Liturgia Hispano-Mozárabe - Sentido espiritual del Padrenuestro en la liturgia hispana. El tiempo "Cotidiano"

 

Artículo publicado en Estudios Trinitarios 44 (2010) 471-495

 

1. La Oración Dominical y sus moniciones

 

            Al hablar del género literario de las moniciones al Padrenuestro (Ad Orationem Dominicam) en el rito hispano con ocasión de la monición del primer Domingo Cotidiano, J. Sancho nos dice que se trata de una «Monición dirigida a la asamblea para introducir la oración dominical. Ordinariamente, como en este caso, la monición no sólo trata de preparar el ánimo de los presentes despertando sentimientos de confianza, arrepentimiento, etc.; sino que también se hace una breve síntesis de las cualidades de la oración y su motivación más profunda»[1]. Los prenotandos del misal hispano-mozárabe, menos elocuentes, también nos transmiten algunas características de esta monición:

 

«131. La solemne recitación del Padrenuestro queda encuadrada en medio de otros elementos: a) la exhortación Oremus; b) el texto variable Ad Orationem Dominicam; c) el embolismo Liberati a malo.

El texto Ad Orationem Dominicam, compuesto sobre argumentos de la fiesta o del tiempo litúrgico, no lleva fórmula de conclusión. Sus últimas palabras, que a menudo son proclamaverimus e terris, introducen directamente la primera petición Pater noster qui es in cælis. A cada una de las ocho peticiones del Padrenuestro, recitadas por el celebrante, todos los demás responden Amén.

132. Como en los demás ritos occidentales, el embolismo Liberati a malo se desenvuelve a partir de la última petición del Padrenuestro. En él se intercede por los que sufren, los cautivos, los enfermos y los difuntos.

Una particularidad exclusiva del embolismo hispánico, que lo convierte en una adhesión a la plegaria de cuantos en el pasado o el presente invocaron o en el futuro invocarán al Padre con la oración de Jesús: et exaudi, Deus, orationes servorum tuorum, omnium fidelium christianorum, in hac die et in omni tempore»[2].

 

            Podemos resumir las características del Padrenuestro y su monición previa en el rito hispano de este modo:

 

-         La monición al Padrenuestro está compuesta sobre la temática propia del tiempo litúrgico.

-         El Padrenuestro es recitado por el celebrante, y el pueblo responde a cada una de las peticiones con el Amén.

-         El embolismo que continúa la oración se desarrolla sobre el mismo Padrenuestro.

 

Dentro del esquema monición-oración-embolismo, el Padrenuestro es interpretado en cada celebración de la eucaristía de dos maneras: 1) con una interpretación invariable, donde se evidencia que el Padre intercede por los que sufren, por los cautivos, los enfermos y difuntos, además de adherirse a todos cuantos rezan dicha oración, la rezaron o la rezarán; 2) con otra interpretación que hace del Padrenuestro el fundamento de la plegaria personal, contextualizándolo en el año litúrgico.

            El esquema que hemos mencionado se encuentra en el actual misal (a. 1991) de este modo:

AD ORATIONEM DOMINICAM

 

39. Prosigue sin interrupción, con las manos extendidas:

 

Padre nuestro que estás en el cielo

R. Amén.

Santificado sea tu nombre

R. Amén.

Venga a nosotros tu reino

R. Amén.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

R. Amén.

Danos hoy nuestro pan de cada día

R. Amén.

Perdona nuestras ofensas,

como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

R. Amén.

No nos dejes caer en la tentación

R. Amén.

Y líbranos del mal

R. Amén.

 

Libres del mal, confirmados siempre en el bien,

podamos servirte, Dios y Señor nuestro.

Pon término, Señor, a nuestros pecados,

alegra a los afligidos,

redime a los cautivos,

sana a los enfermos

y da el descanso a los difuntos.

Concede paz y seguridad a nuestros días,

quebranta la audacia de nuestros enemigos

y escucha, oh Dios, las oraciones de tus siervos,

de todos los fieles cristianos,

en este día y en todo tiempo.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,

que vive y reina contigo

en la unidad del Espíritu Santo

y es Dios por todos los siglos de los siglos.

R. Amén.

 

            En todas partes encontramos testimonios de la presencia de la oración dominical en los textos del ordinario de la misa[3]. Para la teología eucarística visigótica se trata de un elemento necesario. En san Isidoro de Sevilla (†636), de entre las oraciones «mediante las cuales consagramos a Dios el sacrificio que le ofrecemos» -que en él son siete-, el Padrenuestro forma parte de estas oraciones:

 

            «La última es la oración con la cual el Señor enseñó a orar a sus discípulos, al decirles: Padre nuestro que estás en los cielos (Mt 6, 9). En esta oración, como escribieron los Padres, se contienen siete peticiones; en las tres primeras se piden cosas eternas, en las cuatro siguientes, temporales, que, sin embargo, se demandan para alcanzar las eternas.

»Por eso, cuando decimos: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad, así como en el cielo en la tierra (Mt 6, 9-10), se inician las tres cosas, que esperamos en aquella vida, donde la santificación de Dios, su voluntad y su reino permanecerán en sus santos por toda la eternidad. También pedimos el pan de cada día para alimento de cuerpo y alma, así como, después de lograr el alimento, se pide el perdón a ejemplo de nuestro perdón fraterno; de la misma manera rogamos que no caigamos en la tentación; por último, pedimos el auxilio divino para que nos libre del mal; porque en la otra vida nada de esto necesitaremos.

»Ésta fue la oración que nos enseñó el Salvador, en la que se contiene la esperanza para los fieles y la confesión de sus pecados. Acerca de la cual anunció el Profeta: Y sucederá, que todo el que invoque el nombre del Señor, será salvo (Jl 2, 32). Están estas siete oraciones de la Misa recomendadas por la enseñanza evangélica y apostólica»[4].

 

            El Padrenuestro forma parte de las oraciones que para san Isidoro consagran el sacrificio y, como vemos, le dedica un amplio espacio, mayor que ninguna de las otras siete oraciones. Al insertarse en su teología eucarística, la petición de pan de la oración dominical se comprende preferentemente en sentido espiritual, eucarístico[5]. La súplica con las mismas palabras de Cristo es la última oración que garantiza su presencia en los dones del pan y del vino[6]. Que esta oración sea «apropiada» por asamblea con una interpretación distinta para cada sináxis, y que esta interpretación fundamente la piedad privada en el año litúrgico, nos revela la importancia del Padrenuestro para la tradición hispana. Con la oración dominical quedan vinculados, por tanto, la eucaristía, el año litúrgico y la oración extralitúrgica. No debemos olvidar que la oración dominical llegó a formar parte de cada hora canónica del oficio hispano hasta nuestros días[7], poniendo así al Padrenuestro como elemento necesario de toda oración cristiana.

 

2. Las moniciones en De Cotidiano

 

            El tiempo Cotidiano corresponde al per annum romano –llamado en los países hispanoparlantes “tiempo ordinario”– y sus oraciones no suelen giran en torno a temas específicos. Nos dice J. Sancho: «Lo fundamental del ciclo de tempore, de Adviento a Pentecostés, es el desglose de las diferentes etapas del misterio de Cristo, por ello los formularios eucarísticos hispánicos para los momentos “fuertes” del año litúrgico están especializados en la memoria del aspecto del misterio que se celebra, y en él se motivan todas las oraciones. Sin embargo, los domingos ordinarios son la Pascua semanal, el día en que se celebra el misterio pascual en su totalidad, y nuestros formularios más genuinos intentan realizar la memoria o actualización de todas las etapas de la historia de la salvación, desde la creación a la escatología, mediante la fe y la esperanza»[8].

            Sin embargo, las moniciones Ad Orationem Dominicam del tiempo Cotidiano no versan sobre la historia salutis sino sobre la relación entre el fiel y Dios, y sobre las disposiciones internas del orante. Ésta sería la principal característica de estas moniciones cotidianas. En los otros tiempos del ciclo de tempore la historia salutis se hace presente, pues, como se ha dicho, el propósito de estas moniciones es insertar al fiel en un tiempo litúrgico concreto. La interpretación que dan estas moniciones en el tiempo Cotidiano, más que insertar al fiel en la Pascua semanal, muestran las actitudes fundamentales del orante. A la hora de estudiar y valorar el sentido espiritual de estas moniciones, es indispensable estudiar primero las del tiempo Cotidiano, pues éstas nos dan las características fundamentales de toda monición al Padrenuestro.

            En número de moniciones cotidianas al Padrenuestro se limita a 17.

 

Domingo I

 

Diligentes Deum, fratres carissimi, pietatis eius in nos petamus operari dilectionem; ut divinæ virtutis dono repleti, orationem dominicam, in qua spes est nostræ salutis, sic dicere mereamur e terris:

 

Hermanos carísimos: Quienes amamos a Dios pidamos de su bondad que lleve a cabo en nosotros la obra de su amor, para que, llenos de la divina gracia, podamos repetir desde la tierra la oración del Señor, que expresa la esperanza de nuestra salvación:

 

 

            La primera monición a la oración dominical es estudiada por J. Sancho, explicando que el «amor de Dios hacia los fieles no es deseado por sí mismo, como puro sentimiento, sino por los efectos que dicho amor produce en los que lo reciben […] esta monición Ad orationem dominicam prepara a la asamblea para recitar conscientemente la oración del Señor, sin superficialidad, sabiendo cuál es la abismal distancia que separa la tierra del cielo y agradeciendo la capacidad carismática recibida de lo alto para poder entablar una relación salvadora entre el Padre y los hijos por el Espíritu»[9]. J. Sancho identifica dos posibles fuentes bíblicas: 2Pe 1, 3s y Hch 27, 20[10]. Esta monición pide que el amor divino se manifieste a quien aman a Dios, estableciendo así una correspondencia: «el amor de Dios que, viniendo desde abajo, gime por el encuentro con el amor de Dios que viene desde arriba»[11]. Entre los efectos de la obra de amor de Dios está la gracia que se da a los fieles, de tal forma que el bautizado, divinizado, puede llamar a Dios como Padre. La esperanza de la salvación se expresa en el Padrenuestro en varias partes, por lo que cada fiel podrá interpretar esta cláusula según su sensibilidad.

 

Domingo II

 

Præceptorum Domini memores, fratres carissimi, orationis dominicæ verba dicturi, maiestatem eius deprecemur acclines, ut peccatorum nostrorum misericorditer obliviscens, dono gratia suæ corpora nostra cordaque sanctificet; quatenus, omnium criminum labe purgati, libera voce dicamus e terris:

 

Recordando los preceptos del Señor, hermanos carísimos, vamos a repetir las palabras de la oración que Él mismo nos enseñó: inclinados humildemente ante su majestad, pidámosle que, en su misericordia, olvidando nuestros pecados santifique con su gracia nuestro cuerpo y nuestro corazón; para que, purificados de toda culpa, desde esta tierra podamos decir de todo corazón:

 

 

            La monición de este Domingo cumple con el estilo anamnético de los post pridie tardíos, específicamente los de cumplimiento[12]. El mandato de orar el Padrenuestro (cf. Lc 11, 2) es el fundamento histórico-salvífico, objeto del memorial, al que el celebrante principal se refiere cuando entona esta oración. Mas que un plural mayestático, la frase en plural “vamos a repetir las palabras de la oración” nos indican cómo el Amén del resto de la asamblea implica una participación real en la oración que recita o canta el sacerdote. Como en el caso de los post pridie, sucede a la sección anamnética una de súplica: humildad, petición de misericordia y perdón, purificación. Nuevamente se nos habla de la gracia, que santifica el cuerpo y el corazón, y que capacita para poder decir con convicción la oración dominical. La gracia santifica al corazón, imagen para describir el alma, pero el autor de esta monición incluye también al cuerpo. La santificación de la gracia afecta al cuerpo de forma secundaria en los ocasionales casos en los que se da la unción de los enfermos. No parece que la intención del autor vaya por ahí, sino que al distinguir entre corazón y cuerpo nos está hablando de la totalidad de la persona en general[13].

 

Domingo III

 

Deum vitæ nostræ auctorem, fratres carissimi, et creatorem rerum omnium Dominum agnoscentes, pietatem eius supplici confessione ac sedula obsecratione poscamus; ut et peccatis nostris clementer ignoscat, et ex toto cordis affectu ad se semper clamare nos faciat, ita dicentes:

 

Hermanos carísimos, proclamando a Dios autor de nuestra vida y sabiendo que el Señor es el creador de todas las cosas, imploremos su benevolencia con humilde confesión y solícita plegaria; que Él, clemente, perdone nuestros pecados, y nos permita invocarle siempre, con todo el afecto de nuestro corazón, diciendo así:

 

 

            De una monición anamnética pasamos a una más bien de confesión, donde el Dios de la vida de los creyentes es el mismo creador de todas las cosas. Esta expresión vincula nuestra monición con los símbolos de fe del norte de África[14]. De este modo, declarar a Dios como Padre entraña una alusión a la creación, que de Él salió. Por otro lado, es una de las apropiaciones más conocidas de la teología cristiana: el Padre Creador. La súplica y la confesión son las actitudes del que reza la oración dominical, y por medio de ésta el Padre perdona nuestros pecados. Se vuelve a insistir en la invocación hecha con convicción, pero también se pide la posibilidad de alabarle siempre que, además de su sentido terreno –alabar siempre que sea posible–, también orienta al orante a su futuro escatológico: alabar por toda la eternidad (cf. Ap 21, 24).

 

Domingo IV

 

Pietatem Dei Patris poscamus, fratres carissimi, ut præstet nobis indignis servis suis corpus hoc Domini nostri Iesu Christi Filii sui ad remedium animæ nostræ percipere, et hunc sacrosanctum sanguinem eius sine ullo conscientiæ reatu libare. Quatenus, requiescente in cordibus nostris suæ pietatis dilectione, orationem quam apostolos suos docere dignatus est, dicere mereamur e terris:

 

Hermanos carísimos, supliquemos de la clemencia de Dios Padre, que nosotros, sus indignos siervos, podamos recibir como remedio de nuestra alma el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, y beber, sin culpa alguna, su preciosa sangre. Así, permaneciendo en nuestros corazones su amor misericordioso, podamos repetir desde la tierra la oración que Él mismo enseñó a sus apóstoles:

 

 

            La dimensión curativa del cuerpo y la sangre de Cristo no justifican el acercarse a ellos de forma indigna. El perdón de los pecados es el contenido suplicante de esta monición, que nos indica también la cercanía de la oración dominical con la conmixtión y, poco después, de la comunión. Resuena también aquí la conocida advertencia de san Pablo (cf. 1Cor 11, 28s). Pero la actitud previa a la comunión eucarística y su dimensión curativa no agotan las cualidades de los dones eucaristizados: por medio de ellos permanece en el fiel el amor misericordioso de Cristo[15], que es el que permitirá decir la oración del Padrenuestro la próxima misa u hora canónica. Que la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo sirvan para comunicar el amor divino que hará que podamos repetir nuevamente el Padrenuestro nos indica un motivo indirecto de la monición: la vida como culto a Dios.

 

Domingo V

 

Orationem dicturi dominicam, fratres carissimi, nihil nostris mentibus cogitatio terrena subripiat, nihilque turpe vel lubricum horrendæ vanitatis occurrat; sed pænitentes de præteritis, et petentes veniam de futuris, cum timore et fiducia clamemus e terris.

 

Hermanos carísimos: Al disponernos a recitar la oración dominical, que ninguna preocupación secular ocupe nuestras mentes, nada torpe, superficial o vano nos salga al paso; más bien, arrepentidos de los pecados cometidos y pidiendo perdón de antemano por lo que pueda ocurrir, con temor y confianza digamos desde la tierra:

 

 

Esta monición comienza ya a mostrar una de las preocupaciones que san Benito articulará elocuentemente: que la mente concuerde con la voz. También en las oraciones “vocales” como el Padrenuestro nuestra mente puede desviarse a las preocupaciones de nuestra vida secular. Sobre todo si la participación del pueblo se realiza por la sola recitación del Amén después de cada parte. En lo que debe pensar el fiel este día es en el perdón que se pide en su nombre en la oración dominical que canta o recita el presbítero. Pero el perdón esta vez no tiene como objeto hechos pasados, sino los futuros: con esto se alude a dos frases del embolismo subsiguiente: «escucha, oh Dios, las oraciones de tus siervos […] en este día y en todo tiempo». En caso de que no supliquemos en su debido momento por el perdón de los pecados, lo hacemos desde ahora en la oración dominical. Esta intencionalidad tiene eco en la eucología hispana[16].

 

Domingo VI

 

Sit licet, fratres carissimi, peccatorum nostrorum plurima multitudo, non tamen est de misericordia Domini diffidendum, si totis ad eum nisibus convertamur; quia ergo melius cordis humilitate et oris confessione placatur quam victimis; humiliemus nos ante eum omnes, et toto mentis affectu clamemus e terris.

 

Hermanos carísimos, aunque sean muchos nuestros pecados no hemos de desconfiar de la misericordia de Dios, si tratamos de convertirnos con todas nuestras fuerzas; ya que Él se deja ganar por un corazón humilde y por la confesión de nuestros labios más que con víctimas; humillémonos pues ante Él y con todo el afecto de nuestra alma, digamos desde la tierra:

 

 

El rechazo al sistema cultual del Antiguo Testamento, siguiendo la alusión bíblica del Sal 51, 19, sitúa esta ad Orationem Dominicam en el contexto del Domingo V Cotidiano, sobre todo por su post sanctus: «No se da muerte aquí, entre horribles mugidos de ganado, a una triste víctima o a un toro, ni se inmola un cabrito del rebaño»[17]. La dimensión interna del orante recuerda la illatio del primer Domingo: «manifestarte la fe de nuestro corazón (credulitatem cordis), la confesión de nuestros labios». Recogiendo, como vemos, varios temas del tiempo Cotidiano, esta monición también expresa una característica común de su género, la confianza en la misericordia de Dios ante el pecado personal. En esto también se refleja la crítica al sistema cultual veterotestamentario, donde parece valer más la acción humana que la misericordia divina.

 

Domingo VII

 

Accepturi, fratres carissimi, intra mortalia viscera cæleste sacrificium, et intra cubiculum humani pectoris hospitem Deum, mundemus conscientias nostras ab omni labe vitiorum, ut nihil sit in nobis subdolum vel superbum, sed in humilitatis studium et caritatis assensum per escam et sanguinem dominici corporis fraternitas copuletur, ut cum magna fiducia dicere mereamur e terris:

 

Al prepararnos, hermanos carísimos, a recibir en nuestro cuerpo mortal el sacrificio celestial y a acoger como huésped a Dios en nuestro interior, purifiquemos nuestras conciencias de toda mancha, de modo que no quede en nosotros nada falso o soberbio; sino que manteniéndonos en la humildad y practicando el amor, se refuerce nuestra fraternidad por la participación en el cuerpo y la sangre del Señor, y con gran confianza podamos decir desde la tierra:

 

 

Nuevamente encontramos una reflexión en torno a la comunión, donde la condición mortal del orante se contrapone al carácter celeste del sacrificio[18]. Dicho carácter se refiere al sentido espiritual de los dones eucaristizados. La forma familiar con la que se describe la presencia divina en el que comulga[19], además de referirse a Cristo como Dios, invitan a una comprensión cercana, en términos antropomórficos, de la presencia de Cristo. Como en otras ocasiones, aquí también se pide la purificación interior para poder acceder a la comunión eucarística. La actitud humilde y la práctica de la caridad anteceden a la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo, que a su vez confirma la fraternidad cristiana[20]. De este modo, la comunión con el Hijo nos hace hermanos entre los que participamos de un mismo altar.

 

Domingo VIII

 

Simus ad Deum, fratres carissimi, pro salute nostra solliciti, qui de meritorum nostrorum non sumus felicitate securi; et quia omnibus opus est indulgentia Redemptoris, ad impetrandam eius misericordiam omnes unanimiter clamemus e terris.

 

Hermanos carísimos: Seamos solícitos de nuestra salvación ante Dios, cuantos no estamos seguros de la eficacia de nuestros méritos; y, como a todos nos es necesario el perdón del Redentor para impetrar su misericordia, digamos unánimemente desde la tierra:

 

 

El argumento de esta monición es conciso. No estamos seguros de nuestra salvación, por eso debemos suplicar por ella. Todo se reduce a la misericordia del Redentor. Por eso, aunque la monición nos prepara para dirigirnos al Padre en el Padrenuestro, se nos invita indirectamente a pensar en Cristo como mediador por su acto redentor. Late aquí la afirmación de la carta a los Hebreos: «Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades» (Hb 4, 15). Orando según la oración de Cristo, el único mediador (cf. 1Tim 2, 5), alcanzamos su indulgencia cuando oramos al Padre.

 

Domingo IX

 

Præceptum orationis, quod Christus suis commendavit discipulis, nos quoque, fratres, cum gemitu cordis exclamemus e terris.

 

Para cumplir el precepto de orar que Cristo encargó a sus discípulos, también nosotros, hermanos, con corazón ferviente, proclamemos desde la tierra:

 

 

            El precepto de orar lo ha interpretado la Iglesia de dos modos: como el mandato de celebrar la Liturgia de las Horas y como la traditio del Padrenuestro. En el rito hispano, en cada hora litúrgica se recita o se canta el Padrenuestro. En la celebración eucarística dicho precepto se une a otro: «Haced esto en conmemoración mía». La actitud interior que se exige del orante en esta monición es la de orar cum gemitu cordis, que nos recuerda a Rm 8, 22, el gemido de la creación que espera su liberación, pero sobre todo Rm 8, 26: «el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables». Se trata, por tanto, de una actitud de máxima disposición.

 

Domingo X

 

Malorum nostrorum, fratres carissimi, memores, lacrimosas orationes Domini dirigamus ad aurem; quo, mundati a vitiis libera ad eum voce proclamemus e terris.

 

Teniendo presentes nuestros pecados, hermanos carísimos, dirijamos al Señor oraciones con lágrimas: de modo que limpios de nuestras culpas, clamemos a Él desde la tierra:

 

 

            El recuerdo subjetivo de nuestros pecados, que no se esconden de la mirada de Dios, impulsa a una conversión. Nuevamente el arrepentimiento conduce a una oración más pura, más sincera. Este sentimiento se refuerza con el sintagma lacrimosas orationes, que parece más una actitud cuaresmal –de los penitentes–, y que también puede referirse a la reconciliación penitencial: «Pues las lágrimas de los penitentes se cuentan como un bautismo delante de Dios»[21].

 

Domingo XI

 

Præceptionis divinæ memores, dilectissimi fratres, orationem quam Christus suos Patrem docuit semper orare discipulos, nos quoque e terris proclamemus ad cælos.

 

Recordando el mandato divino, hermanos carísimos, también nosotros desde la tierra elevemos hacia el cielo la oración, con que Cristo enseñó a sus discípulos, a orar siempre al Padre.

 

 

            Como en la Ad Orationem Dominicam del Domingo II, el precepto es objeto del memorial y modelo de la actitud del orante. Siguiendo a los evangelios, el orante imita el ejemplo de Cristo, pero en esta monición se incluye un matiz a tener en cuenta. En efecto, la oración se dirige ad caelos, queriendo aludir a una dirección en la oración. La preposición ad, al contrario que in (Pater noster qui est in caelis), alude a una orientación orante. En Mt 11, 9, donde se incluye la alusión a los cielos, se refiere a Dios mismo –Padre celestial[22]–, mientras que aquí la sugerencia se justifica por la arquitectura del templo visigótico: aunque se dispongan luces sobre el altar, en el ábside encontramos normalmente una única ventana donde entra la luz e ilumina al santuario[23].

 

Domingo XII

 

 

Inclinemus Deo, fratres carissimi, corda nostra cum lacrimis; et confitentes peccata nostra clementissimo Conditori, iugi obsecratione clamemus e terris.

 

Inclinémonos ante el Señor, hermanos carísimos, con un corazón humillado y confesando nuestros pecados al clementísimo Creador, digamos con insistencia desde esta tierra:

 

 

            Nos encontramos de nuevo con la alusión a las lágrimas, pero esta vez también con una indicación que puede confundirnos: Inclinemus Deo. Más bien parece que los fieles oraran con las manos extendidas que inclinados hacia el altar. A diferencia de la anterior monición, ésta, aunque más expresiva en su lenguaje, no nos indica una conducta dispositiva externa sino interna, la humillación. Como en otras moniciones, el reconocimiento de los pecados es necesario para poder recitar con sinceridad la oración dominical. También observamos un título referido al Padre: Conditor. En las anáforas cotidianas el título se refiere al Hijo –así en la illatio IV y en el post sanctus VII–, pero en el Símbolo se refiere al Padre: Factorem caeli et terrae, visibilium omnium et invisibilium Conditorem. En este sentido, la monición se inserta dentro del ordo missae, específicamente con el rito de comunión, de la que el Símbolo y la oración dominical forman parte.

 

Domingo XIII

 

 

Sit iugis ad Deum, fratres carissimi, nostra humilitatis intentio, et pro cotidianis peccatis indefessa precatio; ut, corde creduli et devotione strenui, fideliter clamemus e terris.

 

Hermanos carísimos: Que la intención de nuestro espíritu humillado permanezca constantemente dirigida a Dios pidiendo perdón por nuestras faltas de cada día; con el corazón lleno de fe, fervientes por la devoción, clamemos con toda sinceridad desde la tierra:

 

 

            La monición de este domingo ejemplifica varias cuestiones que hemos mencionado anteriormente. Se alude a la humillación interior de la monición anterior, y con el sintagma ad Deum descubrimos que la preposición en este caso no tiene por qué referirse a un punto local de la iglesia, aunque la cláusula final (clamemus e terris) alude al ad caelos de la monición XI. La credulidad del corazón y la devoción resumen también las actitudes que el orante ha tenido los anteriores domingos. Como novedad, la monición introduce el concepto de pecados cotidianos, en el que podemos encontrar ecos bíblicos (cf. Prov 24, 16) y una mayor congruencia con la debilidad humana.

 

Domingo XIV

 

 

Oremus Dominum, dilectissimi fratres, ut nos efficiat coram se exorabiles, quo puras manus cum conscientiis ad eum levemus proclamantes e terris.

 

Oremos al Señor, amados hermanos, para que suplicantes en su presencia, levantemos con sinceridad nuestras manos y nuestro espíritu, mientras proclamamos desde la tierra.

 

 

            La gestualidad propia de la asamblea –celebrante principal, ministros y pueblo– queda evidenciada en esta monición: manus…levemus. El Padrenuestro se concibe como súplica al Padre, con una disposición exterior (manos elevadas)[24] y una interior (consciencia/espíritu elevado). La disposición interior también puede referirse a la típica indignidad y apología por los propios pecados.

 

Domingo XV

 

Da pacem, Domine, tribue caritatem, imparte gratiam; ut cum fiducia dicamus ea quæ docuisti.

 

Señor, danos la paz, concédenos la caridad, distribuye tu gracia, para que, llenos de confianza, podamos repetir, como nos enseñaste:

 

 

            Para poder recitar la oración dominical, el orante pide al Señor los dones de la paz, caridad y gracia. Los dos últimos ya han aparecido en otras moniciones cotidianas. El don de la paz es algo que se solicita en la Oratio ad pacem, antes de comenzar la plegaria eucarística. Sin embargo, la paz también se menciona en el embolismo al Padrenuestro: «Concede paz y seguridad a nuestros días». De este modo, la monición ya predispone a la interpretación típica –invariable– del Padrenuestro en su embolismo, introduciendo otros temas típicos como la caridad y la gracia.

 

Domingo XVI

 

Divino magisterio edocti, et salutaribus monitis instituti, audemus dicere, quia iubere dignatus es.

 

Instruidos por la enseñanza divina y siguiendo los preceptos saludables, nos atrevemos a decir, porque has querido mandárnoslo:

 

 

            Esta breve monición gira en torno al mandato de orar. Es una variante de la versión romana harto conocida: Praeceptis salutaribus moniti, et divina institutione formati, audemus dicere[25].

 

Domingo XVII

 

Auxilium misericordiæ tuæ nobis petentibus, Domine Deus omnipotens, semper impertire, ac solita pietate sacrificia quæ offerimus propitiatus accepta. Scimus enim, pie Domine, quod non vis mortem peccatoris, sed ut revertamur et vivamus prophetica admones voce; et inde, omnipotens Deus, qui operis confessionem superne holocaustum amplectaris, quæsumus, ut cordis nostri gemitum libens accipias, et oris nostri confessionem tibi placitam efficias, ut digne tibi proclamemus:

 

Señor Dios todopoderoso, otorga siempre el auxilio de tu misericordia a quienes te lo pedimos y acepta benigno el sacrificio que te ofrecemos con la habitual devoción. Sabemos, oh Señor piadoso, que no quieres la muerte del pecador, más bien nos amonestas por la voz de los profetas para que nos convirtamos y vivamos; por eso, Dios todopoderoso, que desde el cielo aceptas como un holocausto  nuestra confesión, te pedimos que acojas con complacencia el gemido de nuestro corazón y te sea agradable la confesión de nuestros labios, para que podamos proclamarte dignamente:

 

 

            A diferencia de la anterior, seguramente primitiva, la última monición cotidiana es la más extensa de todas. Tiene las características propias de una superoblata romana, pues se centra en la aceptación del sacrificio y de la oración del pueblo. Desde el punto de vista del ordo missae, esta monición continúa con la temática propia de los post pridie, que en este Domingo XVI es muy completo en lo que a estructura se refiere. La misericordia, la piedad divina son los dones con los que cuenta el orante, que está seguro de que Dios no quiere su muerte sino su conversión por la palabra (los profetas). Encontramos aquí una alusión a Ez 33, 11: «No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva». La voz profética es la de Ezequiel. Por desgracia, este texto declarativo no se proclama ni en este domingo ni en ninguno otro. De hecho, en este domingo se proclama en el actual misal una lectura de Jeremías, y el formulario no se repite en otro domingo[26]. Quizás esta Ad Orationem Dominicam perteneció a una misa donde se leía la perícopa de Ezequiel. El gemido interior y la confesión de los labios son las actitudes del orante que, por otro lado, son típicas de las moniciones cotidianas.

 

3. Sentido del Padrenuestro en De Cotidiano

 

            El Padrenuestro en el tiempo Cotidiano del misal hispano-mozárabe ejemplifica bien las actitudes orantes y los dones que Dios concede al que recita la oración dominical. Tímidamente estas moniciones introducen temas y títulos de la historia salutis como la traditio del Padrenuestro por Cristo a sus discípulos, la creación, la enseñanza profética, etc. En ocasiones se recogen las interpretaciones al Padrenuestro del subsiguiente embolismo u otros temas del día o del ordo missae. En dos de ellas se expresa la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo –en el rito hispano se comulga siempre bajo las dos especies–, en una el sacrificio eucarístico en general y en otra encontramos una alusión a penitencia. Fuera de estas características particulares, observamos los elementos comunes:

 

-         El amor de Dios, expresado en su misericordia y en otros dones que concede al orante.

-         La necesidad de la gracia, el reconocimiento de los propios pecados y la necesidad de purificación para orar rectamente.

-         La constatación de la lejanía ontológica entre Dios y el orante: la oración dominical se realiza e terris, desde la tierra.

-         La humillación interior, el alejamiento de las preocupaciones seculares y el deseo de salvación son actitudes que llevan a una más sincera oración.

-         La gestualidad –manos elevadas– y la dirección en la oración –ad Orientem versus– expresan esa tensión y dependencia entre el orante y el Padre.

 

Estos elementos caracterizan el sentido espiritual (plenior) del Padrenuestro en el tiempo llamado De Cotidiano del rito hispano. Sintetizan además la actitud del orante y lo que espera de Dios. Aunque sea una oración dirigida al Padre, la alusión a Jesucristo como mediador y la comprensión misma del Padrenuestro como súplica que prepara a la comunión eucarística, nos dan también una cierta connotación cristológica. Es desde esa presencia que la recitación del Padrenuestro se hace en vistas a la vida y a la próxima recitación o canto del Padrenuestro. Así, una oración clama a la otra, y una oración invita a la otra, de modo que la oración sin cesar, la oración perpetua, se ve reflejada en su totalidad. En definitiva, las moniciones cotidianas comprenden al Padrenuestro como la oración cristiana por excelencia, sin la que no se puede concebir una oración litúrgica.

Adolfo Ivorra

Madrid



[1] J. Sancho Andreu, Los formularios eucarísticos de los domingos de quotidiano en el rito hispánico. Edición crítica y estudio teológico, Valencia, 1981, 187.

[2] Missale Hispano-Mozarabicum, Prenotandos, nn. 131-132.

[3] «ni les Constitutions apostoliques, VIII, ni l’Euchologe de Sérapion, ni Théodore de Mopsueste ne connaissent de Pater lors de la synaxe eucharistique. Mais dans le sources plus tardives, il est universal avant la communion. Selon R. F. Taft, les Églises (et d’abord celle d’Antioque) auraient adopé le Pater comme prière de preparation à la messe à la fin du IVe siècle face à ‘afflux des chrétiens tièdes. Mais le canon 10 du concile de Tolède IV nous indique qu’en Hispanie, il n’était jusque-là employé à la messe que le dimanche»: M. Smyth, «Ante altaria». Les rites antiques de la messe dominicale en Gaule, en Espagne et en Italie du Nord, Paris, 2007, 136.

[4] Isidoro de Sevilla, De ecclesiasticis officiis, I, 15.

[5] Ese es el sentido espiritual en Cipriano de Cartago: «En efecto, Cristo es el pan de vida y este pan no es de todos, sino nuestro. Así como decimos Padre nuestro, porque es Padre de los que le conocen y creen en Él, así también decimos pan nuestro, porque Cristo es pan de los que recibimos su cuerpo»: De dominica oratione, 18.

[6] Si tenemos en cuenta que Isidoro no menciona el Relato de la Institución –¡y estamos en el s. VII!–, podemos ver también una teología eucarística singular: no son las palabras de la Cena las que aluden a una identificación entre Cristo y los dones, sino es la súplica autorizada la que garantiza la presencia. De este modo, es la súplica de la asamblea celebrante –que en el caso hispano es del sacerdote con los aménes de la asamblea– la que realiza, finalmente, la consagración definitiva del sacrificio. No hay que olvidar el Amén final de la anáfora, común a todas las tradiciones litúrgicas. En definitiva, queda claro que es más importante en la eucaristía isidoriana la oración dominical que la narratio institutionis.

[7] «Que el que presidía la celebración cantase solo la oración dominical, era una característica típica del rito romano desde la época de Gregorio Magno hasta la década de 1950 […] En 517, el canon 10 de Gerona ordenaba que se añadiese la oración dominical a las oraciones de la mañana y de la tarde. Un siglo más tarde, se seguía oponiendo resistencia a tal “innovación”, pues el IV concilio de Toledo criticaba a los clérigos que la omitían»: G. Woolfenden, La oración diaria en la España cristiana. Estudio del oficio mozárabe, Madrid, 2003, 108.

[8] J. Sancho, o. c., 40.

[9] J. Sancho, o. c., 188s.

[10] «Su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado por su propia gloria y potestad: con ello nos ha hecho merced a los preciosos y más grandes bienes prometidos» (2Pe 1, 3s; J. Sancho por error menciona 1Pe); «Durante varios días no aparecieron el sol ni las estrellas, y dado que nos venía encima una tempestad no pequeña, habíamos perdido ya toda esperanza de salvación» (Hch 27, 20).

[11] H. U. von Balthasar, Sólo el amor es digno de fe, Salamanca, 2004, 84.

[12] Cf. A. Ivorra, Las anáforas De Cotidiano del Missale Hispano-Mozarabicum. Estudio Teológico-Litúrgico, Madrid, 2009, 275s.

[13] Serán los escolásticos los que, distinguiendo bien entre cuerpo y alma, situarán a esta última como destinataria de la gracia. En un sentido que recoge la intencionalidad de la monición anterior, J. Auer define esta cuestión diciendo que «desde una perspectiva metafísica puede decirse que el sujeto primario de la gracia es el yo como persona: el amor de Dios me sale al encuentro y me otorga una participación en sí mismo como respuesta amorosa»: El Evangelio de la gracia, Barcelona, 1990, 200.

[14] «Parece que los formularios norteafricanos fueron los primeros que en Occidente se refieren a Dios como Creador de todas las cosas (universorum creatorem)»: J. Morales, El Misterio de la Creación, Pamplona, 1994, 107.

[15] Sólo hay que recordar el inicio de la exhortación apostólica Sacramentum caritatis de Benedicto XVI: «Sacramento de la caridad, la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre» (n. 1).

[16] «la oblación nos limpie la pasada suciedad del pecado y, con tu misericordia, nos guarde de los futuros, precaviéndonos»: In quinto dominico quadragesimae (appendix), post nomina; «Concede a todos llorar los pecados anteriores y no admitir los futuros: queden limpios de los primeros por tu misericordia preventiva y libres de los segundos por tu gracia vigilante»: In nocte sancta. Vigilia paschalis, oratio (a la novena lectura).

[17] «El Post Sanctus representa, al igual que la Illatio II, una crítica al sistema cultual que apreciamos en el libro del Levítico»: A. Ivorra, Las anáforas De Cotidiano, 117.

[18] El primer testimonio de la oración dominical como preparación a la comunión lo encontramos en san Agustín: cf. M. Smyth, La liturgie oubliée. La prière eucharistique en Gaule antique et dans l’Occident non romain, Paris, 2003, 216.

[19] J. Sancho alude aquí a la homilía 30 de san Gregorio magno: Pensate, frates carissimi, quanta sit ista sollemnitas, habere in cordis hospitio adventus Dei. Cf. o. c., 247.

[20] Así se vincula la paternidad de Dios expresada en el Padrenuestro y su realización en el Hijo, por el que nos convertimos en hermanos: «Como la paternidad de Dios, la fraternidad de los cristianos en el Señor también trasciende el rango de las ideas para convertirse en la dignidad de una realidad que sucede realmente y que se realiza permanentemente en el acontecimiento que es Cristo […] La realización permanente de nuestra unidad corporal con el Señor y entre nosotros, su nueva fundamentación, es la celebración eucarística»: J. Ratzinger, La fraternidad de los cristianos, Salamanca, 2004, 69.

[21] Isidoro de Sevilla, De ecclesiasticis officiis, II, 17. «Adviértase que el paralelismo se establece entre el agua, que es un elemento del rito bautismal, y las lágrimas, que no pertenecen a la liturgia de la penitencia, sino a las obras penitenciales. Efectivamente, son las obras penitenciales el elemento determinante: en la penitencia el rito viene después, como conclusión de lo que se ha hecho en la vida»: E. Mazza, El remedio de la penitencia. La celebración de la penitencia en la liturgia bizantina y en Occidente, en Cuadernos Phase 124, Barcelona, 2002, 75. A este respecto dice Isidoro un poco después: «Verdaderamente hace penitencia aquél que no se olvida de arrepentirse de lo ya hecho y procura no hacer de lo que se deba arrepentir. Quien derrama lágrimas sin cesar y no deja de pecar, practica la lamentación, pero no logra el perdón».

[22] Cf. AA.VV., La oración del Señor, Pamplona, 2008, 6.

[23] Cf. M. González, Orientem versus. Consideraciones en torno al altar, en AA.VV., La eucaristía al inicio del tercer milenio, II, Madrid, 2007, 195s.

[24] En varias oraciones podemos ver sugerida esta gestualidad. En moniciones al Padrenuestro tenemos la del segundo Domingo de Adviento: «Confortaos, manos débiles, robusteceos, vacilantes, alegraos y no temáis. Alzad vuestras manos hacia el Señor y disponed vuestros corazones, porque está ya cerca nuestra redención. Aquél, cuya encarnación nos redimió y cuyo solemne nacimiento nos iluminó, nos enseñó también el modo como debíamos orar siempre». En el rito ambrosiano este gesto está prescrito: «Terminato il canto allo spezzare del pane, il sacerdote, a mani giunte, dice la monizione che precede l'orazione del Signore e recita poi il Padre nostro a braccia allargate, insieme con il popolo»: OMA n. 115. En el rito romano, en cambio, el gesto de extender las manos en el Padrenuestro queda reservado al obispo y al presbítero: «Es costumbre en la Iglesia que los Obispos o los presbíteros dirijan a Dios las oraciones estando de pie y teniendo las manos un poco elevadas y extendidas. Esta costumbre ya se encuentra en la tradición del Antiguo Testamento y fue recibida por los cristianos en memoria de la Pasión del Señor»: Caeremoniale episcoporum, n. 104. Esto se confirma en las demás rúbricas de los demás libros litúrgicos romanos, donde nunca se indica positivamente que el diácono extienda las manos.

[25] Los paralelismos de esta monición en ámbito galicano y ambrosiano en: J. Sancho, o. c., 81, nota 49. Según la opinión de este autor, se trata de «una fórmula muy difundida entre los ritos occidentales y probablemente sea muy antigua»: o. c., 88.

[26] En la eucología no se hace mención tampoco a la palabra profética. El post sanctus menciona sólo la fe patriarcal.

 

 

Adolfo Ivorra