana hasta la musulmana, pasando por la arriano-visigoda.

Aleluya como conclusión de la liturgia de la palabra

En el rito hispano-mozárabe la liturgia de la palabra concluye con el canto del aleluya, denominado laudes , que durante el tiempo de Cuaresma es sustituido por una aclamación de alabanza. Esta particularidad del rito hispano-mozárabe fue defendida en el concilio IV de Toledo (año 633): la aclamación al evangelio no se canta antes del mismo, sino después.

En hebreo «aleluya» significa de manera apocopada «alabad a Yahvé»; de modo similar, laudes quiere decir en latín «alabanza». Sin embargo, aunque su origen apunta a la alabanza a Dios, la palabra se ha llegado a identificar con alegría, de ahí que en el tiempo cuaresmal sea sustituida por otra aclamación.

Así, este canto de alegría, el aleluya, se convierte en la acción de gracias por el anuncio salvador que hemos escuchado en las lecturas proclamadas y que ha sido explicado en la homilía. Por tanto, el aleluya no es la aclamación al evangelio, como sucede en el rito romano, sino la respuesta a la palabra de Dios.

Dípticos

Entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística tiene lugar la intercesión universal por las necesidades de la Iglesia y de la humanidad entera, denominada dípticos. La palabra dípticos es griega y hace referencia a una tablilla doble donde estaban anotados los nombres de los vivos por los que había que interceder, los difuntos que había que recordar, los santos que se debían nombrar…

Esta oración litánica es expresión de la comunión con toda la Iglesia (la jerarquía, el pueblo de Dios, los santos y los difuntos) y, contemporáneamente, intercesión por determinadas necesidades de orden temporal (los enfermos, los cautivos o encarcelados, los que van de viaje).

Este elemento es común a todas las liturgias. Sin embargo, en la liturgia hispano-mozárabe, los dípticos presentan un realce singular y no están mezclados con la plegaria eucarística sino que mantienen su independencia. Como consecuencia de esto la plegaria eucarística contiene sólo las partes más indispensables: acción de gracias, relato de la institución, anámnesis, epíclesis y doxología.

Rito de la paz

En la misa hispano-mozárabe, el rito de la paz sigue a la oración universal. Está situado por tanto antes de comenzar la liturgia eucarística que tiene su centro en torno al altar, casi como obedeciendo el mandato de Jesús en el sermón de la montaña: si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda (Mt 5, 23-24). Es, además, una forma de manifestar la comunión eclesial que acaba de ser profesada en las intercesiones universales que preceden al rito de la paz.

En todas las liturgias encontramos el rito de la paz en este momento, excepto en la romana que pertenece a los ritos de preparación para la comunión y tiene lugar después del Padre nuestro y antes de la fracción del pan.

Credo

El Credo, o Símbolo de la fe, comenzó siendo un elemento esencial de la liturgia bautismal: el neófito debía profesar su fe antes de ser bautizado. Sin embargo, las herejías hicieron que se fuera introduciendo en la misa para manifestar la adhesión a la fe verdadera. En Oriente su uso ya estaba generalizado en el siglo VI. En Occidente tardó más en extenderse a todas las liturgias.

La liturgia hispano-mozárabe fue la primera que en Occidente introdujo el Credo en la eucaristía; la disposición fue tomada en el concilio III de Toledo (año 589). Ahora bien, dos peculiaridades distinguen la recitación del Credo en el rito hispano-mozárabe del resto de familias litúrgicas: en primer lugar, el Credo se dice siempre en todas las misas y no sólo en los domingos o en los días más solemnes; y, en segundo lugar, el Credo se situó antes del Padre nuestro como preparación para la comunión y no entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística.

Fracción del pan

La fracción del pan es uno de los gestos realizados por Jesús en la última cena, así lo atestiguan las cuatro versiones neotestamentarias de la institución de la eucaristía (cf. Mt 26, 26; Mc 14, 22; Lc 22, 19; 1Co 11, 24). Es por tanto uno de los elementos esenciales de la celebración eucarística. Por otra parte, la fracción de los panes consagrados, era además una operación práctica y necesaria para poder distribuir la comunión.

Pero este rito adquirió en la misa hispano-mozárabe un contenido simbólico: Cristo se da a conocer en la fracción del pan. Al igual que los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús al partir el pan (Lc 24, 30-31. 35), Cristo también se nos manifiesta a nosotros en la fracción del pan. Por eso los fragmentos hacen referencia a su vida y a su obra salvífica, siguiendo la exposición del Credo: encarnación, nacimiento, circuncisión, aparición, pasión, muerte, resurrección, gloria y reino. Así, en el momento en el que la comunidad va a participar del cuerpo y la sangre de Cristo, se pone en evidencia la relación de este sacramento con todo el misterio de Cristo, desde su encarnación hasta la gloria futura.

En un primer momento el pan se fraccionaba en siete partes, quedando excluidas de la serie de nombres «circuncisión» y «aparición», que por otra parte no están dentro del Credo. Se pretendía manifestar de este modo que Cristo era la llave de David que puede abrir los siete sellos que cierran el libro del Cordero descrito en el Apocalipsis (cf. Ap 5, 1-5). Sin embargo, como el año litúrgico contaba con dos celebraciones del Señor que no figuraban en la lista, se amplió la serie de los siete nombres, elevándolos a nueve, al insertar los títulos de estas dos solemnidades. Así fue como se introdujeron «circuncisión» y «aparición» entre «nacimiento» y «pasión».

Estos nueve fragmentos se colocan sobre la patena en forma de cruz.

Bendición

En la misa hispano-mozárabe se imparte la bendición inmediatamente antes de comulgar, siguiendo las disposiciones del concilio IV de Toledo (año 633). No tiene, por tanto, el sentido de despedida, como en el rito romano, sino el de una preparación inmediata de los fieles a la comunión; es, concretamente, el último acto de preparación a la comunión. De este modo queda excluida la posibilidad de otra bendición al final de la misa. Además, se entiende que, al concluir la celebración, la mayor bendición que los fieles pueden llevarse consigo es la eucaristía que acaban de recibir.

Comunión bajo las dos especies

En el rito hispano-mozárabe, al igual que en las liturgias orientales, la comunión se distribuye bajo las dos especies: el pan y el vino. El sacerdote distribuye el pan consagrado a los fieles, diciendo a cada uno de los comulgantes: «El cuerpo de Cristo sea tu salvación», y el fiel lo recibe sin responder nada; después, el diácono, le entrega el cáliz, diciendo: «La sangre de Cristo permanezca contigo como verdadera redención» y el fiel, también sin decir nada, lo toma y sume de él la sangre de Cristo.

V. Libros litúrgicos de la misa hispano-mozárabe

La liturgia hispano-mozárabe, como el resto de ritos litúrgicos, cuenta con una serie de libros en los que están recogidos los textos y las indicaciones para la distintas celebraciones: eucaristía, oficio, sacramentos… Estos libros, denominados litúrgicos por estar destinados a las celebraciones litúrgicas de la Iglesia, son fruto de un largo proceso de elaboración, fijación y compilación de textos eucológicos. El primer esbozo de los libros litúrgicos lo encontramos en los libelli , unos cuadernillos que recogen los textos para una o más misas, sin un orden preciso. Con el paso del tiempo, estos libelli se van agrupando constituyendo libros que siguen el orden del año litúrgico y pretenden responder a cada una de las celebraciones insertas en el calendario; es el origen de los libros litúrgicos.

En el rito hispano-mozárabe los siguientes libros litúrgicos, por lo menos desde el periodo visigótico, están vinculados a la celebración eucarística: Misal (designado a veces como Manuale o Liber missarum ), Liber commicus , Evangeliario, Oferencio ( Oferencium ), Liber misticus , Antiphonarium , Pasionario, Liber sermonum . Además, existen otros que están destinados a los demás sacramentos y al oficio divino pero que, por no estar relacionados con la misa, no nos detendremos en su explicación particular: Psalterium , Liber canticorum , Liber hymnorum , Liber orationum psalmographus , Liber orationum festivus , Liber ordinum , Liber horarum , Liber precum .

En la actualidad, los libros litúrgicos hispano-mozárabes se encuentran en pleno proceso de revisión y edición. En el año 1982, el arzobispo de Toledo, superior responsable del rito hispano-mozárabe, creó una comisión para llevar a cabo esta labor. Hasta el momento han sido publicados dos: el Misal y el Liber commicus . El Misal comprende dos volúmenes, ambos en latín: el primero, editado en 1991, contiene, además del ordinario de la misa, todas las oraciones -eucología- para celebrar el ciclo temporal del año litúrgico (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua, Cotidiano), así como el texto de los cantos propios de cada celebración; el segundo, que vio la luz en 1994, recoge los mismos elementos que el anterior pero esta vez pertenecen a las fiestas de santos inscritas en el calendario litúrgico del rito hispano-mozárabe. También el Liber commicus , que contiene tanto el texto latino de las lecturas bíblicas de la misa como el de los cantos propios de la liturgia de la palabra, consta de dos tomos y, al igual que el Misal, el primero está destinado al ciclo temporal y el segundo al santoral; se publicaron en 1991 y 1995 respectivamente. Además, en 1991, se editó en un fascículo independiente, denominado Oferencio ( Oferencium ), el ordinario de la misa en castellano y en latín.

Misal

En el Misal figuran, por una parte los elementos invariables de la celebración eucarística, esto es, el ordinario de la misa, y por otra, siguiendo el orden del calendario litúrgico, los textos variables que emplea el sacerdote: oratio post gloriam , oratio admonitionis , alia , post nomina , ad pacem , illatio , post sanctus , post pridie , ad orationem dominicam , benedictio , completuria , juntamente con el texto, también variable, de los cantos de la misa, excepto los de la liturgia de la palabra que se encuentran en el Liber commicus : praelegendum , trisagio , sacrificium , cantus ad pacem , cantus ad accedentes . En algunas épocas, el Misal se ha denominado Manuale o Liber missarum .

Liber commicus

Los textos bíblicos necesarios para la liturgia de la palabra de la misa hispano-mozárabe están recogidos en el Liber commicus . Así, siguiendo el orden del calendario litúrgico, en él se reproducen las lecturas bíblicas de la misa: prophetia (en el tiempo de Cuaresma: la lectura sapiencial y la histórica), apostolus y evangelium ; así como el texto para los cantos de la liturgia de la palabra: psallendum ( threni los miércoles y viernes de Cuaresma) y laudes .

Evangeliario

Los especiales honores litúrgicos dedicados a la lectura del evangelio (lectura reservada al diácono, incensación del libro antes de comenzar la lectura, cirios encendidos durante su proclamación) dieron lugar a que estos textos se copiaran en un libro separado, dando origen así al Evangeliario.

Oferencio (Oferencium)

El ordinario de la misa está recogido en un fascículo independiente que se denomina oferencio. La finalidad de este libro es facilitar la celebración eucarística pues posibilita que el celebrante pueda leer alternativamente las partes fijas desde el Oferencio y las variables desde el Misal, sin tener que estar continuamente cambiando de página.

Liber misticus

El Liber misticus agrupaba en cuatro volúmenes, distribuidos según el año litúrgico, todos los textos y elementos necesarios, tomados de otros libros litúrgicos, para la celebración de la misa y del oficio.

Antiphonarium

El Antiphonarium contenía los cantos musicalizados para la misa y el oficio. Todo el material musical estaba ordenado por días y ciclos litúrgicos. Además, en un apéndice se ofrecía un repertorio variado de cantos alternativos para los domingos de Cotidiano, los sacramentos, el común de santos y las celebraciones sacramentales y votivas.

Pasionario

El Pasionario contenía la narración de la pasión de los mártires, según el orden del calendario de las fiestas litúrgicas. Era una mezcla bastante desigual de actas de martirio auténticas, leyendas y narraciones artificiales adaptables a cualquier mártir. Se leía en el oficio matutino. Sin embargo, en las principales fiestas de mártires, la última parte de la narración de la pasión, que generalmente ensalza el triunfo invisible de los héroes de la fe, se reservaba para la misa, leyéndose en la liturgia de la palabra tras el psallendum .

Liber sermonum

El Liber sermonum no es propiamente un libro litúrgico. En él están recogidas homilías o sermones, sólo en parte de autores hispanos, destinados para ser leídos después de la proclamación del evangelio.

VI. Las dos tradiciones del rito hispano-mozárabe

El proceso de gestación, desarrollo y estructuración de un rito litúrgico, así como el de composición de sus textos es lento y en él, además de influir factores culturales e históricos, intervienen diferentes personas que podemos agrupar en escuelas litúrgicas o eucológicas. Las escuelas que colaboraron activamente en la formación de la liturgia hispano-mozárabe son: la escuela tarraconense, la escuela hispalense y la escuela toledana. Cada una de ellas surge en torno a una sede metropolitana: Tarragona, Sevilla y Toledo, respectivamente.

La existencia de diferentes escuelas dio lugar a dos tradiciones litúrgicas dentro del rito hispano-mozárabe, conocidas como tradición A y tradición B. Partiendo de un tronco común, las dos tradiciones se formaron autónomamente, aunque hubo entre ambas influencia e intercambio de textos litúrgicos.

Tradición A

La tradición A la encontramos recogida en manuscritos y se extiende por el norte de la península Ibérica: Tarragona, Carcasona, San Juan de la Peña, San Millán de la Cogolla, Silos, León.

Tradición B

La tradición B se ha mantenido hasta nuestros días en Toledo, donde el rito hispano-mozárabe nunca llegó a desaparecer ya que el rey Alfonso VI, al liberar esta ciudad del dominio árabe (año 1085), concedió a los cristianos que allí vivían (mozárabes) el privilegio de seguir celebrando la fe con su rito propio. Sin embargo, aunque no cabe la menor duda de que esta tradición está vinculada a Toledo, parece que su origen esté en Sevilla, de donde huyeron los cristianos con ocasión de las llamadas guerras civiles (año 891), refugiándose en Toledo y habiendo llevado consigo los libros para las celebraciones litúrgicas. El Misal que en el año 1500 editó el cardenal Cisneros así como la reedición revisada que hizo el cardenal Lorenzana en el año 1804 siguen esta tradición.

Diferencias entre ambas tradiciones

Las diferencias existentes entre las dos tradiciones litúrgicas del rito hispano-mozárabe son numerosas. Sin embargo, aunque a veces elementos de la misa, de los sacramentos o del oficio varíen en orden, contenido o número, estas diferencias no afectan a la estructura fundamental del rito.

Señalamos, a continuación, algunas de las divergencias entre ambas tradiciones, centrándonos sobre todo en la celebración eucarística: el texto de los dípticos, así como el orden de los mismos, difiere en ambas tradiciones; tampoco coinciden dentro de la misa algunas doxologías de conclusión de las oraciones, las moniciones para la paz y la antífona invariable para después de la comunión; los ritos de preparación para la comunión, una vez concluida la plegaria eucarística, comienzan, en la tradición A, con la fracción el pan seguida del Credo y el Padre nuestro, mientras que en la tradición B el pan se fracciona entre el Credo y el Padre nuestro; además, los fragmentos en los que se divide el pan eucarístico antes de la comunión son siete en la tradición A y nueve en la tradición B; durante toda la Cuaresma, en la tradición B hay textos propios sólo para la misa de los domingos, los miércoles y los viernes, mientras que en la tradición A para los domingos, los lunes, los miércoles y los viernes, a los que se añaden, a partir del domingo IV de Cuaresma, los martes y los jueves; los textos bíblicos asignados a la liturgia de la palabra de cada misa varían entre ambas tradiciones; en Cuaresma, en la tradición A se suple la lectura de la profecía por una lectura histórica del antiguo Testamento, en cambio, en la tradición B, además se incorpora una de los libros sapienciales tras esta lectura histórica; en la tradición A el tiempo de Adviento cuenta con cinco domingos, mientras que en la tradición B son seis…

Las dos tradiciones y la última edición del Misal hispano-mozárabe

Para preparar la última edición del Misal hispano-mozárabe se han tenido en cuenta las dos tradiciones litúrgicas: la A y la B. Esto ha permitido que en muchas de las celebraciones se propongan dos posibilidades en los textos bíblicos de la liturgia de la palabra y en las oraciones variables de la misa, siguiendo así un ciclo bienal: Año I y Año II. Para el ordinario de la misa se ha seguido la tradición B, por ser la que se ha mantenido viva, pero enriquecida con elementos de la tradición A.

VII. Los concilios hispano-visigóticos y la misa hispano-mozárabe

Las diferentes Iglesias locales comprendidas dentro de la península Ibérica mantuvieron una intensa actividad conciliar durante el periodo hispano-visigótico, esto es, desde su origen hasta la invasión árabe iniciada en el año 711. Aunque no había una jurisdicción eclesial que englobara a estas iglesias, existía entre ellas una conexión y un interés recíproco que les llevaría a reunirse en concilios y sínodos para tratar cuestiones y problemas comunes. A menudo, fueron cuestiones litúrgicas las que se debatieron en estas reuniones. Concretamente encontramos disposiciones sobre la eucaristía en las actas del concilio de Valencia, de los concilios III y IV de Toledo, y del concilio III de Braga.

Concilio de Valencia (año 546)

En el concilio de Valencia, convocado en el año 546, participaron los obispos de la provincia Cartaginense. El primero de los cánones que redactaron se refiere a la celebración eucarística, y más concretamente a la liturgia de la palabra. Con el fin de corregir algún error introducido en el culto, recuerda que en la misa el evangelio debe ser proclamado después de la lectura del apóstol y antes de la presentación de las ofrendas y de la despedida de los catecúmenos. Así, éstos pueden oír tanto el texto evangélico como la homilía que le sigue.

Concilio III de Toledo (año 589)

El concilio III de Toledo, convocado en el año 589, contó con la presencia de sesenta y ocho obispos procedentes de todas las provincias de Hispania y de parte de las Galias. El asunto principal de este concilio fue la conversión oficial al catolicismo del reino visigodo, hasta entonces arriano. Esta conversión tuvo sus implicaciones en la celebración eucarística, pues para manifestar la adhesión a fe verdadera, se introdujo en todas las misas la proclamación del Credo antes del Padre nuestro, según consta en el canon 2 de las actas de este concilio.

Concilio IV de Toledo (año 633)

Entre todos los concilios hispano-visigodos, en materia litúrgica destaca el concilio IV de Toledo que reunió, en el año 633, a sesenta y seis obispos procedentes de todas las provincias del reino visigodo, bajo la presidencia del arzobispo de Sevilla san Isidoro. Su importancia radica, según podemos leer en el canon 2 de sus actas, en que pretende unificar las celebraciones litúrgicas (misa, oficio divino y sacramentos) de quienes están unidos por una misma fe y un mismo reino. Así, también se evitaría que la diversidad en las celebraciones litúrgicas, dado que la liturgia es expresión de la fe, pueda parecer un error cismático, convirtiéndose en un motivo de escándalo.

Tras este deseo de unificación litúrgica, las actas conciliares recogen las disposiciones tomadas sobre algunos puntos concretos de la liturgia donde seguramente las diferencias y la diversidad eran más llamativas.

Disposiciones referidas a la celebración eucarística encontramos en los cánones 11, 12, 14 y 18. El canon 12 sitúa el canto de las laudes después de la proclamación del evangelio, y no antes del mismo; además, en el canon anterior -el 11-, se indica que este canto no debe contener la palabra «aleluya» durante el tiempo de Cuaresma. El canon 14 manda incorporar los domingos y fiestas de los mártires el cántico de Daniel a la liturgia de la palabra. Finalmente, el canon 18 obliga a impartir la bendición antes de la comunión, concretamente después del Padre nuestro y de la conmixtión.

Concilio III de Braga (año 675)

Las actas del concilio III de Braga del año 675, en el primer canon recuerdan que en la misa no se puede sustituir el vino por leche o por granos de uva y que tampoco se puede dar, para comulgar, el pan eucarístico impregnado en vino, como se hace en el rito bizantino.

VIII. Vocabulario básico sobre la misa hispano-mozárabe

Ad accedentes

Canto que acompaña la comunión en la misa hispano-mozárabe. Está compuesto por varios versículos del salmo 33 (34) encabezados por la antífona «Gustad y ved qué bueno es el Señor». Sin embargo, algunos tiempos litúrgicos y las fiestas más solemnes tienen canto ad accedentes propio.

Ad confractionem

Canto que acompaña la fracción del pan en la misa hispano-mozárabe. Existe sólo un pequeño repertorio de cantos ad confractionem .

Ad orationem dominicam

Oración variable que recita el sacerdote para introducir el Padre nuestro tras la fracción del pan, dentro de los ritos de preparación a la comunión en la misa hispano-mozárabe.

Ad pacem

Oración variable que recita el sacerdote para introducir el rito de la paz, que en la misa hispano-mozárabe es previo a la plegaria eucarística, una vez terminados los dípticos.

Alia

Oración variable que en la misa hispano-mozárabe recita el sacerdote a mitad de los dípticos, tras las peticiones por la Iglesia, para que Dios acepte la súplica del pueblo. Concluye con una fórmula de enlace que introduce la plegaria por la jerarquía eclesiástica y la comunidad cristiana allí presente, la memoria de los santos y el sufragio por los difuntos.

Anáfora

Nombre que recibe en las liturgias orientales la plegaria eucarística.

Anámnesis

Parte de la plegaria eucarística que mediante el recuerdo, actualiza los grandes acontecimientos de la salvación, principalmente la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En la misa hispano-mozárabe está dentro de la oración post pridie o del post sanctus .

Antiphonarium

Libro litúrgico del rito hispano-mozárabe que contenía los cantos musicalizados para la misa y el oficio. Todo el material musical estaba ordenado por días y ciclos litúrgicos. Además, en un apéndice se ofrecía un repertorio variado de cantos alternativos para los domingos de Cotidiano, los sacramentos, el común de santos y las celebraciones sacramentales y votivas.

Año litúrgico

Organización del tiempo en un ciclo anual siguiendo la celebración progresiva del misterio de Cristo, desde su nacimiento hasta su última y definitiva venida, y en donde también se inserta el recuerdo de la Virgen María y de los santos.

Apostolus

Segunda lectura que se lee en la liturgia de la palabra de la misa hispano-mozárabe, excepto en el tiempo de Cuaresma que ocupa el tercer lugar. Está tomada de los escritos apostólicos: de los Hechos de los apóstoles en el tiempo pascual y de las cartas del nuevo Testamento (cartas de san Pablo, carta a los Hebreos, carta de Santiago, cartas de san Pedro, cartas de san Juan y carta de san Judas) el resto del año litúrgico.

Asamblea

Comunidad reunida para la celebración litúrgica, signo de la presencia del Señor y manifestación de la Iglesia.

Benedictio

Bendición que imparte el sacerdote en la misa hispano-mozárabe antes de comulgar. Es el último acto de preparación para la comunión. Está compuesta por tres versos variables dirigidos al pueblo y una conclusión que se refiere a Dios.

Benedictiones

Fragmento del cántico de Daniel (Dn 3, 52-53. 57. 87-89) que, en la misa hispano-mozárabe, se canta en las solemnidades de mártires, a continuación de la lectura de la parte conclusiva de su pasión.

Breviario

Nombre que se daba al libro litúrgico que contiene los textos necesarios para celebrar el oficio divino. Tras el Concilio Vaticano II (1962-1965) ha pasado a designarse Liturgia de las horas.

Completuria

Oración de acción de gracias con texto variable que, en la misa hispano-mozárabe, recita el sacerdote una vez que se ha terminado de cantar la antífona después de la comunión.

Conmixtión

Mezcla de un fragmento del pan consagrado con el vino también consagrado. En la misa hispano-mozárabe la hace el sacerdote antes de impartir la bendición, dentro de los ritos preparatorios a la comunión. De este modo se significa la unidad del cuerpo y de la sangre del Señor en la obra salvadora, es decir, del cuerpo de Cristo viviente y glorioso.

Dípticos

Oración universal o intercesiones solemnes por las necesidades de la Iglesia y de la humanidad entera que, en la misa hispano-mozárabe, tiene lugar entre la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística. Esta oración litánica fija que dirige el diácono es expresión de la comunión con toda la Iglesia (la jerarquía, el pueblo de Dios, los santos y los difuntos) y, contemporáneamente, intercesión por determinadas necesidades de orden temporal (los enfermos, los cautivos o encarcelados, los que van de viaje).

Doxología

Fórmula de alabanza o bendición normalmente trinitaria, aunque también puede dirigirse al Padre o a Cristo, con la que concluye una oración o un himno. En la misa hispano-mozárabe, la doxología principal la encontramos como conclusión de la plegaria eucarística.

Epíclesis

Invocación al Espíritu Santo para que transforme determinadas cosas o las personas. En la misa hispano-mozárabe la epíclesis se encuentra en la oración post pridie : cuando se invoca la fuerza del Espíritu Santo para completar la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo (epíclesis «consecratoria»); hay una segunda epíclesis, en la que se pide para que ese mismo Espíritu transforme también a la asamblea (epíclesis «de comunión»).

Escuela hispalense

Escuela eucológica que surgió en torno a la sede de Sevilla e influyó en la formación y estructuración del rito hispano-mozárabe así como en la composición de textos litúrgicos. Sus miembros más relevantes fueron, sin lugar a dudas, los hermanos Leandro († 600) e Isidoro († 636), ambos arzobispos de Sevilla.

Escuela tarraconense

Escuela eucológica que surgió en torno a la sede de Tarragona e influyó en la formación y estructuración del rito hispano-mozárabe así como en la composición de textos litúrgicos. La primera prueba documental de la existencia de esta escuela la encontramos en el siglo VII: una carta del obispo de Toledo san Eugenio al obispo de Tarragona Protasio. Ahora bien, los concilios de Tarragona, Gerona y Barcelona del siglo VI en los que se tratan cuestiones litúrgicas hacen suponer una existencia anterior a esa noticia epistolar. En esta escuela destacan, entre otros: Justo de Urgel († primera mitad del siglo VI) , Pedro de Lérida († mediados del siglo VII), Juan de Zaragoza († 631), san Braulio († 651) y Quirco de Barcelona († 666).

Escuela toledana

Escuela eucológica que surgió en torno a la sede de Toledo e influyó en la formación y estructuración del rito hispano-mozárabe así como en la composición de textos litúrgicos. Comienza su andadura con el establecimiento de la corte visigótica en Toledo, tras su conversión oficial al catolicismo (concilio III de Toledo, año 589). Entre sus miembros más notables encontramos a tres arzobispos de la ciudad: san Eugenio († 651), san Ildefonso († 667) y san Julián († 690), a los que habría que añadir el nombre de Conancio de Palencia († 639).

Eucología

Conjunto de oraciones de un libro litúrgico o de una celebración.

Evangeliario

Libro litúrgico que contiene los pasajes evangélicos para la liturgia de la palabra de la misa distribuidos según el orden del año litúrgico y del santoral.

Evangelium

Nombre que recibe en la misa hispano-mozárabe la proclamación del evangelio. La lectura del texto evangélico, situada después de la lectura del nuevo Testamento, está reservada al diácono, excepto en la Vigilia pascual que es el propio sacerdote -obispo o presbítero- que preside la celebración quien la hace. Además, para manifestar su importancia, los fieles lo escuchan de pie y también se puede incensar el libro, así como acompañar su lectura con cirios encendidos.

Gloria a Dios en el cielo

Himno doxológico y festivo que en la misa hispano-mozárabe se canta al inicio de la celebración eucarística, una vez que el sacerdote a llegado a la sede. Se omite en las misas feriales de todo el año y también en los domingos de Cuaresma.

Gótica/o, liturgia/rito

Véase: visigótica/o, liturgia/rito.

Hagios

Aclamación con la que la asamblea responde a la invitación a orar que hace el sacerdote antes de los dípticos en la misa hispano-mozárabe.

Hispana/o, liturgia/rito

Uno de los sobrenombres con los que, a lo largo de la historia de la liturgia, se ha designado el rito hispano-mozárabe. Entre todos los apelativos que se le ha dado, éste sería el más apropiado, pues casi hasta la abolición de este rito en el año 1080, la península Ibérica -lugar donde había nacido y se había forjado- era conocida con el nombre de Hispania.

Illatio/inlatio

Oración variable que, en la misa hispano-mozárabe, recita o canta el sacerdote al inicio de la plegaria eucarística, tras el diálogo introductorio. La alabanza y acción de gracias propias de esta oración que unas veces se dirigen a Dios Padre y otras a Jesucristo, están impregnadas de un carácter reflexivo y meditativo.

Inmixtión

Véase: conmixtión.

Isidoriana/o, liturgia/rito

Uno de los sobrenombres con los que, a lo largo de la historia de la liturgia, se ha designado el rito hispano-mozárabe dado que fue san Isidoro de Sevilla (c. 560-636) uno de los personajes clave en su elaboración: compuso varios textos litúrgicos, presidió el concilio IV de Toledo (año 633) que fue el que más cánones dedicó a la liturgia, y redactó personalmente las actas del mismo, escribió el tratado De Ecclesiasticis Officiis considerado como el primer «manual de liturgia»… Sin embargo, este arzobispo de Sevilla, no fue el único forjador del rito hispano-mozárabe.

Laudes

Canto aleluyático que cierra la liturgia de la palabra en la misa hispano-mozárabe. Se interpreta después del evangelio, o de la homilía si ha habido. Durante el tiempo de Cuaresma se suprime el término «aleluya» del texto de las laudes .

Libelli

Cuadernillos en los que inicialmente se recogían los textos para una o más misas. Posteriormente, se agruparán siguiendo el orden del año litúrgico dando origen a los primeros misales.

Liber commicus

Libro litúrgico del rito hispano-mozárabe que contiene los textos bíblicos para la lecturas bíblicas de la liturgia de la palabra de la misa: prophetia (en el tiempo de Cuaresma: la lectura sapiencial y la histórica), psallendum ( threni los miércoles y viernes de Cuaresma), apostolus , evangelium y laudes . Los textos están distribuidos según el orden del año litúrgico y del santoral.

Liber missarum

Véase: Misal.

Liber misticus

Libro litúrgico del rito hispano-mozárabe que agrupaba todos los textos y elementos necesarios para la celebración de la misa y del oficio. Se componía de cuatro volúmenes que seguían el orden del año litúrgico.

Liber sermonum

Libro del rito hispano-mozárabe que contiene homilías o sermones, sólo en parte de autores hispanos, destinados para ser leídos después de la proclamación del evangelio.

Libro litúrgico

Libro que contiene los textos y las indicaciones para la celebración.

Liturgia de las horas

Véase: oficio divino.

Manuale

Véase: Misal.

Memorial

Véase: anámnesis.

Misal

Libro litúrgico que contiene los textos necesarios para celebrar la eucaristía.

Misal gótico (Missale Gothicum)

Nombre que dio el cardenal Francisco Antonio de Lorenzana, arzobispo de Toledo, a la publicación corregida y amentada que hizo del Misal hispano-mozárabe en Roma el año 1804.

Misal mixto (Missale mixtum)

Libro litúrgico del rito hispano-mozárabe que contiene los textos necesarios tanto para celebrar la eucaristía como el oficio divino.

Mozárabe, liturgia/rito

Uno de los sobrenombres con los que, a lo largo de la historia de la liturgia, se ha designado el rito hispano-mozárabe. Nos remite al período de la dominación árabe en la península Ibérica, cuando quienes permanecieron fieles a la religión cristiana recibieron el nombre de mozárabes, esto es, arabizados, por parte de los cristianos que no convivieron con los musulmanes. Sin embargo, aunque debemos reconocer que los mozárabes fueron los que conservaron y transmitieron el rito tras su abolición (concilio de Burgos, año 1080), con este apelativo queda circunscrita al período en que los cristianos vivieron bajo la dominación árabe, y esta liturgia se celebraba mucho antes de que existieran las comunidades mozárabes.

Oferencio (Oferencium)

Libro litúrgico del rito hispano-mozárabe que contiene el ordinario de la misa. Su finalidad es facilitar la celebración eucarística pues posibilita que el celebrante pueda leer alternativamente las partes fijas desde el Oferencio y las variables desde el Misal, sin tener que estar continuamente cambiando de página.

Oficio divino

O ración que, de forma pública y comunitaria, la Iglesia dirige a Dios en los principales momentos de la jornada para santificar el curso entero del día y de la noche, siguiendo el ideal espiritual propuesto por el Señor: la oración constante . También se denomina liturgia de las horas.

Oratio admonitionis

Texto variable que, en la misa hispano-mozárabe, el sacerdote dirige a la asamblea una vez preparados los dones eucarísticos -pan y vino- sobre el altar. Su finalidad es preparar a los fieles para la oración universal o intercesiones solemnes por las necesidades de la Iglesia y del mundo entero . Antiguamente se denominaba «missa».

Oratio post Gloriam

Oración variable que, en la misa hispano-mozárabe, el sacerdote dirige a Dios tras el himno Gloria a Dios en el cielo; en las solemnidades en las que se canta el Trisagio se recita después de éste . Tomando pie de alguno de los elementos del Gloria, reúne las aspiraciones de los fieles presentes y constituye, en cierto modo, la asamblea celebrante. En las misas feriales de todo el año y también en los domingos de Cuaresma se suprime, juntamente con el himno Gloria a Dios en el cielo, esta oración.

Ordinario de la misa (ordo missae)

Ritual de la celebración de la misa donde se indican los elementos comunes e invariables de la misma.

Pasionario

Libro litúrgico del rito hispano-mozárabe que contiene la narración de la pasión de los mártires, según el orden del calendario de las fiestas de los santos. Se emplea habitualmente en el oficio matutino. No obstante también puede usarse en la misa pues, en las principales fiestas de mártires, se puede leer, tras el psallendum , el final de la narración de la pasión del mártir cuya fiesta se está celebrando.

Plegaria eucarística

Oración central de la misa que el sacerdote proclama en nombre de toda la comunidad. En la misa hispano-mozárabe está formada por un diálogo introductorio, la illatio , el canto del Santo, la oración post Sanctus , el relato de la institución, la oración post pridie y la doxología conclusiva.

Post nomina

Oración variable que, en el rito hispano-mozárabe, recita el sacerdote después de los dípticos. Normalmente pide la inscripción en el libro de la vida, en el cielo, de los nombres de aquellos por quienes se ha orado en la plegaria universal.

Post pridie

Oración variable que recita o canta el sacerdote tras el relato de la institución en la misa hispano-mozárabe. En ella se suele hace r memoria del acontecimiento salvador -la muerte y la resurrección de Jesucristo- para actualizarlo (anámnesis), se invoca la fuerza del Espíritu Santo para completar la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo (epíclesis «consecratoria») y, también se pide la acción de este mismo Espíritu en la asamblea (epíclesis «de comunión»).

Post Sanctus

Oración variable que recita o canta el sacerdote, en la misa hispano-mozárabe, tras el Santo, cuya intención es servir de nexo entre este canto y el relato de la institución.

Praelegendum

Canto variable que acompaña a la procesión de entrada en la celebración eucarística del rito hispano-mozárabe, excepto en las misas feriales de todo el año y los domingos de Cuaresma. Consta de una antífona, un verso salmódico y el Gloria al Padre, repitiéndose, después de cada uno, la parte final de la antífona.

Prenotandos

Introducción que, al comienzo de cada libro litúrgico, expone la teología, la normativa, la espiritualidad y la acción pastoral de la celebración a la que el libro está destinado.

Prophetia

Primera lectura que se lee en la liturgia de la palabra de la misa hispano-mozárabe, excepto en el tiempo de Cuaresma que su lugar lo ocupa una lectura de los libros sapienciales y otra de los libros históricos. Está tomada de los libros proféticos del antiguo Testamento, aunque durante el tiempo pascual normalmente está sacada del Apocalipsis, el libro profético del nuevo Testamento.

Psallendum

Salmo que en la misa hispano-mozárabe se canta después de la lectura profética, o en Cuaresma de la lectura histórica, como meditación del texto proclamado. Normalmente está formado por una antífona, un versículo y la repetición de la parte final de la antífona. Los miércoles y viernes de Cuaresma, en lugar del psallendum , se cantan los threni .

Relato de la institución

Narración de los gestos que hizo Jesús en la última cena y las palabras que dijo para dar origen a la eucaristía. En la misa hispano-mozárabe es un texto fijo que está tomado, casi literalmente, de la primera carta de san Pablo a los Corintios (1Co 11, 23-26).

Rito

Conjunto de acciones y textos que, debidamente ordenados, expresan y configuran una acción sagrada.

Rito litúrgico

Conjunto de acciones litúrgicas, peculiaridades de tipo celebrativo y normas disciplinares propias de una comunidad particular perteneciente a la Iglesia. Existen diversos ritos en Oriente y Occidente como el rito romano, el ambrosiano, el hispano-mozárabe, el siro-antioqueno, el jacobita, el maronita, el nestoriano, el malabar, el bizantino, el armenio, el copto, el etíope… También se les designa con el nombre de «liturgias» (liturgia romana, liturgia ambrosiana…).

Sacrificium

Canto variable que, concluida la liturgia de la palabra en la misa hispano-mozárabe, acompaña la procesión de los fieles al altar para presentar sus ofendas, la preparación del pan y del vino y su colocación sobre el altar. Consta de una antífona y varios versos salmódicos, repitiéndose, después de cada uno, la parte final de la antífona.

Sanctus

Aclamación que canta la asamblea tras la illatio en la misa hispano-mozárabe para asociarse a los ángeles y santos en su alabanza a Dios. Está formado a partir del texto de Isaías 6, 3 y Mateo 21, 9. Este elemento aparece en todos los ritos litúrgicos.

Threni

Canto que en la misa hispano-mozárabe sigue a la lectura histórica -la segunda lectura- los miércoles y viernes del tiempo de Cuaresma y expresa en tono dramático la penitencia de la Iglesia y los sufrimientos de Cristo en su pasión. El texto, que varía cada día, procede de pasajes del los libros de las Lamentaciones, de Job y de Isaías. Está compuesto por una antífona y varios versos.

Toledana/o, liturgia/rito

Uno de los sobrenombres con los que, a lo largo de la historia de la liturgia, se ha designado el rito hispano-mozárabe dado que fue en la ciudad de Toledo donde pervivió tras su abolición en el año 1080. Sin embargo, este apelativo, deja de lado la vida que durante el primer milenio tuvo la liturgia hispano-mozárabe en toda la península Ibérica.

Trisagio

Triple aclamación de santidad dirigida a Dios: « Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal ». Es un elemento habitual en las liturgias orientales; en la misa hispano-mozárabe, se canta los días más solemnes tras el himno Gloria a Dios en el cielo y antes de la oración después del Gloria . Se conservan fórmulas más sencillas y fórmulas más elaboradas, así como varias versiones: en griego o en latín, o en griego y latín simultáneamente.

Visigótica/o, liturgia/rito

Uno de los sobrenombres con los que, a lo largo de la historia de la liturgia, se ha designado el rito hispano-mozárabe dado que fue en el siglo VII con el reino visigótico cuando alcanzó su mayor apogeo. Sin embargo, el rito hispano-mozárabe existía mucho antes de que los visigodos -uno de los pueblos godos- conquistaran Hispania, y muchos de sus forjadores no fueron godos, sino hispano-romanos.