Año litúrgico - Navidad

Extracto del libro de Julián López Martín, El año litúrgico , Madrid, 1984.

 

" Después de la anual evocación del misterio pascual, la Iglesia no tiene nada más santo que la celebración del nacimiento del Señor y de sus principales manifestaciones" (NUALC 32). Con estas palabras del documento que explica la organización del año litúrgico, se subraya la importancia que para la liturgia tiene la solemnidad del Natalis Domini o natalicio del Señor, que esto significa Navidad; pero al mismo tiempo se advierte de la especial vinculación que este misterio tiene respecto de la Pascua.

El pueblo cristiano, quizás desconociendo las razones teológicas profundas que unen a la Navidad con la Pascua y basándose únicamente en la identificación de la palabra "Pascua" con "fiesta grande", ha llamado al día del nacimento de Cristo Pascua de Navidad . Ha acertado plenamente en el título, porque en este día el corazón de todos los fieles celebra con renovada solemnidad,interior y externa, el comienzo de nuestra redención efectuada en el misterio de la Pascua. Cada año, le alegría de la Navidad brota de su fuente natural, que es la gloria de la resurrección del Señor y el don inefable del Espíritu Santo.

Los antiguos calendarios litúrgicos de la Iglesia de Roma repiten la espléndida rúbrica del 25 de diciembre: Nacimiento del Señor en la carne : Pascua. La liturgia sabe que el único misterio de Cristo, aunque celebrado a lo largo del año litúrgico aspecto por aspecto y episodio por episodio -Navidad es, por tanto, un momento del misterio-, permanece uno e indivisible en cada celebración o fiesta. Por lo demás, todo domingo, fiesta o memoria litúrgica tiene como centro la celebración eucarística, sacrificio pascual de la Iglesia.

En Navidad, Cristo nace para morir y resucitar. El nacimiento del Señor es primicia , comienzo del misterio de nuestra salvación. Idéntico objetivo tiene la celebración de la Epifanía, inicialmemte al memos, en Oriente: celebrar la manifestación del Hijo de Dios en nuestra condición humana. Sólo más tarde, cuando esta fiesta es recibida por Occidente, se produce una cierta distinción entre una y otra fiesta.

Orígenes

La primera noticia histórica de la Navidad está contenida en el llamado Cronógrafo , de Furio Dionisio Filócalo, un calendario copiado por el calígrafo romano el año 354. Se trata de una lista de los días de la muerte de los Obispos de Roma de los cien años anteriores -las fechas de sus aniversarios- y de una serie de mártires celebrados por la Iglesia. Justamente encabezando la serie de los mártires se encuentra la indicación: VIII días de las Kalendas de enero (o sea, el 25 de diciembre): Cristo, nacido en Belén de Judea .

Ahora bien, aunque escrita el año 354, la lista se remonta al 336 en opinión de los expertos. Es, pues, la referencia más antigua que tenemos de la celebración de la Navidad. Por San Agustín sabemos también que a mediados del siglo IVya se había introducido esta fiesta en el norte de Africa el mismo día. Exactamente del año 360 data un sermón de Optato de Mileto, que constituye el primer documento litúrgico de la Navidad, y del 383 la información de Filastro de Brescia, que alude a esta celebración en el norte de Italia. Las primeras noticias de España son también de finales del siglo IV y están relacionadas con el concilio de Zaragoza del año 380. En el Oriente, San Gregorio Nacianceno la introduce en Constantinopla este mismo año, y por San Juan Crisóstomo, todavía presbítero en Antioquía, nos enteramos de que en dicha Iglesia, en el 386, se celebraba la Navidad el 25 de diciembre, como fiesta procedente de Roma y distinta de la Epifanía, celebrada el 6 de enero.

¿Por qué se escogió el 25 de diciembre, dado que no se puede probar históricamente que ése fuese el día del nacimiento de Cristo? La coincidencia del 25 de diciembre con el solsticio de invierno, fecha de la fiesta pagana del Sol invicto , instituida por el emperador Aureliano (270-275), ha hecho pensar en la hipótesis de que el cristianismo quiso contrarrestar el atractivo de la celebración pagana oponiéndole la conmemoración del nacimiento de Cristo, verdadero sol de justicia (cf, Mal 4, 2; Lc l, 78): hipótesis de B. Botte, muy extendida.

Por otra parte, en la antiguedad cristiana existió una cierta preocupación por fijar el día exacto del nacimiento de Jesús. En algunos círculos gnósticos se creía que éste había tenido lugar el 20 de mayo, como informa Clemente de Alejandría. También es conocida la tradición, de la que se hace eco San Agustín, según la cual Cristo fue concebido el mismo día y mes en que se produciría su muerte, calculada un 25 de marzo. Esta tradición haría, pues, verosímil la fecha del 25 de diciembre como la del nacimiento: hipótesis de L. Duchesne, actualizada recientemente por Th. J. Talley.

Otra hipótesis propuesta recientemente, basada en ciertos estudios relativos a las listas de los turnos sacerdotales que oficiaban en el templo de Jerusalén, sugiere que el turno de Zacarías, el padre de Juan el Bautista, del grupo de Abías (cf. Lc 1,5), estaría fijado en el mes equivalente a nuestro octubre. Sería entonces cuando Zacarías tuvo la visión del ángel que le anunció el futuro nacimiento del Bautista (cf. Lc 1,8-20). Seis meses después, o sea en marzo, tendría lugar la anunciación a María en la que el ángel la informa de que su parienta Isabel "ya está de seis meses" (cf. Lc 1,36). Tres meses después nace Juan el Bautista -en junio- y nueve meses después de la anunciación tuvo lugar el Nacimiento del Señor (cf. Lc 2,6-7; Mt 1,2). Según esta hipótesis la fecha del 25 de diciembre sería una fecha no simbólica sino histórica: hipótesis de A. Ammassari.

El problema no tiene fácil solución en lo que se refiere a la fecha del 25 de diciembre. Sin embargo otra cosa es en cuanto a los motivos de fondo de la institución de la fiesta, aspecto al que se ha prestado muy poca atención. En efecto, la fiesta de Navidad parece haber surgido como respuesta a la necesidad de afirmar la verdadera fe acerca de Cristo, el Verbo de Dios encarnado, frente a las herejías de los primeros siglos. No hay que olvidar que el Concilio de Nicea, en el que fue condenado el arrianismo, tuvo lugar el año 325. La fiesta del Nacimiento del Señor, el 25 de diciembre y el 6 de enero en Oriente, contradice las ideas gnósticas y arrianas acerca de un Jesús que el día del bautismo fue "adoptado" como Hijo de Dios, recibiendo la iluminación del Verbo eterno junto con la fuerza del Espíritu Santo. Las fiestas de Navidad y de Epifanía, conocidas casi contemporáneamente por todas las Iglesias de la antigüedad e intercambiadas y adoptadas universalmente, fueron un poderodísimo medio para confesar y celebrar la verdadera fe en Jesús, Hijo de Dios, "consubstancial" al Padre , o sea, " de la misma naturaleza del Padre" , y nacido de la Virgen María (cf. el Símbolo de la fe de Nicea).

Esta es la preocupación básica que transciende en los sermones y homilías de los Santos Padres sobre el misterio de la Navidad. Basta citar a San Gregorio Nacianceno en Oriente y al papa San León Magno en Occidente. La extraordinaria rapidez con que la fiesta surgida en Roma se extendió por toda la cristiandad, no parece explicarse suficientemente por el deseo de oponerse al atractivo del paganismo, sino, más bien, a lo que hoy llamaríamos un servicio a la fe y a la verdad del misterio de Cristo. Es muy significativo el hecho de que por esta época se difunda también la fiesta de la Ascensión a los cuarenta días de la Pascua, por influjo de Hech l, 3 y a pesar de que venía a romper la unidad de la cincuentena pascual. La celebración de la Ascensión del Señor insistió también con toda fuerza en la doble naturaleza de Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre y en su preexistencia como Verbo eterno del Padre (cf. Jn 8, l4.23.58; l7, 5.24).

Al acercarse el año 2.000, el Gran Jubileo de la Encarnación , es necesario oir la invitación del Papa Juan Pablo II a activar la memoria vida de la Iglesia, uniéndola a la celebración del gran acontecimiento histórico que se hace actual en su dimensión salvífica siempre presente, el misterio del Nacimiento del Señor que cada año conmemoramos en la fiesta de la Navidad.

Las tres misas del día de Navidad, conocidas en Roma a comienzos del siglo VI, tienen su origen en la liturgia papal. Primeramente existía la celebración en la basílica constantiniana de San Pedro, donde el 25 de diciembre hacía estación la Iglesia local. Después del concilio de Efeso (año 431) se añadirá una segunda misa, a media noche del día 24, en la basílica Liberiana o Santa María la Mayor, ante el pesebre, que todavía se venera hoy delante del altar. Esta misa ponía punto final a la vigilia nocturna. Finalmente, ya en el siglo VI, cuando el obispo de Roma se dirigía desde su residencia de Letrán a celebrar la misa del día en la madrugada del 25 de diciembre, se inició la costumbre de detenerse en la Iglesia de Santa Anastasia, a mitad de camino entre Letrán y San Pedro del Vaticano. El Papa celebraba otra misa durante esta parada, ya que en la citada iglesia, perteneciente a la comunidad griega de Roma, se conmemoraba el aniversario de la dedicación. El Misal romano ha conservado, hasta la reciente reforma, la conmemoración de Santa Anastasia en la segunda misa del día de Navidad.

La fiesta de la Epifanía del Señor, como sugiere su nombre ( epipháneia = manifestación), nació en Oriente. Si se puede considerar como un antecedente de ella la fiesta de unas sectas gnósticas que en el siglo II, en Egipto, celebraban el día 6 de Enero el bautismo de Cristo, ciertamente es más antigua que la Navidad. Sin embargo, la primera noticia de la Epifanía en sentido ortodoxo, es decir, no herético, es de la segunda mitad del siglo IV y nos la da San Epifanio de Salamina. Este mismo Padre informa de los ritos paganos en honor de la diosa Core, que tenían lugar en Alejandría precisamente en dicho día para celebrar el aumento de la luz diurna. Quizá se trate de una situación análoga a la de Roma con el 25 de diciembre. Pero del testimonio de San Epifanio no se deduce más que el día 6 de enero era, para los cristianos de Egipto, la conmemoración del nacimiento del Señor.

Con esta significación original se extiende por todo el Oriente e incluso por Occidente, llegando antes incluso que la Navidad en alguna zona, como las Galias. La propagación de la Epifanía parece haber tenido lugar en el curso del siglo IV, al mismo tiempo que la Navidad. Por eso puede hablarse de un verdadero intercambio de fiestas.

Ahora bien, allí donde la Epifanía llega después, como ocurre en la mayor parte de Occidente, incluyendo la misma Roma, se producirá un desplazamiento del objeto inicial de la fiesta hacia la manifestación del Señor a los pueblos paganos con el episodio de la adoración de los Magos, evangelio clásico de esta festividad. De este modo quedarán configuradas estas dos grandes celebraciones, al menos en la liturgia romana.

Las otras fiestas del periodo natalicio del año litúrgico -la octava de Navidad, hoy de nuevo solemnidad de la Santa Madre de Dios; la fiesta de la Sagrada Familia y la fiesta del bautismo del Señor- tienen una historia más sencilla, y en los dos últimos casos apenas puede hablarse de historia, pués son de muy reciente institución: La Sagrada Familia en l921, el domingo siguiente a la Epifanía, y el bautismo del Señor, en l960, el l3 de enero. Una y otra han quedado definitivamente asignadas al domingo dentro de la octava de Navidad y al domingo después de Epifanía, respectivamente, en la reforma del calendario liturgico. En cuanto a la solemnidad del día l de enero, la conmemoración mariana quiere remontarse al siglo IV; concretamente, a la dedicación de Santa María la Antigua, en el Foro Romano, que habría tenido lugar en dicho día.

Estructura

Quizás la característica más notable de este tiempo litúrgico sea la acumulación de fiestas en tan corto periodo. Las principales son el 25 de diciembre y el 6 de enero ; pero le siguen en importancia la octava de Navidad , con la solemnidad de la Santa Madre de Dios , el l de enero; la fiesta de la Sagrada Familia , el domingo siguiente a Navidad; el domingo II de Navidad , que cae entre el 2 y el 5 de enero, y el domingo fiesta del bautismo del Señor , después de la Epifanía. En aquellos lugares donde el 6 de enero no es de precepto, la solemnidad de la Epifanía se traslada al domingo que caiga entre el 2 y el 8 de enero.

El tiempo litúrgico dedicado a la manifestación del Señor en nuestra condición humana se abre con las primeras vísperas de Navidad, en la tarde del día 24 de diciembre, y se cierra con las segundas vísperas del domingo que conmemora el bautismo de Cristo. No existe ya el llamado tiempo de Epifanía , sino únicamente el tiempo de Navidad , que abarca todo el ciclo. Se mantiene la octava de Navidad , que comprende, en los días 26, 27 y 28 de diciembre, las fiestas de San Esteban, San Juan y los Santos Inocentes, respectivamente. Todos estos santos forman el llamado cortejo del Rey .

La solemnidad del nacimiento del Señor tiene, además de la misa vespertina de la vigilia, las otras tres misas tradicionales de la medianoche, el alba y el día. Pero, como advierte el Misal , sólo pueden ser celebradas a sus horas propias.

La Natividad del Señor

Sin duda, es el día más cargado de densidad espiritual y teológica de todo el ciclo. Cuatro convocatorias para celebrar la eucaristía, además de las horas de Oficio divino. Como si la Iglesia quisiera estar continuamente contemplando el misterio (cf. Lc 2, l9).

"Hoy grande gozo en el cielo todos hacen,

porque en un barrio del suelo nace Dios.

¡Qué gran gozo y alegría tengo yo!"

canta ingenuamente el himno castellano de las primeras vísperas recogiendo motivos populares. Mientras tanto, la misa de la vigilia , la última puerta que, al caer la tarde, todavía nos separa de la fiesta, se abre con idéntica aclamación:

"Hoy vais a saber que el Señor vendrá

y nos salvará

y mañana contemplaréis su gloria"(Ex l6, 6-7).

Hoy es la palabra decisiva que no dejará de repetir la liturgia en las antífonas y responsorios del Oficio y en los cantos de las misas:

"Hoy ha nacido Jesucristo, hoy ha aparecido el Salvador;

hoy en la tierra cantan los ángeles, se alegran los arcángeles;

hoy saltan de gozo los justos, diciendo:

Gloria a Dios en el cielo" ( II vísp . ant. Magn .)

Es natural que la comunidad cristiana se alegre "con la fiesta esperanzadora de la redención" ( col misa de la vig .), porque ve como ha terminado la larga espera de la humanidad, concentrada en la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán; el Mesías que nacerá de María, la virgen desposada con José ( ev. vig .). La Iglesia se siente amada y favorecida por el Amado ( lª. lect. vig .), y por eso canta "las misericordias del Señor" ( salmo r .).

El Oficio de lectura , recogiendo el tema de las primeras vísperas, que hablan del "Rey de reyes, que viene del Padre como el esposo de la cámara nupcial" ( ant. "Magn." ), toma el salmo mesiánico 2 y el epitalamio real -salmo 44- para celebrar a Aquel a quien el Padre ha dicho: " Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado" (Sal 2, 7; Heb 2, 5); y la Iglesia: "Eres el más bello de los hombres" (Sal 44, 3). De esta alabanza participa la creación entera (cf. sal l8 A), en una visión idílica de paz universal en torno al renuevo brotado del tronco de Jesé (Is ll, l-l0: lect. bíblica ). De nuevo la Iglesia se vuelve a la finalidad redentora del nacimiento de Cristo y escucha estas hermosas consideraciones de San León Magno:

"Pues el Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, establecidos por los inescrutables y supremos designios divinos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido" ( Serm. l de Nav.: lect. patr .).

De suyo, el Oficio de lectura , verdadero oficio nocturno de la vigilia, desemboca en la misa de medianoche. Nuevamente todo el contenido de la celebración parece concentrarse en el canto de entrada:

"El Señor me ha dicho:

Tú eres mi Hijo yo te he engendrado hoy" (Sal 2, 7).

Se ha roto el silencio de la eternidad. Dios habla, y lo hace como un padre a su hijo. Pero, como se preguntará el autor de la carta a los Hebreos, "¿a quién de los ángeles dijo alguna vez estas palabras?" (Heb l, 5). A ninguno, porque solamente de Jesús el Espíritu Santo dirá por medio del ángel a María: "El Santo que nacerá de ti se llamará Hijo de Dios" (Lc l, 35). Pero ese Hijo eterno de Dios es también un niño recien nacido: "Y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre" (Lc 2, 7); es decir, un hombre que hace decir al profeta:

"Un niño nos ha nacido,

un hijo se nos ha dado" (Is 9, 5: lª. lect ,).

Por eso, el momento culminante de la celebración lo ocupa el anuncio del ángel:

"Os traigo la buena noticia, la alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de DAvid, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre" (Lc 2, l0-l2: ev .).

Y en este anuncio feliz re revela la gloria del Señor , que envuelve con su claridad no ya a los pastores, los primeros en oir la buena noticia (cf. Luc 2, 9), sino a todos los creyentes que en esta noche velan para recibir al Rey y Señor. Por eso, la colecta de esta misa empieza diciendo:

"¡Oh Dios, que has iluminado esta noche santa

con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera!";

del mismo modo que la liturgia hace suyas las palabras de San Pablo a Tito: " Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación" (Tit 2, ll: 2ª. lect .). E inmediaamente la constatación de que esta gloria y esta luz ahora sólo se manifiestan en los signos, de manera imperfecta, pero como certeza de "la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo" (Tit 2, l3). En este sentido la colecta concluye:

"Concédenos gozar en el cielo del esplendor de su gloria

a los que hemos experimentado

la claridad de su presencia en la tierra".

Así es como la liturgia de Navidad nos introduce en el misterio que celebra: primero actualiza para nosotros la buena noticia y después proyecta nuestra experiencia de la fe en el contenido de los signos, hacia la perfecta consumación y cumplimiento de cuanto celebramos. Este es el movimiento que se percibe en el maravilloso prefacio I de Navidad, compuesto, lo mismo que la colecta, por el papa San Gregorio Magno:

"Porque, gracias al misterio

de la Palabra hecha carne,

la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos

con nuevo resplandor,

para que, conociendo a Dios visiblemente,

él nos lleve al amor de lo invisible".

Y es que la gran señal donde ahora Dios se nos hace "visible" es la eucaristía, el admirable intercambio entre la tierra y el cielo, donde se vuelve a repetir el que tuvo lugar en la encarnación:

"Acepta, Señor, nuestras ofrendas en esta noche santa,

y por este intercambio de dones

en el que nos muestras tu divina largueza

haznos partícipes de la divinidad de tu Hijo,

que, al asumir la naturaleza humana,

nos ha unido a la suya de modo admirable" ( superobl .).

El efecto de la participación eucarística es nuestra divinización, hecha posible desde el momento en que el Hijo de Dios asumió nuestra condición humana.

La noche trascurre y empieza a clarear el alba. Otra vez está la Iglesia reunida en contemplación para los Laudes y la segunda misa, la de la adoración de los pastores.

En efecto, los laudes recuerdan también este momento que siguió al anuncio de los ángeles, y dialoga con ellos en una hermosa antífona que sirvió de base para el teatro religioso medieval de la Navidad:

"¿A quién habéis visto, pastores? Hablad, contádnoslo,

¿Quién se ha aparecido en la tierra?"

"Hemos visto al recien nacido

y a los coros de los ángeles alabando al Señor" ( ant . l).

La alabanza matinal, que asocia a la creación entera especialmente con el cántico de los Tres Jóvenes (Dn 3, 57-88.56), es una prolongación del coro angélico: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor" (lc 2, l4: ant. "Bened .").

La segunda misa de Navidad está inpregnada de la alegría de los pastores y de la dicha silenciosa de María, "que conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, l9: ev .). Todos ellos representan a " la hija de Sión , la ciudad no abandonada" (Is 62, ll-l2: 2ª. lect .). Y, sin duda, tomando pie de la luz del nuevo día, reaparecen otra vez los temas de la claridad y de la gloria del Señor, "que ha aparecido" al hombre (cf. Tit 3, 4-7: 2ª lect .). En efecto, el canto de entrada y el salmo responsorial dicen a una:

"Hoy brillará una luz sobre nosotros

porque nos ha nacido el Señor" (Is 9, 2.6).

mientras la colecta recuerda que "vivimos inmersos en la luz de la Palabra hecha carne" (cf. Jn l, l4).

Este será el gran tema de la tercera misa , la del día propiamente. Porque Navidad no es un día cualquiera, una fiesta más:

"Nos ha amanecido un día sagrado;

venid, naciones, adorad al Señor,

porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra" ( vers. del "Aleluya ").

La luz inunda completamente el día y la Iglesia, concentrada su vivencia en el continuo " Nos ha amanecido...". " Nos ha nacido...". " Se nos ha dado...", de enorme significado, porque designa a la comunidad local, que se ha reunido, se dispone a remontar las alturas del misterio de la mano del evangelista teólogo y de un Padre de la Iglesia a cuya pluma se deben los textos que usa la liturgia de esta misa: San Juan Evangelista y San León Magno, respectivamente.

El primero nos hace ver que ese niño recien nacido es " la Palabra que ya existía en el principio, que estaba junto a Dios y era Dios... y vida...y luz de los hombres... y que se huizo carne y habitó entre nosotros" (Jn l, l-l8: ev .). Al evangelista se une el autor de la carta a los Hebreos para señalar "al Hijo, por medio del cual Dios ha ido realizando las edades del mundo... el reflejo de su gloria, impronta de su ser" (Heb l, 2-3: 2ª. lect .). Su venida trae consigo la salvación de Dios, que llegará a todos los confines de la tierra (Is 52, 7-l0: lª. lect .).

El Padre de la Iglesia nos descubre la significación que el nacimiento de Cristo tiene para la historia de la salvación de los hobres, ofreciendo este impresionante texto para la plegaria colecta:

"¿Oh Dios

que de modo admirable has creado al hombre

a tu imagen y semejanza,

y de un modo más admirable todavía

elevaste su condición por Jesucristo!,

concédenos compartir la vida divina de Aquel

que hoy se ha dignado compartir con el hombre

la condición humana".

La oración tiene delante de sí la historia de la salvación: el momento de la creación y el momento, aún más sublime de la redención o restauración de la antigua dignidad humana, que el hombre perdió a causa del pecado (cf. Gén l, 27; Col 3, l0; Ef 4, 24; Rom 8, 29). Esta segunda obra es más admirable que la primera, porque en Jesucristo se ha producido una unión entre la humanidad y la divinidad inimaginable en la creación; y de una valía inmensa, pues el hombre Jesús refleja en su rostro la gloria del Padre (cf. 2 Cor l, l5), lo cual hace aún más digna la condición humana. En consecuencia, se pide que todos los que celebramos la Navidad podamos participar de la vida divina (cf. 2 Pe l, 4) de Aquel que no ha tenido inconveniente en tomar la humildad de la condición humana (cf. Flp 2, 7; 2 Cor 8, 9). La encarnación del Hijo de Dios ha sido un maravilloso cambio , en el que el hombre ofreció a Dios la naturaleza humana que él creara y que el pecado dañó, para recibir, en Cristo, la participación en la divinidad:

"Por él, hoy resplandece ante el mundo

el maravilloso intercambio que nos salva,

pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición,

no sólo confiere dignidad eterna

a la naturaleza,

sino que por esta unión admirable

nos hace a nosotros eternos" ( pref. III ).

La sagrada familia

La celebración de esta fiesta en los días inmediatos a Navidad, exactamente en el domingo dentro de la octava, no se debe a una aproximación superficial de la infancia de Jesús al nacimiento, sino que responde a motivaciones mucho más profundas.

Con el misterio del nacimiento del Señor, en feliz expresión de los Santos Padres, el cielo se ha unido a la tierra, lo humano se ha hecho divino. Y Jesús, en cuya persona se ha producido esta unión de Dios con el hombre, aparece como mediador de una alianza nueva; es decir, de una nueva relación de la humanidad con su Creador y restaurador, en la cual todos los hombres serán incorporados a una sola familia: la familia de los hijos de Dios, la Iglesia de Cristo.

Por eso, esta fiesta mira, en primer lugar, a la familia humana de Jesús, "maravilloso ejemplo a los ojos del pueblo" y escuela de todas "las virtudes domésticas" ( col .).Pero después nos invita a acercarnos a la familia eclesial, que vive "en el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada" (Col 3, l4: 2ª. lect .). De este modo, las familias cristianas, comenzando por la que formaron Jesús, María y José, son un signo de fecunda comunión, una Iglesia en pequeño o Iglesia doméstica , como la llamó el Vaticano II (LG ll).

La vida familiar, desarrollada bajo la mirada de Dios (cf. Eclo 3, 3-7.l4-l7: lª lect .), es la " base firme de la paz verdadera " ( superobl .). Las relaciones entre los esposos y entre los padres y los hijos (cf. Ef 5, 21-6,4: lect. Bíblica Of. lect. ) deben construirse aprendiendo siempre en la escuela "humilde y sublime de Nazaret" (PABLO VI: lect del Of. lect .). Esta escuela inicia, además, en el conocimiento de Cristo y de su misión salvadora (cf. Lc 2, 41-52: ev .).

Segundo Domingo

Este domingo es todo él un canto a Cristo, la Palabra eterna de Padre, que ha puesto su morada en medio de los hombres (cf. Jn l, l-l8: ev .):

"Un silencio sereno lo envolvía todo,

y, al mediar la noche su carrera,

tu Palabra todopoderosa, Señor,

vino desde el trono real de los cielos" (Sab l8, l4-l5: intr. ).

Por medio de esta Palabra, con la que se identifica la Sabiduría divina preexistente y personificada del Antiguo Testamento (Eclo 24, l-4. l2-l6: lª. lect .), fueron hechas todas las cosas y con ella Dios ha intervenido en la historia humana realizando su designio de salvación, que ahora se concreta en nuestra llamada a ser hijos de Dios por Jesucristo (cf. Ef l, 3-6. l5-l8: 2ª. lect .). La venida del Hijo eterno de Dios, "Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero", tiene por finaidad realizar en nosotros esta filiación divina adoptiva. Por eso, a los que le reciben y cren en él, reconociéndole como el Verbo eterno del Padre, "les ha dado poder para ser hijos de Dios" (Jn l, l2: ev .), "señalándoles el camino de la verdad" ( superobl .) y "purificándoles de sus pecados" ( posc .).

Al realizar todas estas obras, Cristo se revela como el portador de la gloria del Padre, es decir, de todo el dinamismo, que en Dios es vida y es luz (cf. Jn l, 4-5.9: ev .). Por eso, los creyentes, al celebrar el misterio de Navidad, podemos decir que, "hemos contemplado esa gloria; gloria propia del Hijo único del Padre. lleno de gracia y de verdad" (Jn l, l4: ev .), y suplicar con toda la Iglesia:

"Dios todopoderoso y eterno,

luz de los que en ti creen,

que la tierra se llene de tu gloria

y que te reconozcan los pueblos

por el esplendor de tu luz" ( col .).

Epifanía

La liturgia posconciliar ha sido totalmente fiel a la tradición romana y occidental de la fiesta de la manifestación del Señor . Por eso contempla el mismo misterio de la Navidad que la solemnidad del 25 de diciembre; pero lo hace destacando dos aspectos muy concretos: el primero es la revelación de la gloria infinita del Hijo unigénito del Padre, y el segundo es la llamada universal de todos los pueblos a la salvación de Cristo. Ambos aspectos están, no obstante, entrelazados.

"¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz;

la gloria del Señor amanece sobre ti" (Is 60, l).

El texto lírico del profeta de la consolación de Israel, primera lectura de la misa y del Oficio de lectura , invita a mirar con esperanza al futuro, a la gloriosa epifanía del final de los tiempos, que ya ha sido cumplida anticipadamente en el nacimiento de Jesús:

"Mirad que llega el Señor del señorio;

en la mano tiene el reino,

y la potestad y el imperio" ( intr. ).

"Rey de reyes y Señor de señores" (Ap l9, l6), viene, como corresponde a su dignidad regia, precedido de una estrella (cf. Mt 2, l-l2: ev .). "Los reyes de Tarsis y de las islas le pagan tributo; los reyes de Saba y de Arabia le ofrecen sus dones, ante él se postran todos los reyes de la tierra" (Sal 71, l0-ll: salmo r .); éste es el tema que destaca, ante todo, la liturgia de las Horas, tomando los salmos mesiánicos del Rey-Mesías: el l35 ( Vg l34), el 72 ( Vg 71), el 96 ( Vg 95), el 97 ( Vg 96), el 98 ( Vg 97, etc.; y cantando el himno cristológico de l Tim 3, l6 ( l Vís .), enmarcado en la siguiente antífona, que nos da la clave del papel que los Magos desempeñan en esta solemnidad:

"Esta estrella resplandece como llama viva

y revela al Dios, Rey de reyes;

los Magos la contemplaron

y ofrecieron sus dones al gran Rey"

En efecto, los Magos son los reyes anunciados por el Salmo 72 ( Vg 71), y le ofrecen oro e incienso, como profetizó Isaías (cf. lª lect .). La creencia popular, otra vez, se da la mano con la interpretación que la liturgia hace de la Biblia. Pero es significativo el simbolismo de los dones ofrecidos: oro como Rey, incienso como Dios -el pueblo añadirá: mirra como hombre, porque esta goma resinosa y perfumada aparece en la pasión (cf. Mc l5, 23; Jn l9, 39)-. Los Magos no sólo ha reconocido al Rey-Mesías que bascaban, sino que han adorado al Dios que se les manifestó, La honestidad del sabio que busca la verdad con humildad y constancia, recibe como premio la revelación del que es la Sabiduría infinita de Dios.

La Iglesia, también con humildad y sencillez, reconoce que "los dones" que ofrece "no son oro, incienso y mirra, sino Jesucristo, el Hijo de Dios, que se manifiesta, se inmola y se nos da en comida" en el misterio eucarístico ( superobl. ). La liturgia nos dice así donde podemos nosotros buscar y encontrar al Cristo que adoraron los Magos.

Pero esta manifestación de la divinidad del Rey-Mesías es también revelación de la salvación destinada a todos los hombres: "Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en Jesucristo por el evangelio", dice San pablo (Ef 3, 2-3.5-6: 2ª. lect .). Y añade San León Magno "Celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquel en que comenzó la salvación de los paganos" ( lect. patr. Of. Lect .).

La colecta de la misa lo declara también: "Señor, tú en este día revelaste a tu Hijo unigénito, por medio de una estrella, a los pueblos gentiles", mientras el prefacio da gracias por ello:

"Porque hoy has revelado en Cristo,

para luz de los pueblos,

el verdadero misterio de nuestra salvación;

pues, al manifestarse Cristo en nuestra carne mortal,

nos hicistes partícipes de la gloria de su inmortalidad".

Bautismo del Señor

El domingo que sigue a la fiesta de la Epifanía, dedicado a celebrar el bautismo de Cristo, señala la culminación de todo el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor. Es también el domingo que da paso al tiempo durante el año , llamado también tiempo ordinario.

Hay que felicitarse por esta fiesta, que ha venido a enriquecer notablemente el ya de por sí denso tiempo de Navidad-Epifanía. El significado del bautismo del Señor, múltiple y variado, pues mira no sólo al hecho en sí, sino también a su trascendencia para nosotros, se centra en lo que tiene de epifanía y manifestación:

"Señor, Dios nuestro,

cuyo Hijo asumió la realidad de nuestra carne

para manifestársenos,

comcédenos, te rogamos, poder transformarnos

internamente a imagen de aquel que en su humanidad

era igual a nosotros" ( col. 2 ).

El bautismo de Jesús, proclamado cada año según un evangelista sinóptico, es revelación de la condición mesiánica del Siervo del Señor, sobre el que va a reposar el Espíritu Santo (cf. Is 42, l -4.6-7: lª. lect ) y que ha sido ungido con vistas a su misión redentora (cf. Hech l0, 34-38: 2ª. lect. ). Ese Siervo, con su mansedumbre, demostrada en su manera de actuar, es "luz de las naciones" (cf. Is 42, l-9; 49, l-9: lect. bíbl. Of lect .). "Cristo es iluminado, dejémonos iluminar junto a él", dice San Gregorio Nacianceno comentando la escena ( lect. patr. Of. lect. ).

Pero el bautismo de Cristo es revelación también de los efectos de nuestro propio bautismo: "Porque en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo" ( pref .). Jesús entró en el agua para santificarla y hacerla santificadora, "y, sin duda, para sepultar en ella a todo el viejo Adán, santificando el Jordán por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua" (SAN GREGORIO N.: ibid). Esta consagración es el nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 5), que nos hace hijos adoptivos de Dios ( col .; cf. Rom 8, l5).

El fruto de esta celebración en nosotros es "escuchar con fe la palabra del Hijo de Dios para que podamos llamarnos y ser en verdad hijos suyos" ( posc .;cf. l Jn 3, l-2).

Ferias

La reforma litúrgica ha enriquecido este tiempo dotándolo de formularios para cada uno de los días no festivos,exactamente como ha hecho con el Adviento, Se este modo, la celebración del misterio de la Navidad se ve extraordinariamente enriquecida tanto por el Leccionario de la Palabra de Dios. antífonas, responsorios, etc., como por el Leccionario patrístico .

Desde el día 27 de diciembre, coincidiendo con la fiesta de San Juan Evangelista, se hace una lectura continuada en la misa de toda su primera carta. Como evangelios se leen acontecimientos de la infancia de Jesús (29 y 30 de diciembre), el primer capítulo de San Juan, que refiere manifestaciones del Señor a continuación del testimonio del Bautista (31 de diciembre al 5 de enero), y una serie de episodios epifánicos de la divinidad de Cristo tomados de los cuatro evangelistas (7 al l2 de enero).

El Oficio de lectura inicia el día 29 la lectura continuada de la carta a los Colosenses, el otro gran texto cristológico neotestamentario, hasta el dia 5 de enero inclusive. Pasada la solemnidad de la Epifanía, se toman diversos capítulos del profeta Isaías, a partir del 61. En cuanto a las lecturas patrísticas, ofrecen una amplia y profunda contemplación del misterio de la manifestación del Señor tanto en su nacimiento como en los otros momentos de su revelación como Hijo de Dios. Por temas pueden agruparse así:

a) La encarnación del Hijo de Dios y nuestra divinización :

San Agustín: 7 de enero.

San Atanasio: l de enero.

San León Magno: 25 de diciembre y 31 de diciembre.

San Bernardo: 29 de diciembre.

San Hipólito: 30 de diciembre.

San Máximo el Confesor: 4 de enero.

b) La epifanía, revelación de Cristo :

San Agustín: 5 de enero.

San León Magno: 6 de enero.

San Pedro Crisólogo: 7 de enero.

c) El bautismo del Señor y nuestro bautismo :

San Basilio: 2 de enero (día de su memoria).

San Cirilo de Alejandría: l0 de enero.

San Hipólito: 8 de enero.

San Gregorio Nacianceno: domingo-fiesta del bautismo del Señor.

San Máximo de Turín: ll de enero.

San Proclo: 9 de enero.

d) Las bodas de Caná:

Fausto de Riez: l2 de enero

e) Actitudes ante el misterio :

La caridad: San Agustín: 3 de enero.

El silencio de Nazaret: PABLO VI: dom. Sagrada Familia.