Año litúrgico - Tiempo Ordinario

Extracto del libro de Julián López Martín, El año litúrgico , Madrid, 1984.

 

El Tiempo durante el año o Tiempo ordinario es considerado como un tiempo menor o "no fuerte", como si los periodos privilegiados del Adviento, Cuaresma y Pascua fuesen los únicos a tener derecho de ciudadanía en el año litúrgico. Y, sin embargo, es un tiempo importante; tan importante que, sin él, la celebración del misterio de Cristo y la progresiva asimilación de los cristianos a este misterio se verían reducidos a puros episodios aislados, en lugar de impregnar toda la existencia de los fieles y de las comunidades.

Solamente cuando se comprende que el Tiempo ordinario es un tiempo imprecindible, que desarrolla el misterio pascual de un modo progresivo y profundo, se puede decir que se sabe qué es el año litúrgico. Quedarse tan sólo con los "tiempos fuertes" significa olvidar que el año litúrgico consiste en la celebración, con sagrado recuerdo en el curso de un año , del entero misterio de Cristo y de la obra de la salvación.

Ahora bien, la peculiaridad del Tiempo ordinario no radica en la constitución de un verdadero periodo litúrgico, en el que los domingos guardan una relación especial entre sí en torno a un aspecto determinado del misterio de Cristo. La fuerza del Tiempo ordinario está en cada uno de los 33 o 34 domingos que lo integran.

Así lo indican las Normas universales sobre el año litúrgico:

"Además de los tiempos que tienen carácter propio, quedan 33 o 34 semanas en el curso del año en las cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos" (NUALC 43).

Este período comienza el lunes que sigue al domingo del bautismo del Señor, fiesta que, a la vez que clausura el periodo natalicio, inaugura la serie de domingos durante el año. Por eso el domingo siguiente al bautismo del Señor se denomina domingo II del Tiempo ordinario . El tiempo se extiende hasta el miércoles de Ceniza, para reanudarse de nuevo el lunes después del domingo de Pentecostés y terminar antes de las primeras Vísperas del domingo I de Adviento (cf. NUALC 44).

Antes de la reforma litúrgica del Vaticano II, este tiempo se dividía en dos partes, denominadas Tiempo después de Epifanía y Tiempo después de Pentecostés , respectivamente. Los domingos de cada parte tenían su propia numeración sucesiva, independientemente de la totalidad de la serie. Ahora, sin embargo, todos forman una sola serie, de manera que, al producirse la interrupción con la llegada de la Cuaresma, la serie continua después del domingo de Pentecostés. Pero sucede que unos años empieza el Tiempo ordinario más pronto que otros-a causa del natalicio-. Esto hace que tenga las 34 semanas en vez de 33. En el segundo caso, al producirse la interrupción de la serie, se elimina la semana que tiene que venir a continuación de la que queda interrumpida. Hay que tener en cuenta, no obstante, que la misa del domingo de Pentecostés y la de la Solemnidad de la Santísima Trinidad sustituyen a las celebraciones dominicales del Tiempo ordinario.

El hecho de que el Tiempo ordinario venga a continuación de la fiesta del bautismo del Señor permite apreciar el valor que tiene para la liturgia el desarrollo progresivo, episodio tras episodio, de la entera vida histórica de Jesús siguiendo la narración de los evangelios. Estos, dejando aparte los capítulos de Mateo y Lucas sobre la infancia de Jesús, comienzan con lo que se denomina el ministerio público del Señor. Cada episodio evangélico es un paso para penetrar en el misterio de Cristo, un momento de su vida histórica que tiene un contenido concreto en el hoy litúrgico de la Iglesia, y que se cumple en la celebración, de acuerdo con la ley de la presencia actualizadora de la salvación en el "aquí-ahora-para nosotros".

Por eso puede decirse que la lectura evangélica adquiere en el Tiempo ordinario un relieve mayor que en otros tiempos litúrgicos, debido a que en ella Cristo se presenta en su Palabra dentro de la historia concreta, sin otra finalidad que la de mostrarse a sí mismo en su vida terrena, reclamando a los hombres la fe en la salvación que él fue realizando día a día. Los hechos y las palabras que cada evangelio va recogiendo de la vida de Jesús, proclamados en la celebración en la perspectiva de las promesas del Antiguo Testamento -en esto consiste el valor de la primera lectura- y a la luz de la experiencia eclesial apostólica -la segunda lectura-, hacen que la comunidad de los fieles tenga verdaderamente, en el centro de su recuerdo sagrado a lo largo del año , a Cristo el Señor con su vida histórica, contenido obligado y único de la liturgia.

La reforma posconciliar del año litúrgico ha introducido en el Tiempo ordinario algo verdaderamente decisivo en la perspectiva de lo que venimos diciendo. En efecto, a partir del domingo III se inicia la lectura semicontinua de los tres evangelios sinópticos, uno por cada ciclo A, B y C, de forma que se va presentando el contenido de cada evangelio a medida que se desarrolla la vida y predicación del Señor. Así se consigue una cierta armonía entre el sentido de cada evangelio y la evolución del año litúrgico. Como hemos indicado ya, después de la Epifanía y del bautismo del Señor se leen los comienzos del ministerio público de Jesús, que guardan estrecha relación conla escena del Jordán y las primeras manifestaciones mesiánicas de Cristo. Al final de cada año litúrgico se llega espontáneamente a los temas escatológicos propios de los últimos domingos del año, ya que los capítulos del Evangelio que preceden a los relatos de la pasión, y están, por tanto, al final de la vida de Jesús, se prestan perfectamente a ello.

Y en medio de las dos etapas del Tiempo ordinario se encuentra el ciclo pascual - Cuaresma, Triduo y Cincuentena-. Lejos de ser un obstáculo para la celebración progresiva del misterio de Cristo, este ciclo ofrece una maravillosa continuidad en la evocación de la vida y de la acción mesiánica del Hijo de Dios. Recordemos que la Cuaresma se abre con los episodios de las tentaciones y de la transfiguración, momentos en los que Jesús entra decididamente en el camino de la Pascua, es decir, en el camino de la cruz y de la resurrección, destino y culmen de su vida histórica y, por tanto, centro iluminador de todos los hechos y palabras que la llenan. El cristiano, celebrando sucesivamente todos estos pasos de Jesús, hace suyo este camino y programa pascual del Señor, camino y programa que ha de realizarse no sólo en el curso del año litúrgico, sino a lo largo de toda la vida.

En el año Bdel Leccionario , correspondiente al evangelista San Marcos, se intercalan, después del domingo XVI del Tiempo ordinario,cinco lecturas del capítulo 6 del evangelio de San Juan, debido a la brevedad de aquel evangelio. La intercalación se hace espontáneamente, pues el discurso del pan de vida, tema de Jn 6, tuvo lugar después de la multiplicación de los panes, que narran conjuntamente ambos evangelistas.

En cuanto a las otras lecturas, las del Antiguo Testamento se han elegido siempre en relación con el evangelio y como anuncio del correspondiente episodio de la vida del Señor. Las segundas lecturas no forman unidad con el evangelio y la del Antiguo Testamento, salvo excepciones. Están tomadas, de forma semicontinua, de las cartas de San Pablo y de Santiago. Dada la extensión de la primera carta a los Corintios se la ha distribuido en los tres años al principio del Tiempo ordinario. La carta a los Hebreos también está repartida entre el año B y el C.

Las ferias del tiempo ordinario no tienen formulario propio para la misa, salvo las lecturas y salmos responsoriales. El Leccionario ferial está, no obstante, dividido en un ciclo de dos años, pero de forma que el evangelio sea siempre el mismo, mientras la primera lectura ofrece una serie para el año I (años pares) y otra para el año II (años impares). En la lectura evangélica se leen únicamente los evangelios sinóptico por este orden: Marcos en las semanas I-IX, Mateo en las semanas X-XXI y Lucas en las semanas XXII-XXXIV. En la primera lectura alternan los dos Testamentos varias semanas cada uno, según la extensión de los libros que se leen. El Leccionario ferial del Tiempo ordinario supone una novedad de la liturgia romana, pero se da con ello cumplimiento a la disposición del Vaticano II en orden a la apertura abundante de los textos de la Biblia para el pueblo cristiano (cf. SC 51).

El Oficio divino se caracteriza en este tiempo por no contar con otros textos propios que las lecturas bíblica y patrística del Oficio de lectura de cada día y las antífonas de Benedictus y magníficat de los domingos. Durante el Tiempo ordinario se usa completo el Salterio de las cuatro semanas con sus lecturas breves, responsorios, antífonas y preces. La serie de lecturas bíblicas del Oficio de Lectura va siguiendo la historia de la salvación; las lecturas patrísticas generalmente ofrecen temas independientes, pero de una extraordinaria riqueza doctrinal y de una amplísima variedad, que no nos es posible recoger como en los restantes tiempos litúrgicos.

Solemnidades y fiestas del Señor a lo largo del a ño

Nos referimos a las celebraciones que forman parte del sagrado recuerdo que la Iglesia hace del Señor y que no están dentro del ciclo pascual y natalicio. Las solemnidades son los días de máxima importancia, de forma que tienen precedencia sobre otras celebraciones y cuentan con todos los textos propios para la misa y el Oficio divino. Junto a ellas hay otras fiestas , denominadas así por tener un rango menor, pero que contemplan aspectos muy importantes también del misterio de Cristo. El actual calendario litúrgico, para revalorizar el día del Señor, excluye la asignación perpetua al domingo de cualquier otra celebración, a excepción de las solemnidades de la Santísima Trinidad, Corpus Christi, en los lugares donde no es de precepto, y Cristo Rey (NUALC 5-7). Estas solemnidades, a las que se agrega la del Corazón de Jesús, que tiene lugar el viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés, no tienen fecha fija, por lo que su situación en el calendario litúrgico depende de la movilidad de la Pascua. En situación análoga está la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Solemnidades o fiestas con fecha fija en el calendario son la Presentación del Señor (2 de febrero), Anunciación del Señor (25 de marzo), la Transfiguración del Señor (6 de agosto), la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), el aniversario de la Dedicación de la basílica Lateranense (9 de noviembre) y la Feria mayor de petición y de acción de gracias 85 de octubre en España) que, sin ser propiamente una fiesta del Señor, pertenece al ciclo del Tiempo durante el año y no queremos dejar de mencionarla.

Para mayor comodidad del lector, vamos a situar el comentario de todas estas celebraciones por riguroso orden de aparición en el calendario:

a) Fiesta de la Presentación del Señor

Fijada en el calendario romano el día 2 de febrero, a los cuarenta días del Navidad (cf. Lc 2,22; Lv 12,6), es conocida por Egeria a finales del siglo IV, aunque a los cuarenta días de la Epifanía. Extendida todo el Imperio Romano de Oriente por el emperador Justiniano el 534, se la conoce ya como fiesta del Hypapante (encuentro) entre el Señor y su pueblo. Su celebración en Occidente se inició en Roma por obra de los monjes orientales que llegaban huyendo de las persecuciones. En los siglos VII y VIII se extendió por todo Occidente con los libros litúrgicos romanos. El Papa Sergio I, sirio de origen, (+ 701) la dotó de procesión, lo mismo que a las otras fiestas marianas de la Anunciación, la Asunción y la Natividad de María. En los libros litúrgicos latinos asumió también el nombre de Purificación de Santa María . El título actual subraya la condición de fiesta del Señor, aunque sin perder la referencia mariana. A nivel popular se la sigue conociendo como la "Candelaria", a causa de la procesión.

El formulario litúrgico actual se centra en la Misa, del que la procesión es tan sólo el comienzo. Se ha introducido una nueva oración de bendición de las candelas, un nuevo prefacio y una nueva lectura (Hb 2,14-18) para reforzar el significado de oblación de Cristo al Padre que encierra la fiesta. Las otras dos (Ml 3,1-4 y Lc 2,22-40) destacan la entrada del Señor en el templo y su encuentro con los ancianos Simeón y Ana, representantes del antiguo Israel. María aparece asociada a la oblación de Cristo y es objeto también de la profecía de Simeón. La Liturgia de las Horas propone los grandes temas de la consagración de los primogénitos (Ex 13,1-3a.11-16), de la luzde Cristo (sermón de san Sofronio), de la oblación sacerdotal (Hb 10,5-7 y Hb 4,15-16); del encuentro en el santuario (Ml 3,1); etc.

b) Solemnidad de la Anunciación del Señor

Solemnidad del Señor con un fuerte acento mariológico también, es llamada Anunciación de la Santísima Madre de Dios y siempre Virgen María por la liturgia bizantina, y Anunciación de Santa María Madre de nuestro Señor Jesucristo por los antiguos sacramentarios romanos. Otros documentos la llamaron, en cambio, Anunciación del Señor, nombre que tiene en la actualidad. La referencia más antigua de su celebración es una homilía de Abrahán de Efeso hacia el año 530 en Constantinopla, ciudad donde surgió probablemente. En Jerusalén es conocida un siglo más tarde por las homilías de san Sofronio, y en Roma por la determinación del Papa Sergio. La noticia de esta fiesta llegó a España durante el X Concilio de Toledo (a. 656), pero no fue introducida el 25 de marzo sino el 18 de diciembre. La fiesta es muy posterior, ciertamente, a la de Navidad, y su fijación en el calendario obedece sin duda al deseo de conmemorar la concepción virginal de Jesús nueve meses antes del Nacimiento.

El centro de la celebración lo constituye el relato evangélico de Lc 1,26-38, precedido de la profecía de Is 7,10-14 y del Ps 39. A estas lecturas se ha añadido la de Hb 10,5-10, en la que se encuentra la cita del Ps 39,7-9, reforzándose el significado pascual del misterio de la encarnación. La relación entre encarnación y redención es puesta de relieve por la colecta y el nuevo prefacio, así como las alusiones a la encarnación, la Iglesia y los sacramentos en las demás oraciones. La Liturgia de las Horas recoge el vaticinio de Natán sobre el hijo de David (1 Cr 17,1-15), al que acompaña un fragmento de la carta de san León Magno a Flaviano sobre el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. Los responsorios evocan, mientras tanto, las palabras del ángel a María. Esto hacen también las antífonas citando incluso otros textos neotestamentarios alusivos a la encarnación. Lo mismo hacen las lecturas breves. Entre los himnos castellanos se encuentran unos versos de García Lorca, "Dios te salve, Anunciación".

c) Fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote

Fue introducida para España en 1973 y fijada el jueves posterior a Pentecostés. Tiene categoría de fiesta y cuenta con textos propios para la Misa y para el Oficio. Posteriormente ha sido solicitada por numerosos Episcopados. En muchas diócesis se celebra en este día la Jornada de santificación de los sacerdotes.

El formulario de la Misa se centra en el misterio de Cristo, mediador y pontífice de la Nueva Alianza, que ha querido elegir y consagrar a unos fieles como ministros y dispensadores de sus misterios (cf. colecta y prefacio). El Evangelio (Lc 22,14-20) se refiere a la institución de la nueva Pascua y a la nueva Alianza, mientras que la primera lectura (Is 52,13-53,12) introduce el tema del Siervo y de su muerte redentora, en la perspectiva de la oblación sacerdotal de Cristo (Ps 39; Hb 10,11-18: 2ª lect.), Por este motivo Cristo tiene el sacerdocio que no pasa (cf. Hb 7,24: ant. de entrada).

La Liturgia de las Horas vuelve una y otra vez a estos contenidos, leyendo Hb 4,14-16; 5,1-10 y un fragmento de la encíclica Mediator Dei de Pío XII en el Oficio de lectura, Hb 10,5-10, Hb 7,26-27 y Hb 10,19-23 en Laudes, Tercia y Vísperas, respectivamente. Tan sólo en Sexta (cf. 1 P 2,4-5) y en Nona (1 P2,9-10) se alude al sacerdocio del pueblo de Dios. Son significativos los salmos mesiánicos y sacerdotales usados (cf. Ps 2; 39; 109; 110). La nota pascual la refuerza el Ps 117 en la Hora Intermedia.

d) Solemnidad de la Santísima Trinidad

Desaparecida la octava de Pentecostés, la solemnidad de la Santísima Trinidad ya no aparece en los libros litúrgicos como un apéndice de la celebración del tiempo pascual, aun cuando puede ser vista como un eco y una síntesis del misterio de la Pascua del Señor. En realidad, todo domigo lo es, pero este de la Trinidad nos permite contemplar el misterio pascual en el marco de la divina economía o acción en el mundo y en la historia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La devoción a la Trinidad en conjunto se inicia en el siglo X, aunque la tradición patrística y litúrgica jamás han ignorado este misterio. Todo lo contrario, la liturgia entera está impregnada de ese movimiento misterioso al que alude el viejo axioma patrístico: "Todo don salvífico viene del padre, por mediación del Hijo Jesucristo, en el Espíritu Santo; y en el Espíritu Santo por medio del Hijo, vuelve de nuevo al Padre". El ejemplo más claro son las oraciones litúrgicas, que concluyen sienpre con la fórmula "Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo, en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos".

La fiesta litúrgica de la Trinidad se difunde en la baja Edad Media a partir de la época carolíngia. Roma la introduce en el calendario litúrgico de la Iglesia latina en l331, bajo el pontificado del papa Juan XXII. Después de la reciente reforma litúrgica ya no se la debe ver como una "fiesta de ideas" o fiesta de un misterio puramente "conceptual". La Santísima Trinidad es un misterio de vida y de comunión, además de un misterio de fe y de adoración:

"Dios, Padre todopoderoso,

que has enviado al mundo la Palabra de la verdad

y el Espíritu de la Santificación

para revelar a los hombres tu admirable misterio;

concédenos profesar la fe verdadera,

conocer la gloria de la eterna Trinidad

y adorar su unidad todopoderosa" ( Col. ).

El admirable misterio de Dios no es solamente el ser divino, es también el designio secreto de su voluntad salvífica (cf. Col l, 26; Rom l6, 25; Ef 3, 2.7-ll). Ambos aspectos han sido revelados por Dios mediante su Hijo Jesucristo (cf. Jn l, l8) y el Espíritu Santo (cf. Jn l6, l3-l5) Una vez conocido, entiéndase también vivido, viene la rendida profesión de fe, la adoración y el culto.

Las lecturas del año A - Ex 34, 4b-6. 8-9; 2 Cor l3, ll-l3; Jn 3, l6-8- nos invitan a celebrar dos grandes realidades salvíficas. Una es el Nombre divino revelado a Moisés ( lª. lect. ) y en la misión terrena del Hijo de Dios ( evang. ). Este nombre, en cuanto expresión de la virtud salvífica de quien lo tiene, pertenece también a Jesús, siendo causa de salvación para cuantos creen en él ( evang. ). La otra gran realidad es el amor fontal del Padre ( evang. ),manifestado en la compasión hacia su pueblo ( lª. lect. ) y, sobre todo, en el envio de su Hijo al mundo ( evang. ). Este amor es siempre identificable con el Espíritu Santo, autor de la comunicación de la gracia de Jesucristo y de la caridad del Padre ( 2ª. lect. ).

En el año B, las lecturas - Dt 4, 32-34.39-40; Rom 8, l4-l7; Mt 28, l6-20- destacan la automanifestación de Dios en la historia de los hombres a través de signos y prodigios ( lª. lect. ), en la antigua alianza, y del testimonio irresistible del Espíritu del Hijo ( 2ª. lect. ) y de la misión de los apóstoles ( evang. ), en la nueva alianza. Esta autorrevelación, obra conjunta de las tres divinas personas, tiene por finalidad la posesión, por parte de la criatura humana, de la herencia prometida ( lª. y 2ª. lect). En el Antiguo Testamento esta herencia fue la tierra ( lª lect. ); ahora es la filiación divina ( 2ª. lect. ), a la que se accede mediante el bautismo ( evang. ).

El año C tiene una temática similar: Prov 8, 22-31; Rom 5, l-5; Jn l6, l2-l5. La experiencia y el conocimiento que el hombre tiene de Dios le viene de la comunicación de la divina sabiduría en la creación y en la historia de Israel ( 1ª. lect. ), en la palabra y en la vida de Jesús ( 2ª. lect. y evang. ) y en la efusión-donación del Espíritu Santo ( 2ª. lect. ). La Sabiduría divina (Palabra y Espíritu), que se reveló en el Antiguo Testamento de manera imperfecta, da paso a Cristo, el Verbo encarnado, revelación del Padre y emisor del Espíritu, y al propio Espíritu de la Verdad, que actúa en el corazón de los creyentes y en toda la Iglesia.

Como puede advertirse, la liturgia de la Palabra insiste los tres años en los aspectos económico-salvíficos del misterio trinitario, en orden a la vida de la fe y al culto divino, que es no sólo liturgia, sino también la obra de los cristianos en el mundo. Pero también aparecen los aspectos llamados inmanentes del misterio: las primeras lecturas nos hablan del Dios único de Israel; los evangelios contienen las palabras de Jesús, en las que se revela al Padre, se presenta a sí mismo como Hijo igual a él y anuncia el envio del Espíritu Santo; finalmente las segundas lecturas recogen la experiencia profunda de la filiación divina adoptiva, que nos permite conocer el amor del padre, la gracia de Jesucristo -Dios y hombre- y la comunión del Espíritu Santo.

Una síntesis similar y un bellísimo eco de la Palabra proclamada lo constituye el prefacio, una de las más antiguas piezas eucológicas del misal (siglos V-VI), restituido a su uso propio en esta solemnidad. El motivo central de este hermoso prólogo de la plegaria eucarística lo constituye la respuesta de la fe y de la adoración al Dios que se ha autorrevelado como Padre, Hijo y Espíritu Santo. La proclamación gozosa de la asamblea, por boca de su presidente, alaba y canta a la verdadera y eterna divinidad, adorando a tres personas divinas, de única naturaleza e iguales en su dignidad. Los mismos motivos, pero esta vez en relación con el fruto de la participación eucarística, aparecen en la poscomunión:

"Al confesar nuestra fe en la Trinidad santa y eterna

y en su unidad indivisible,

concédenos, Señor y Dios nuestro,

encontrar la salud del alma y del cuerpo

en el sacramento que hemos recibido".

e) Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Antes de su traslado a domingo en España y en numerosos países, para asegurar su continuidad, se celebraba el jueves después de la solemnidad de la Santísima Trinidad. Al menos en gran parte de los países mayoritariamente católicos, en esta fiesta se dan la mano la liturgia y la piedad popular, que no han ahorrado ingenio y belleza para cantar al Amor de los amores. Aunque surgida en el ambito de la devoción eucarística medieval, la solemnidad del Corpus está hoy orientada por las directrices conciliares y posconciliares del culto del misterio eucarístico en la misa y fuera de la misa (cf. la instrución Eucharisticum Mysterium , de 25-5-l967; el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía , de l974, y la carta Dominicae Cenae , de JUAN PABLO II, el 24-5-l980). Por su parte, la reforma litúrgica ha conservado los magníficos textos de la misa y del Oficio, algunos atribuidos a Santo Tomás de Aquino, añadiendo tres series de lecturas bíblicas.

La fiesta se comenzó a celebrar en Lieja, en l246, siendo extendida a toda la Iglesia por el papa Urbano IV en l264. La procesión de la sagrada forma, visible en el ostentorio y bajo dosel o en carro triunfal, se difundió durante el siglo XIV. En la actualidad, el nuevo Código de Derecho Canónico recomienda esta procesión "como testimonio público de veneración hacia la santísima eucaristía", "donde pueda hacerse a juicio del obispo diocesano" (can 944, l).

La liturgia del día ofrece una armoniosa síntesis de todos los aspectos del misterio eucaristico, pues no hay que olvidar que la presencia sacramental del cuerpo y la sangre del Señor es consecuencia del memorial y del sacrificio realizados en la santa misa, a la vez que la finalidad de la reserva eucarística tiene como fin primero y primordial la administración del viático a los moribundos, y como fines secundarios, la distribución de la comunión y la adoración de nuestro Señor fuera de la misa ( Ritual cit., n 5).

La eucaristía como Pascua sacramental de Jesús aparece particularmente celebrada en el año B, que tiene como evangelio Mc l4, l2-l6.22-26, el relato de la última cena en el contexto explícito de la cena pascual. Particular énfasis se pone también en la sangre de la alianza , entregada por Jesús a decir: "esta es mi sangre; sangre de la alianza derramada por todos" (Mc l4, 34); sus palabras corresponden a las de Moisés, según el viejo ritual descrito en Ex 24, 3-8 ( lª. lect. ): "Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros". La segunda lectura (Heb 9, ll-l5) explica el efecto purificatorio de la sangre del nuevo y definitivo Mediador de la alianza.

La eucaristía como memorial y accion de gracias es el tema del año C. En él se lee el más antiguo relato de la institución de la eucaristía (l Cor ll, 23-26), relato caracterizado por la particular insistencia en el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía", recogido dos veces y apostillado por San Pablo: "Cada vez que coméis de este pan y bebéis de la copa, proclamaréis la muerte del Señor hasta que vuelva". El gesto de Jesúa sobre el pan y el vino, renovado por los discípulos de todos los tiempos en memoria suya, fue anticipado en la multiplicación de los panes (Lc 9, ll-l7: evang. ) y prefigurado en la ofrenda del sacerdote Melquisedec (Gén l4, l8-20: lª. lect. ). Esta ofrenda anunció también el sacrificio de Jesús.

Finalmente, la eucaristía como banquete del Señor se encuentra en el año A. El evangelio recoge la parte culminante del discurso sobre el pan de la vida (Jn 6, 51-58): "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". La primera lectura relata cómo Dios alimentó a su pueblo en el desierto proporcionándole el maná (Dt 8, 2-3. l4-l6). Esta misteriosa comida, sin embargo, no podía preservar de la muerte, como explicó el propio Señor en el discurso citado (cf. Jn 6, 49-50). La eucaristía sí, porque es comunión en el cuerpo de Cristo, del mismo modo que el cáliz de acción de gracias lo es con su sangre (l Cor l0, l6-l7: 2ª. lect. ).

Estos grandes temas del misterio eucarístico aparecen también en las oraciones y en los dos prefacios que contiene el Misal . El primero de ellos no puede ser más completo en su brevedad:

"El cual, al instituir el sacrificio de la eterna alianza,

se ofreció a sí mismo como víctima de salvación,

y nos mandó perpetuar esta ofrenda

en conmemoración suya.

Su carne, inmolada por nosotros,

es alimento que nos fortalece;

su sangre, derramada por nosotros,

es bebida que nos purifica".

f) Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

Tiene lugar el viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés. El culto litúrgico del Corazón de Cristo se inicia en el siglo XVII con San Juan Eudes (+l680) y Santa Margarita María de Alacoque. La primera aprobación pontificia del culto tiene lugar en l765. En l856, Pio IX extiende la fiesta a toda la Iglesia, y en l928 Pio XI, con la encíclica Miserentisimus Redemptor , la eleva a la máxima categoria litúrgica. La reforma litúrgica posconciliar ha renovado profundamente los textos y la ha dotado de un rico acervo de lecturas en torno al amor de Dios Padre revelado en el misterio pascual, amor que brota a raudales del costado de Cristo, transpasado y abierto:

"Dios todopoderoso,

al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito,

recordamos los beneficios de tu amor para con nosotros;

concédenos recibir de esta fuente divina

una inagotable abundancia de gracia"( col. l ).

Por eso, el texto más sobresaliente es el evangelio del año B, que narra la escena de la lanzada del soldado (Jn l9, 31-37). El costado abierto es la fuente de Agua viva que brota de un "lateral" del templo de la Jerusalén del cielo, que no es otro que el propio Cordero de Dios (Ap 22, l; cf. Ez 47, l.8; Zac l4, 8). La muerte del Señor es entonces la mayor prueba y la más impresionante manifestación del amor de Dios hacia su pueblo: Dt. 7, 6-l ( lª. lect. año A); Os ll, l.3-4.8-9 ( lª. lect. año B); l Jn 4, 7-l6 ( 2ª. lect. año A); Rom 5, 5-ll ( 2. lect. año C).

El amor de Dios es también el amor del propio Cristo, el cual se presenta a sí mismo como manso y humilde (Mt ll, 21-30: evang. año A) y como Pastor que sale en busca de la oveja perdida (Lc l5, 3-7: evang. año C). Por medio de esta figura, el Señor da cumplimiento a la bellísima profecía de Ez 34, ll-l6 ( lª. lect. año C). Por eso, con San Pedro, la Iglesia aspira en esta fiesta a conocer la riqueza insondable que es Cristo, "abarcando lo ancho, lo largo lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda la filosofía: el amor cristiano" (Ef 3, 8-l2.l4-l9: 2ª. lect. año B).

El conocimiento vivo, la experiencia interior y eclesial del amor cristiano, es fruto de la acción del Espíritu Santo (Ef 3, l6: ibid.) derramado en nuestros corazones (Rom 5, 5: 2ª lect. año C). El Espíritu brotó del costado abierto del Salvador (Jn l9, 30-34: evang. año B); y con él brotaron los sacramentos de la Iglesia, el medio para acceder al amor de Dios en Jesucristo:

"El cual, con amor admirable, se entregó por nosotros,

y, elevado sobre la cruz,

hizo que de la herida de su costado

brotaran, con el agua y la sangre,

los sacramentos de la Iglesia;

para que así, acercándose al corazón abierto del Salvador,

todos puedan beber con gozo de la fuente de la salvación"

( pref .; cf. Is l2, 3; Jn 7, 37-38; l9, 34; l Jn 5, 6-8).

La liturgia ha conservado el aspecto de reparación al corazón de Cristo, "herido por nuestros pecados" ( col. 2), así como también la invitación a transmitir el amor de Dios en la caridad para con los hombres. La eucaristía es el sacramento que lo hace posible:

"Este sacramento de tu amor, Dios nuestro,

encienda en nosotros el fuego de la caridad

que nos mueva a unirnos más a Cristo

y a reconocerle presente en los hermanos" ( posc. ).

g) Fiesta de la Transfiguración del Señor

El 6 de agosto se celebra la Transfiguración del Señor, aun cuando este misterio está presente en la Cuaresma, en el segundo domingo. Sin embargo, tiene lugar cuarenta días antes de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 14 de septiembre. Ambas fiestas son comunes a Oriente y a Occidente. Además de las razones ecuménicas e históricas, e incluso populares, que avalan a una y a otra fiesta, es fácil ver en ellas la dimensión gloriosa del misterio pascual.

La fiesta de la Transfiguración del Señor parece tener origen en la Iglesia Armenia en tiempos de san Gregorio Iluminador (s. IV), aunque el testimonio más antiguo procede de Siria oriental (ss. V-VI), apareciendo más tarde en la Siria Occidental y en Bizancio, donde se denominó Transfiguración del Salvador. En España se celebra desde el s. X y se difunde por todo Occidente, siendo san Pedro el Venerable su propagador. El 6 de agosto de 1457 el Papa Celestino III la introdujo en el calendario romano como recuerdo de la victoria sobre los turcos el año anterior. San Pío X la elevó de categoría litúrgica. La teología litúrgica de esta fiesta constituye el núcleo de la espiritualidad de las Iglesias de la Ortodoxia, bajo el gran tema de la "luz tabórica increada".

El actual formulario litúrgico, con textos nuevos en gran parte, entre los que destacan el prefacio y, sobre todo, los tres textos evangélicos, uno de cada Sinóptico para el año respectivo (Mt 17,1-9; Mc 9,2-10; Lc 9,28-36), contempla la teofanía de Cristo sobre el monte en la perspectiva de la profecía acerca del Hijo del hombre (Dn 7,9-10.13-14: 1ª lect.) y de la interpretación, escatológica también, de 2 P 1,16-19 (2ª lect.). La escena del Tabor no es sólo la manifestación de la divinidad de Jesús de cara a la futura pasión, sino también el anuncio de la gloriosa venida del Señor al final de los tiempos. El Oficio Divino acentúa en sus antífonas y salmos más propios (Ps 83; 96; 98), y especialmente en las lecturas, la gloria de Cristo Pantocrátor e Icono del Padre (cf. Fl 3,20-21; 2 Co 3,7-4,6; Ap 21,10.23; etc.). La lectura patrística, de Anastasio Sinaíta, comenta el aspecto de actualización del misterio en el hoy litúrgico.

h) Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

Hasta la publicación del Código de Rúbricas de 1960, se celebraban dos fiestas en honor de la Santa Cruz. La primera el día 3 de mayo, la Invención de la Santa Cruz, y la segunda el 14 de septiembre, la Exaltación. Una y otra se remontan a la liturgia de Jerusalén en torno a la basílica constantiniana del Martyrium (el lugar de la cruz), dedicada el año 335. Sin embargo se desconoce la fecha exacta. Egeria menciona el día de la dedicación de la basílica y de la Anástasis o Santo Sepulcro relacionándolo con el hallazgo de la Cruz y con la antigua fiesta judía de las Encenias, pero tampoco da la fecha. En cambio el Leccionario Armenio del s. V señala el 13 de septiembre como el aniversario de la dedicación de la Anástasis o Santo Sepulcro y el 14 como el de la basílica. A partir del s. VII la fiesta del 14 de septiembre se extiende a Oriente y a Occidente. Está presente, al menos como conmemoración, en los sacramentarios Gelasiano y Gregoriano y en los leccionarios del s. VII.

El objeto central de la fiesta es la gloria de la Cruz del Señor, manifestación del amor del Padre, de la obediencia filial de Nuestro Señor Jeucristo y de la vida en el Espíritu, anunciada ya en el signo levantado por Moisés en el desierto (cf. Jn 3,13-17; Nm 21,4-9; Fl 2,6-11) y como antítesis del árbol del paraíso (prefacio). La Liturgia de las Horas vuleve sobre los mismos contenidos ofreciendo una rica selección de textos del N.T. alusivos a la Cruz del Señor (cf. 1 Co 1,23-24; Ga 2,19-3,7.13-14; 6,14-16; homilía de san Andrés de Creta) y a la redención humana. Se cantan también los himnos latinos de Fortunato (s. VI) Pange lingua y Vexilla Regis con la estrofa O Crux ave (añadida en el s. X). En la edición española se usa una versión del Crux fidelis de la liturgia del Viernes Santo.

i) Fiesta del aniversario de la Dedicación de la Basílica de Letrán

Es la fiesta de la Catedral de la Iglesia de Roma, caput et mater omnium Ecclesiarum como se lee en el frontispicio de su entrada. Levantada sobre el lugar de residencia de la esposa de Constantino, fue dedicada hacia el año 324 al Salvador, desconociéndose la fecha exacta, y más tarde a san Juan Bautista y a san Juan Evangelista. Desde el s. XI el aniversario se ha fijado el 9 de noviembre y se celebra en el ámbito de la liturgia romana. Los textos, salvo la lectura patrística del Oficio (un sermón de san Cesáreo de Arlés), se toman del común de la dedicación de una iglesia. Por este motivo la celebración de esta fiesta es idéntica a la del aniversario de las iglesias catedrales, que han de conmemorarse como fiesta del Señor en el ámbito diocesano, y a la del aniversario de todas las demás iglesias dedicadas.

La liturgia se centra en el simbolismo del edificio eclesial que representa a la comunidad de los fieles y que se va construyendo en el interior de cada uno (cf. 1 Co 3,16-17; 1 P 2,5; etc.). El formulario de la Misa se compone de las lecturas que hay que elegir entre varias alusivas a dicha temática, y de los textos eucológicos entre los que sobresale el prefacio sobre el misterio de la Iglesia, esposa de Cristo y templo del Espíritu. El Oficio Divino de la dedicación es extraordinariamente rico a causa de los salmos propios alusivos a Jerusalén, imagen de la Iglesia de Cristo, de las lecturas bíblicas, entre las que sobresalen 1 P 2,1-17 del Oficio de lectura y Ap 21,2-3.22.27 de las II Vísperas, de las lecturas patrísticas -con textos alternativos de Orígenes y de san Agustín- y de los himnos latinos Urbs Ierusalem beata y Angularis fundamentum , y el castellano de B. Velado Graña ¡Jerusalén, ciudad dichosa!

j) Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

Instituida por el papa Pio XI con la encíclica Quas primas el ll de diciembre de l925, ha sido reinterpretada en un sentido más espiritualista y escatológico por la reciente reforma. Para acentuar este último aspecto ha sido colocada como final del año litúrgico, el último domingo del Tiempo ordinario. El mismo título de la fiesta quiere también ampliar la prespectiva del señorio de Cristo a toda la creación en el sentido de Col l, l2-20 ( 2ª. lect. año C).

"Dios todopoderoso y eterno

que quisiste fundar todas las cosas

en tu Hijo muy amado, Rey del universo:

haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado,

sirva a tu majestad y te glorifique sin fin".

La colecta expresa el aspecto principal, netamente cristológico, de la solemnidad. En torno a él, la liturgia de la Palabra subraya otros dentro de cada año del ciclo del Leccionario dominical . Así, el año A presenta a cristo como el Pastor de la humanidad y, a la vez, el Juez supremo de los vivos y de los muertos. Sentado en el trono de su gloria, Jesús separarán a los que heredarán el Reino, de los que no podrán acceder a él, de la misma manera que el pastor separa las ovejas de las cabras (Mt 25, 31-46: evang. ; Ez 34, ll-l2.l5.l7: lª. lect. ). De este modo, Cristo devolverá el Reino a Dios Padre "para que éste sea todo en todos" (l Cor l5, 20-26.28: 2ª. lect. ).

El año B parte del título mesiánico de Rey, según la declaración de Jesús ante Pilato "Tú lo dices: soy Rey" (Jn l8, 33-37: evang. ). Antes, frente al tribunal religioso judio, se había identificado con el personaje anunciado por Daniel, que ha de venir entre las nubes del cielo revestido de un poder eterno (Dn 7, l3-l4: lª. lect. ). Y, en efecto, ese personaje es Jesús resucitado, "el Primogénito de entre los muertos, el Príncipe de los reyes de la tierra" (Ap l, 5-8: 2. lect. ). El Reino de Cristo no es de este mundo en cuanto a su naturaleza, pero está presente ya en él por medio de aquellos que han sido redimidos por la sangre de Jesús y hechos un "reino de sacerdotes de Dios" (ibid).

Las lecturas del año C vuelven sobre el mismo tema de la realeza de Jesús, pero destacando cómo la vestidura real (cf. 2 Sam 5, l-3: lª. lect. ) ha tenido lugar precisamente en la cruz (Lc 23, 35-23: evang. ). Pero Jesús no es sólo Rey de los judios, como reza el título de la cruz, sino cabeza del cuerpo de la Iglesia y Señor de todas las cosas, redimidas y reconciliadas por la sangre del rescate (Col l, l2-20). Por esta sangre, el ladrón arrepentido pudo oir la invitación eficaz de labios del propio Señor: "Hoy estarás conmigo en el paraiso" (Lc 23, 43: evang. ). "Hoy" todos tenemos abiertas las puertas del Reino de Cristo: "el Reino de la verdad y de la vida, el Reino de la santidad y la gracia, el Reino de la justicia, el amor y la paz" ( pref. ).