Año litúrgico - Pascua
Extracto del libro de Julián López Martín, El año litúrgico , Madrid, 1984.
El domingo de Pascua de la resurrección del Señor es el gran día del año litúrgico, como acabamos de ver. Con razón se puede decir de él que es el día primero ; y no sólo porque encabeza la semana como cualquier domingo, sino pricipalmente porque abre un periodo festivo que dura cincuenta días: el tiempo pascual, nuevamente denominado Cincuentena pascual. La reforma del año litúrgico tuvo el acierto de restituir a este periodo su carácter unitario, perdido poco a poco desde el momento en que empezó a llenarse de fiestas en cierto modo aisladas y autónomas, dotadas incluso de octava; como ocurrió con Pentecostés, cuyos ocho días siguientes acabaron de desbordar el simbolismo de los cincuenta días de Pascua. La Cincuentena ha vuelto a ser otra vez el tiempo simbólico que recuerda a Cristo resucitado presente en su Iglesia, a la que hace donación de la Promesa del Padre, el Espíritu Santo (cf. Lc 24, 49; Hech l, 4; 2, 32-33):
"Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación, como si se tratase de un solo y aún único día festivo, como un gran domingo (SAN ATANASIO). Estos son los días en los que principalmente se canta el aleluya" (NUALC 22).
El tiempo pascual es, por tanto, un tiempo fuerte del año litúrgico de tanta importancia como la Cuaresma, a la que supera no sólo en duración, sino, sobre todo, en simbolismo. La Cuaresma es figura de esta vida deprueba y tentación; la Cincuentena, en cambio, representa la eternidad, la perfección de la meta. Por otra parte, el tiempo pascual es el tiempo litúrgico dedicado al Espíritu Santo, que ha brotado del costado de Cristo muerto en la cruz (SC 5; Jn l9, 30. 34); y por ello es también el tiempo modélico y enblemático de la Iglesia.
Una reflexión teológica y una espiritualidad que se han ocupado muy poco de la tercera persona de la Santísima Trinidad y que han ignorado prácticamente el papel y el protagonismo misteriosoque el enviado del Padre, por medio de Cristo resucitado, realiza en la liturgia, son las causantes del olvido en la catequesis, en la predicación y en la vida cristiana de la estrechísima unidad entre Pascua y Pentecostés. El misterio de la Pascua del Señor no es únicamente el misterio de la glorificación de Jesús. Ahí están los textos bíblicos para demostrarlo, especialmente el cuarto evangelio y los Hechos de los Apóstoles, tal y como la Iglesia los lee y proclama en la liturgia del tiempo pascual. El misterio pascual comprende también el don del Espíritu Santo, que el Padre entrega a su Hijo Jesús como respuesta a su sacrificio, y que éste derrama sobre la Iglesia, su cuerpo y Esposa (cf. Jn 20, 22; Hech 2, 33).
Y, desde ese momento, el Espíritu actúa personalmente en la vida de toda la Iglesia y de cada uno de los creyentes de mil maneras, pero sobre todo en la eucaristía y en la liturgia, pentecostés permanente del Espíritu que es "del Señor y da la vida". Por eso, si siempre es Pascua, porque toda la vida cristiana se nutre del misterio de la muerte del Señor, siempre es Pentecostés, siempre es el tiempo de ese don del Padre (cf. Jn 4, l0; l4, l6) y del propio Cristo (cf. Jn l5, 26). Bajo este aspecto, el tiempo pascual aparece como el periodo simbólico por excelencia de la actual etapa de la historia de la salvación, la que pertenece a la Iglesia y al Espíritu Santo.
Historia de la Pascua
El antecedente más remoto del período pascual que sigue a la máxima solemnidad del año litúrgico lo tenemos que buscar en el significado que tenía en la antigüedad cristiana la palabra Pentecostés . Esta palabra, que en Hech 2, l y en otros lugares del Nuevo Testamento designa la fiesta judía de las Semanas, es utilizada por los escritores cristianos de los siglos III y IV para referirse a un espacio indivisible de cincuenta días de duración que se extiende desde la Pascua. San Ireneo en la Galia, Hipólito en Roma, las Acta Pauli en Asia Menor, Orígenes en Alejandría y como testigo de Palestina, Tertuliano en el norte de Africa y otros autores dan fe de la existencia de esta cincuentena, que no tiene nada que ver, salvo el nombre, con la fiesta judía durante la cual se produjo la venida del Espíritu Santo (Hch 2, l-4).
Este periodo recibe también los calificativos de santo , muy feliz , gozoso , festivo , etc., y los nombres de solemnidad de la alegría , gran domingo , símbolo del siglo futuro , etc. Lo curioso del caso es que se le atribuyen todas las prerrogativas del domingo, especialmente las que afectan al ayuno y a la oración de rodillas, prohibidos en el día del Señor. Para los autores citados antes, Pentecostés es un tiempo de amnistía y de perdón de las deudas, de alabar a Cristo, de ayudar a los pobres y practicar la caridad fraterna, de celebrar la presencia del Novio entre sus amigos (cf. Mc 2, l9-20) y par), de celebrar el bautismo y de dedicarse al recuerdo de la resurrección del Señor por la gracia del Espíritu Santo. De todo esto resulta que la antigua fiesta anual de la Pascua que conocemos desde la controversia del siglo II contaba con un periodo de cincuenta días, que eran como una prolongación y una celebración continuada de todo cuanto aquella solemnidad significaba.
Más adelante, a finales del siglo IV y en algunos lugares entrado ya el V, se empezará a dar un gran relieve al último día de esta cincuentena. En algunas Iglesias, occidentales sobre todo, se hacía en dicho día memoria de la venida del Espíritu Santo, pero sin olvidar que el Espíritu es el don transmitido por el Señor en su Pascua. Otras Iglesias, entra las que se encuentran Jerusalén, Siria, Edesa y Mesopotamia, celebran, en cambio, la Ascensión del Señor y, a la vez, la donación del Espíritu Santo. El diario de viaje de Egeria es explícito al respecto (c. 43): el último día de la cincuentena tenían lugar dos grandes celebraciones: una en la basílica del Martirio y en Sión (el cenáculo), para conmemorar la venida del Espíritu Santo; y la otra en el huerto de los Olivos, en el Inbomon o lugar de la ascensión. La primera celebración comprendía la eucaristía, la segunda era una liturgia de la Palabra en la que se leían los pasajes neotestamentarios de la ascensión.
Puede parecernos sorprendente esta manera de celebrar el final de la Cincuentena pascual, acostumbrados como estamos a situar la fiesta de la Ascensión a los cuarenta días de Pascua, y la venida del Espíritu Santo diez días después. Pero ya hemos dicho alguna vez que a la Iglesia antigua no le preocupaba hacer de las fiestas una suerte de aniversarios de los acontecimientos de salvación, porque sabía que el poder santificador que contenían residía no en la coincidencia de las fechas, sino en los signos sagrados: la celebración festiva y, sobre todo, el misterio eucarístico. Por eso no debemos hacer demasiado problema del moderno traslado de la solemnidad de la Ascensión al domingo siguiente. Lo que sí debe interesarnos, en cambio, es esta visión unitaria y profundamente vital de la Pascua del Señor, que la reforma litúrgica ha requido recuperar al devolver al tiempo pascual su genuina duración.
Volviendo otra vez a la historia, nos encontramos con que a partir de la segunda mitad del siglo IV aparece la fiesta de la Ascensión del Señor, sin duda por influjo de Hech 1, 3, que alude al tiempo en que Jesús se dejó ver de los discípulos y les informó de las cosas tocantes al Reino de Dios. La fiesta la conocemos en Roma gracias a los sermones del papa San León (440-461). Con esta fiesta ocurre algo semejante a lo que sucede con Navidad: que se extendió rápidamente. Cuatro siglos más tarde contaba ya con una vigilia, y en el siglo XV se le añadirá una octava. Una y otra serán suprimidas por el Código de rúbricas , publicado en 1960 por el papa Juan XXIII.
La fiesta de la Ascensión vino a quebrar de hecho la unidad de la antígua Cincuentena. Pero hará también que el último día del citado periodo quede un tanto aislado del conjunto , pasando a ser, de un día conclusivo y síntesis de cuanto se había celebrado, una fiesta en cierto modo autónoma, como ya hemos indicado. Pentecostés se convierte en la solemnidad dedicada únicamente a conmemorar la venida del Espíritu Santo.En Occidente era un día bautismal, mientras que en Oriente, como consecuencia de las controversias teológicas, fue convirtiéndose en la fiesta por excelencia de la SAntísima Trinidad, cuya revelación quedó completada con la venida del Espíritu Santo. En la liturgia romana, Pentecostés se trasformó en un verdadero doblaje del domingo de Pascua: ayuno la víspera, vigilia con igual número de lecturas que la del Sábado Santo y, finalmente octava.
Estructura
La reforma del año litúrgico ha restuido al tiempo pascual su duración y unidad primitivas. Pero ha hecho también otra cosa no menos importante: ha hecho descansar este periodo litúrgico sobre los ocho domingos que comprende, los siete de Pascua y el de Pentecostés, revalorizándolos en categoría litúrgica. Por eso, estos domingos ya no se llaman, como en el Misal anterior, domingo I, II , etc. después de Pascua , sino domingos de Pascua (cf. NUALC 23).
Se mantiene la octava de Pascua debido a su vinculación histórica con la semana de la mistagogía o iniciación en los sacramentos de los bautizados en la vigilia pascual. Los ocho días están unidos al domingo de Resurrección (cf. NUALC 24). La solemnidad de la Ascensión se puede trasladar al domingo VII de Pascua, como ha ocurrido en España desde l977. El domingo de Pentecostés cuenta con una misa vespertina de la vigilia similar a la del 25 de diciembre o a otras solemnidades, pero que no es ya un duplicado de la de Pascua.
Las ferias del tiempo pascual han sido enriquecidas con textos propios para la misa y el Oficio de cada día. No obstante, su categoría litúrgica es inferior a las ferias de Cuaresma. Los días que trascurren entre la Ascensión y Pentecostés tienen el carácter de preparación para esta última solemnidad, habiendo encontrado lugar aquí los textos de la desaparecida octava de Pentecostés.
Octava
Como del domingo I de Pascua, el domingo de Resurrección, hemos hablado ya en el capítulo anterior, debemos comenzar ahora por los días de la octava pascual. En efecto, la reforma litúrgica ha querido mantenerla como recordatorio de los sacramentos de la iniciación cristiana y como invitación a orar por los nuevos miembros de la Iglesia. Este aspecto aparece especialmente destacado en las antífonas y en las oraciones del Misal . De hecho, se trata de textos procedentes de los antiguos sacramentarios romanos, con idéntica localización en la octava. La temática dominante aparece expresada en estos dos textos, que recogemos a modo de ejemplo:
"-El Señor os ha introducido en una tierra que mana leche y miel para que tengáis en los labios la ley del Señor. Aleluya" ( intr. del lunes).
"-Señor Dios, que por medio del bautismo
haces crecer a tu Iglesia,
dándole siempre nuevos hijos;
concede a cuantos han renacido en la fuente bautismal
vivir siempre de acuerdo con la fe que profesamos" ( col. del lunes).
La madre Iglesia ha dado nuevos hijos al Señor, y con ello ha visto aumentada su propia prole. Su preocupación ahora es alimentarlos con el alimento de la Palabra divina, simbolizada en la leche y en la miel de la tierra prometida (cf. Ex 3, 5.9). A los nuevos bautizados les decía el apóstol San Pedro:
"Como el niño recien nacido, ansiad la leche auténtica,
no adulterada, para crecer con ella sanos" (l Pe 2, 2).
Pero la octava de Pascua quiere proponer a los cristianos la evocación intensa de la resurrección del Señor a través de la lectura de las apariciones, narradas por los cuatro evangelistas. Son los mismos evangelios del Misal anterior, pero otra vez distribuidos de forma que descubren una intención ordenada y sucesiva de los hechos, La serie se abre con la aparición de Jesús a las mujeres (Mt 28, 8-l5), siguiendo la que tuvo lugar a María Magdalena (Jn 20, ll-l8). Estas dos apariciones -¿son dos o se trata de la misma?- tuvieron lugar la mañana misma del día de la resurrección. Se leen el lunes y martes, respectivamente. El miércoles y jueves se toman las apariciones a los discípulos de Emaús (Lc 24, l3-35) y a los apóstoles reunidos en el cenáculo (Lc 24, 36-48). Ambas están situadas en la tarde de aquel día.
Para el viernes se toma Jn 21, l-l4, del capítulo-apéndice del cuarto evangelio. Esta aparición de Jesús se nos dice que fue "la tercera" (cf. Jn 21, 14), se entiende estando todos los discípulos juntos (cf. Jn 20, l9ss. y 26ss.). Por último, el sábado se lee la aparición de Mc l6, 9-l5, que es como la síntesis de todas, pues expresamente menciona las que tuvieron lugar a María Magdalena, a los discípulos de Emaús y a los Once reunidos. El espíritu con que la Iglesia proclama estos episodios evangélicos está reflejado en la siguiente plegaria del Misal :
"¡Oh Dios, que todos los años nos alegras
con la solemnidad de la resurrección del Señor!;
cocédenos, a través de la celebración de estas fiestas,
llegar un día a la alegría eterna" ( col. del miércoles).
En cuanto a las primeras lecturas, están tomadas todas, siguiendo el sistema de lectura semicontinua , del libro de los Hechos de los Apóstoles, libro especialmente reservado para el tiempo pascual. Gracias a esta "historia de los orígenes de la Iglesia", los cristianos de todos los tiempos podemos revivir y celebrar la experiencia de los discípulos de la primera hora, los que "comieron y bebieron con el Resucitado" (Hech l0, 4); experiencia que ha quedado como un paradigma para las comunidades cristianas, que tienen que mirarse siempre en el espejo de aquella Iglesia madre de Jerusalén, reunida en oración en la sala alta esperando la manifestación del Espíritu (cf. Hech l, l3-l4; 2, l). De esa comunidad arropada por los apóstoles, con Pedro a la cabeza, en la que María, la Madre del Señor, ocupa un puesto especial, se nos dice que"perseveraba en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en la fración del pan y en las oraciones" (Hech 2, 42), teniendo todos sus miembros "un solo corazón y una sola alma" (ibid., 4, 32).
El Oficio divino de la octava de Pascua es de las partes más dotadas de toda la Lirurgia de las Horas. Destaca en él la lectura bíblica del Oficio de lectura , que lee íntegra la primera carta de San Pedro, considerada como una homilía bautismal. Entre las lecturas patrísticas sobresalen varias tomadas de las Catequesis mistagógicas , de San Cirilo de Jerusalén, pronunciadas precisamente en esta semana de la iniciación sacramental de los recién bautizados.
Domingos
Desde el domingo II de Pascua hasta el domingo VII inclusive, la liturgia nos propone un inmenso cuadro, en el que se plasman, simultáneamente, el mensaje pascual de la glorificación de Jesús, la alegría de la Iglesia al haberle sido devuelto el Esposo, la vida nueva de los renacidos por el agua y el Espíritu y la acción de éste en la comunidad de los discípulos del Señor y en el corazón de cada uno. Como ocurre con la Cuaresma, los textos bíblicos y litúrgicos son de una riqueza y de una abundancia tales, que resuta imposible hacer algo más que perfilar un esquema de su contenido fundamental. Una vez más son los textos evagélicos los que dibujan los trazos más sobresalientes del conjunto. En torno a ellos, las demás lecturas, los cantos, las oraciones y los prefacios completan la temática vivencial y doctrinal de cada domingo.
El libro de los Hechos ocupa el lugar de la lectura del Antiguo Testamento -la primera lectura- con el fin de mostrar en el ciclo de los tres años del Leccionario dominical , de una manera paralela y progresiva, diversas perpestivas de la vida y el testimonio de la Iglesia primitiva. La selección permite, por tanto, recorrer los pasos más significativos de libro, pero de forma que la temática de cada uno de los domingos es paralela a la del mismo domingo en los otros dos ciclos. He aquí los temas que comprenden las lecturas de los Hechos domingo tras domingo:
Dm. II de Pascua : Resúmenes de la vida de la comunidad.
Dm. III : Discursos misioneros de San Pedro.
Dm. IV : Discursos de Pedro y Pablo .
Dm. V : Los ministerios de la Iglesia.
Dm. VI : Manifestaciones del Espíritu Santo.
Dm. VII : En la espera del Espíritu.
El evangelio de San Juan ha estado siempre presente en el tiempo pascual de la liturgia romana. En la actualidad este evangelio se lee, en forma semicontinua, en las ferias desde el lunes de la cuarta semana de Cuaresma hasta el final de la cincuentena pascual. Por eso no debe sorprender el que acapare prácticamente todos los domingos de Pascua. La única excepción son dos pasajes de Lc 24 que narran las apariciones a los discípuos de Emaús y a los Once reunidos en el cenáculo, el domingo III de Pascua.
La elección de los pasajes del cuarto evangelio está motivada por la temática de cada domingo: hasta el domingo III de Pascual inclusive se evocan las apariciones de Cristo resucitado; el domingo IV está dedicado al Buen Pastor; y en los domingos V, VI y VII se escuchan pasajes escogidos del discurso y de la oración del Señor en la última cena. Los fragmentos han sido selecionados también de una manera paralela y progresiva. A través de ellos se contempla la vida de la Iglesia como una comunión con la Pascua de Cristo bajo la acción invisible del Espíritu prometido.
Por otra parte, para segundas lecturas se han reservado tres libros del Nuevo Testamento: en el año "A" se lee la primera carta de San Pedro, de indudable contenido bautismal; en el "B", la primera carta de San Juan, que habla de la fe y el amor como consecuencia del reconocimiento de la manifestación del Verbo eterno de Dios en el hombre Jesús, y en el "C", el Apocolipsis, con los bellísimos temas del Cordero entronizado y las bodas de Cristo con la Iglesia.
Por supuesto que las lecturas de cada domingo armonizan entre sí en torno a determinados aspectos del misterio pascual:
Dom. II de Pascua : La fe en Jesús resucitado.
Dom. III : Apariciones.
Dom. IV : El Buen Pastor.
Dom. V : Anuncio de la partida y del retorno.
Dom. VI : Promesas del Espíritu Santo.
Dom. VII : Ausencia que es presencia.
Estos son los grandes temas que polarizan la celebración de los domingos de Pascua. Si se tiene en cuenta que el domingo de Resurrección está al comienzo de la serie y que la solemnidad de la Ascensión, a pesar de su traslado al domingo VII en algunos lugares, y la de Pentecostes se hallan al final, es aún más fácil descubrir el itinerario de la contemplación y de la vivencia que la Iglesia nos propone durante el tiempo pascual siguiendo la pauta marcada por los domingos de Pascua. Cada uno de ellos supone un paso más y un aspecto diferente del único misterio pascual de Cristo, que resucita, se manifiesta, es Pastor de su Iglesia, sube a los cielos, pero se queda con los suyos por medio del Espíritu Santo prometido y enviado.
a) Domingo II de Pascua: los sacramentos pascuales
Es el antiguo domingo llamado In albis depositis , cuando los bautizados en la pasada vigilia pascual dejaban sus vestidos blancos una vez concluida la semana de su iniciación sacramental. El evangelio (Jn 20, l9-31) es idéntico los tres años A, B y C. El tema dominante es la fe en los signos de la resurrección. El incrédulo Tomás tuvo que "ver" para creer; los cristianos creen sin haber "visto", aunque a ellos Cristo se les acerca en otros signos de su presencia gloriosa, es decir, no física o corporal. Estos signos son los sacramentos: la Iglesia -sacramento del Verbo encarnado y glorioso-, el bautismo, la eucaristía... Estos sacramentos pascuales (cf. la poscomunión), no hay que olvidarlos, son signos de la fe (cf. SC 59). Por eso, la oración colecta, inspirada en Jn 5, 6-9 ( 2ª. lect. año B), pide:
"Dios de misericordia infinita,
que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual
de las fiestas pascuales:
acrecienta en nosotros los dones de tu gracia
para que comprendamos mejor
que el bautismo nos ha purificado,
que el Espíritu nos ha hecho renacer
y que la sangre nos ha redimido".
Esta insistencia en la fe es subrayada también por el Oficio divino, que en las antífonas del Benedictus y del Magníficat recoge las palabras del Señor a Tomás.
b) Domingo III de Pascua: las apariciones
El tema aglutinante del día es la teofanía de Cristo resucitado -las apariciones-, pero bajo el aspecto de cumplimiento de las Escrituras, como ponen de relieve, ante todo, las tres primeras lecturas A, B y C y en los evangelios de los años A y B preferentemente. El Señor, manifestándose a los discípulos, les explica que todo ha sucedido para que se cumpliera la Escritura, dándoles además la capacidad para que en adelante comprendiesen que tanto Moisés como los profetas y los salmos hablan de él (cf. Lc. 24, 27. 44-45).
El reconocimiento del Señor llenó de alegría a los discípulos. Del mismo modo, la asamblea eucarística dominical, que es un encuentro festivo en la fe con el mismo Señor, inunda de gozo a la Iglesia:
"Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo;
y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría, concédenos participar de este gozo eterno" ( superobl. ).
Otros motivos para dar gracias lo constituyen los frutos de la resurrección para nosotros: la renovación y rejuvenecimiento espiritual de la Iglesia ( col. y pasc .), la adopción filial ( col. ) y la resurrección futura ( posc. ). La resurrrección, con todo, es ya una promesa que ha empezado a cumplirse, "porque en la muerte de Cristo y en su resurrección hemos resucitado todos" ( pref.II de Pascua).
c) Domingo IV de Pascua: El Buen Pastor
Aunque retrasado un domingo respecto del misal anterior, ésta es la dominica del Buen Pastor , tan popular en la Iglesia como la figura bíblica que celebra en Cristo resucitado. Todas las lecturas nos hablan del Pastor que ha sido Cordero para dar la vida a todo el rebano. Y otro tanto ocurre con las oraciones y el prefacio III. Este texto está inspirado en el Apocalipsis, en la visión del Cordero que está en el trono, y que, aunque lleva patentes las señales de la muerte, está, sin embargo, de pie, vivo y radiante, conduciendo a su pueblo hacia las fuentes de aguas vivas (Ap 7, 9. l4-l7: 2ª. lect. año C).
"Porque él no cesa de ofrecerse por nosotros,
de interveder por nosotros ante ti;
inmolado, ya no vuelvea morir;
sacrificado vive para siempre" ( pref. III ).
La parábola del Buen Pastor encuentra todo su sentido dentro del contexto de la Pascua, una vez que la glorificación de Jesús ha hecho posible su presencia misteriosa en medio de los suyos para transmitirles la fuerza poderosa desplegada en su muerte y resurrección:
"Dios todopoderoso y eterno,
que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso
de la resurrección de Jesucristo;
concédenos también la alegría eterna del
reino de tus elegidos,
para que así el débil rebaño de tu Hijo
tenga parte en la admirable victoria de su Pastor" ( col. ).
La figura entrañable del Buen Pastor es explicada admirablemente por la lectura patrística del Oficio divino en una homilía del papa San Gregorio Magno.
d) Domingo V de Pascua: la Iglesia y los ministerios
Este domingo aparece dominado por lo que podríamos llamar la conciencia de la Iglesia acerca de su vida y de su misión en el tiempo que transcurre entre la partida de Jesús y su retorno al final, entre el "Me voy, pero volveré para tomaros conmigo" (Jn l4, 2-3: del evang . año A). Y, en efecto, mientras las lecturas evangélicas recogen tres momentos del discurso del adiós, en el que el Señor manifiesta cuales han de ser las relaciones entre sus discípulos y él después de la resurrección, las otras lecturas hablan de los ministerios en la comunidad y de algunas caracyerísticas de la Iglesia.
Las oraciones, por su parte, vuelven sobre los frutos de los sacramentos pascuales: la participación en la divinidad ( superobl .), la iniciación en los misterios del Reino y la novedad de la vida eterna ( posc. ). La colecta es todo un canto de gratiyud filial hacia el Padre, autor de todos estos dones (cf. Rom 8, l5-l7):
"Señor, tú que te has dignado redimirnos
y has querido hacernos hijos tuyos;
míranos siempre con amor de Padre
y haz que cuantos cremos en Cristo, tu Hijo,
alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna".
El misterio de la renovación del Hombre por el misterio pascual aparece igualmente expresado en el prefacio IV de Pascua:
"Porque en él fue demolida nuestra antigua miseria,
reconstruido cuanto estaba derrumbado
y renovada en plenitud la salvación".
e) Domingo VI de Pascua: el Espíritu de la promesa
Todo él está presidido por la promesa del Espíritu Santo. El domingo que precede a la fiesta de la Ascensión ayuda a los fieles a entender la íntima conexión entre la partida de Jesús visible y su modo nuevo de presencia entre los suyos y en el corazón de los suyos mediante el Espíritu Santo: "Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis" (Jn l4, l9: evang. año A); "el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn l4, 26: evang. año C). Las lecturas de los Hechos de los Apóstoles narran diversas manifestaciones del Espíritu sobre los bautizados procedentes del judaismo y del paganismo.
Las lecturas apostólicas vuelven sobre aspectos del misterio pascual en nosotros. Las oraciones se refieren al fruto de la celebración de "estos días de alegría en honor de Cristo resucitado" ( col. ), en los que la participación en los sacramentos pascuales ( posc. ) o "sacramentos de tu amor" ( superobl. ) ha de fortalecer nuestras vidas y manifestarse en nuestras obras ( col. ).
Por su parte, el prefacio V de Pascua nos habla de Cristo, sacerdote y víctima:
"Porque él, con la inmolación de su cuerpo en la cruz,
dio pleno cumplimiento a lo que anunciaban
los sacrificios de la antigua alianza;
y, ofreciéndose a sí mismo
por nuestra salvación,
quiso ser, al mismo tiempo,
sacerdote, víctima y altar".
El sacrificio perfecto de Jesús ha obrado nuestra reconciliación con Dios, como recuerda San Cirilo de Alejandría en la lectura patrística del Oficio de este domingo.
f) Solemnidad de la Ascensión del Señor
El domingo VII de Pascua ha tenido que acoger la celebración de la solemnidad de la Ascensión en gran parte de los paises, ante la imposibilidad de contar con el descanso laboral el jueves de la semana VI de Pascua, día de esta solemnidad desde el siglo IV-V. Por eso nos ocupamos únicamente de la Celebración de la Ascensión.
Este misterio es celebrado por la liturgia en íntima conexión con la Pascua y bajo un doble aspecto: en cuanto glorificación de Cristo y en cuanto comienzo de la glorificación de la Iglesia, cuerpo de Cristo:
"Concédenos, Dios todopoderoso,
exultar de gozo y darte gracias en esta
liturgia de alabanza,
porque la Ascensión de Jesucristo, tu Hijo,
es ya nuestra victoria,
y él, que es la cabeza de la Iglesia,
nos ha precedido en la gloria,
a la que somos llamados
como miembros de su cuerpo" ( col. ).
La glorificación de Cristo significa que ha subido al cielo el que bajó del cielo (Jn 3, l3; 6, 62). La lectura de Hech l, l-ll narra la partida de Jesús, que desaparece de la vista de sus discípulos envuelto en la nube de gloria de la transfiguración, mientras para estos llega la hora de iniciar su misión. Marcos (Mc l6, l5-20) en el año B y Lucas (Lc 24, 46-53) en el C aluden también a la Ascensión, mientras Mateo (Mt 28, l6-20), en el año A, describe la última manifestación de Jesús, situado no en Jerusalén, sino en Galilea, como habían anunciado las mujeres (cf. Mt 38, l0). Mateo y Marcos destacan el envio de los apóstoles, al tiempo que Lucas -el texto es paralelo a Hech l- recoge la promesa del envio del Espíritu.
Este aspecto cristológico está fuertemente acentuado en el oficio divino, que utiliza una serie de salmos tradicionales aplicados a Cristo en la Ascensión, como el salmo 46: "Dios asciende entre aclamaciones", el salmo 67: "Subiste a la cumbre llevando cautivos" (cf. Ef 4, 8; el salmo l09: "Siéntate a mi derecha" (cf. Mc l6, l9); el salmo ll2: "El Señor se eleva sobre todos los pueblos"; etc. Las antífonas destacan oportunamente estas alusiones de los salmos, mientras la lectura patrística -un sermón de San Agustín-, en perfecta sintonía con la lectura bíblica (Ef 4, l-24), invita a contemplar el misterio del que ha subido a los cielos para derramar dones a los hombres, el don por excelencia que es el Espíritu Santo, que a unos hace apóstoles, a otros profetas, etc., para la edificación del cuerpo de Cristo.
Sin embargo, la liturgia quiere fijarse no sólo en las consecuencias que para nosotros ha tenido la ascensión del Señor, sino en el significado eclesiológico más profundo, tal y como lo expresa la oración colecta que hemos recogido antes. Y, en efecto, la glorificación de Cristo representa, para la humanidad redimida, el que una parte de nosotros haya sido ya introducida en el santuario celeste. Cristo comparte con la iglesia, cuerpo y plenitud suya (Ef l, l7-23; 2ª. lectura ), la riqueza de su gloria. Se produce un nuevo intercambio, un "admirable comercio", según la expresión de San León Magno, similar al que tuvo lugar en la encarnación, entre la divinidad y la humanidad en la persona de Jesús, ahora glorioso. El hombre le ha dado su carne a Dios, y Dios da al hombre su gloria divina:
"...que este divino intercambio
nos haga vivir en el reino de Jesucristo resucitado" ( superobl. ).
"Dios todopoderoso y eterno...
haz que deseemos vivamente estar junto a Cristo,
en quien nuestra naturaleza humana
ha sido tan extraordinariamente analtecida,
que participa de tu misma gloria" ( posc. ).
g) Solemnidad de Pentecostés
La celebración de la Pascua del Señor alcanza en este día su culminación con el recuerdo de la venida del Espíritu Santo. Se han completado los cincuenta días del espacio festivo y de alegría en honor del Esposo de la Iglesia, que ha vuelto a estar entre sus amigos (cf. Mt 9, l5). Cristo resucitado ha dejado en su lugar, y como arras de la promesa, al Espíritu Santo (cf. l, l3; Rom 8, 23; 2 Cor l, 22; 5, 5).
La misa de la tarde-vigilia de Pentecostés habla una y otra vez del Espíritu Santo en cuanto promesa del Antiguo y Nuevo Testamento, mientras que la misa del día lo presenta como realidad ya cumplida y gozosamente disfrutada por la Iglesia. Hasta cuatro lecturas del Antiguo Testamento propone el Leccionario para que se elija la más apropiada a cada comunidad en la misa vespertina de la vigilia: la torre de Babel (Gén ll),la alianza del Sinaí (Ex l9), la resurrección del pueblo (Ez 37) y la espléndida promesa de Joel (Jl 2, 28-32). El cuadro se completa con el anuncio hecho por Jesús en la fiesta de los Tabernáculos: "El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba" (Jn 7, 37-39), refiriéndose al Espíritu Santo que habrían de recibir los creyentes, Espíritu que brotó del cuerpo de Cristo en la cruz (cf. Jn l9, 30-34; l Jn 5, 6). La segunda lectura Rom 8, 22-27), como un eco de la profecía de Joel, habla de la acción del Espíritu en el corazón de los creyentes.
Pero, quizás, el texto más significativo de esta misa vespertina de la vigilia sea la colecta, sobre todo en orden a mostrar la inseparable unidad de Pascua y Pentecostés.
"Dios todopoderoso y eterno,
que has querido que la celebración de la Pascua
durase simbólicamente cincuenta días
y acabase con el día de pentecostés;
te pedimos que los pueblos, divididos por el odio y el pecado,
se congreguen por medio de tu Espíritu
y que las diversas lenguas
encuentren su unidad en la confesión de tu nombre".
El original latino de esta vieja plegaria (siglo V-VI) habla del mistero pascual - paschale sacramentum - encerrado en el signo sagrado de los cincuenta días - quinquaginta dierum uysterio contineri -, La Cincuentena es un espacio simbólico-sacramental cuyo objeto es la celebración de Cristo muerto y resucitado, que transmite el Espíritu Santo recibido del padre (cf. Hech 2, 32-33). Pascua es Pentecostés, y Pentecostés no es una fiesta autónoma. Para subrayar esta unidad, el evangelio de la misa del día es Jn 20, l9-23: la efusión del Espíritu por Cristo resucitado la tarde del día mismo de la resurrección.
La primera lectura dela misa del día es el pasaje de Hech 2, l-ll, que describe el suceso de la venida del Espíritu sobre el grupo de los apóstoles en una teofanía de profundas resonancias bíblicas y rabínicas sobre la promulgación de la ley. Esta venida del Espíritu, acompañada de los signos del viento, el ruido, el fuego y las lenguas habladas, representa la nueva ley y la nueva alianza divina, entregadas a la Iglesia de Cristo y escritas en el corazón (cf. Rom 8, 2; Ez 36, 26-27; Jer 31, 31-34). La liturgia interpreta también este hecho en clave eclesial y de transformación interior del hombre. Por eso recuerda varias veces que Pentecostés supone la reunificación de la humanidad, dividida por el pecado, en la confesión del único nombre que puede salvar: el nombre de Jesús (cf. Hch 4, l0-l2; Rom l0, l3: Jn 2, 32; cf. la colecta citada de la misa de la vigilia y el prefacio del día).
Pero la liturgia quiere introducirnos en el misterio de esa acción invisible y suave del Espíritu que penetra, consuela, llena, riega, sana, lava, calienta, guía, salva, etc., porque es luz, don, huésped, descanso, brisa, gozo, etc., (cf. secuencia de Pentecostés). Todas estas acciones las realiza el Espíritu siempre, pero particularmente en dos sacramentos: el bautismo y la eucaristía, sacramentos que son vitales para la Iglesia: "Todos nosotros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu" (l Cor l2, 3b-7. l2-l3: 2ª. lect. ).
Bautizados en el Espíritu, bebemos en el cáliz del Señor la bebida espiritual que es la sangre de la alianza nueva (cf. l Cor l0, l6; Mt 26, 27):
"La comunión que acabamos de recibir, Señor,
nos comunique el mismo ardor del Espíritu Santo,
que tan maravillosamente inflamó a los apóstoles de tu Hijo" ( posc misa vigilia ).
El Oficio divino, desde las primeras vísperas, no hace sino volver una y otra vez sobre estos temas. Los salmos propios, entre los que destacan el salmo l03 (cf. v. 30: "Envías tu Espíritu...") y el salmo ll7, enmarcan la oración contemplativa de la Iglesia, reunida como la comunidad de Hech l, l4; 2, l. La lectura bíblica del Oficio de lectura (Rom 8, 5-27) resulta particularmente instructiva para quienescelebran la plegaria eclesial de las Horas: el Espíritu ora en el "interior" del hombre e intercede por nosotros. San Ireneo, en la lectura patrística, recuerda que el Espíritu derramado en Pentecostés ha reposado antes sobre el Señor y llega a nosotros a través de él.
Ferias
Nos referimos a las ferias después del domingo II de Pascua, pues de las comprendidas en la octava de Pascua hemos hablado antes. Lo más sobresaliente de las ferias lo constituye el doble leccionario que hace de soporte: el Leccionario de la misa y el del Oficio .
En el primero, la lectura de los Hechos de los Apóstoles recorre, de modo semicontinuo e independiente de los domingos, los principales pasajes de este libro. El evangelio se toma de San Juan, de aquellos capítulos de más claro colorido pascual: c. 3, 6, l2, l3-l7 y 21.
En el Oficio de lectura se leen el Apocalipsis -semanas II-V- y las tres cartas de San Juan -semanas VI y VII-. En cuanto a la lectura patrística, he aquí el riquísimo contenido de la serie, esquemáticamente:
a) El misterio pascual
San Agustín: martes III.
sábado V.
San Atanasio: martes oct.
Concilio Vaticano II: sábado II
Homilía anónima: lunes II.
San Melitón de Sardes: lunes oct.
b) La gloria de la cruz
San Cirilo de Alejandría: sábado III
San Efrén: viernes III
San Teodoro Estudita: viernes II.
c) La resurrección
Homilía anónima: miércoles oct.
San Máximo de Turín: domingo V.
d) La ascensión
San Agustín: solemn. Ascensión.
San León Magno: miércoles VI.
viernes VI.
e) La venida del Espíritu Santo
San Basilio: martes VII.
San Cirilo de Jerusalén: lunes VII.
San Cirilo de Alejandría: jueves VII.
Concilio Vaticano II: miércoles VII.
San Hilario: viernes VII.
f) La Iglesia: presencia de Cristo en ella
San Cirilo de Alejaqndría: martes V.
martes VI.
San Gregorio Magno: domingo IV.
San Gregorio de Nisa: domingo VII
g) La Iglesia: Pueblo de Dios
San Beda: lunes III.
San Fulgencio de Ruspe: martes II.
Isaac de Estella: viernes V.
San Gregorio de Nisa: lunes V.
San León Magno: miércoles II
h) La Iglesia: misterio y sacramento
San Agustín: jueves IV.
San Cirilo de Alejandría: sábado IV.
San Clemente: viernes IV.
San Hilario: miércoles IV.
San Pedro Crisólogo: martes IV.
i) La misión de la Iglesia
Autor africano: sábado VII.
San Cirilo de Alejandría: domingo VII.
Carta a Diogneto : miércoles V.
j) Los sacramentos pascuales
San Agustín: domingo II.
San Basilo: lunes IV.
San Gaudencio de Brescia: jueves II.
jueves V.
Homilías nistagógicas de Jerusalén :
jueves oct.
viernes oct.
sábado oct.
San Ireneo: jueves III.
San Justino: domingo III.
miércoles III.