Año litúrgico - El Domingo en su dimensión comunitaria

Luis García Gutiérrez

Delegado de Liturgia de León (España)

 

Introducción: La Situación Actual

El objeto de esta conferencia cuaresmal no es realizar un análisis exhaustivo de la situación social de nuestro mundo con relación al tema del domingo; pero, a la hora de abordar esta cuestión, es necesario tener en cuenta una serie de factores que, de una manera u otra, condicionan nuestra reflexión y exigen una mayor toma de conciencia por parte de los creyentes del sentido cristiano del domingo y, en concreto, de su sentido comunitario.

Es fácil comprobar cómo, nuestra sociedad cada vez más secularizada, se va olvidando de la significación profunda del día del Señor y, por lo tanto, de su raíz cristiana. Han ganado preeminencia, por el contrario, otros aspectos (el descanso, la convivencia familiar, el encuentro con la naturaleza,…) que son legítimos y en muchos casos están incluidos en el sentido que la comunidad cristiana concede al domingo, pero son incompletos desde un punto de vista teológico; y su absolutización supone un grave empobrecimiento.

En muchos casos, el domingo es visto solamente en relación a la actividad laboral; de modo que este día significaría solamente una interrupción del trabajo; un día de descanso de las fatigosas y largas horas de trabajo del resto de la semana.

Por esta misma razón, en el ámbito laboral o académico, el domingo queda diluido en el contexto más amplio del descanso del “fin de semana”; un fin de semana que cada vez se anticipa más: por ejemplo, en el ámbito universitario, al jueves; y, a lo peor, lleva a considerar el domingo como el día de recuperación y el día de la angustia por la semana de trabajo o de estudio que se avecina.

Nuestro mundo caracterizado por el estrés y la prisa en el trabajo, obliga a que todo se oriente al día del descanso como el centro de las expectativas; todo se hace girar en torno al fin de semana (las ilusiones, los proyectos…), pero, llegado ese día, se produce la frustración por lo efímero del tiempo y de las actividades o, en el peor de los casos, por la imposibilidad del hombre para disfrutar de otro ritmo de vida distinto al que lleva el resto de las jornadas de actividad laboral. La Conferencia Episcopal Española ya advirtió hace unos años de este “ vaciamiento espiritual ” del domingo en la instrucción titulada “ Sentido evangelizador del domingo y de las fiestas ”; dice así:

“ Para gran parte de los hombres y mujeres el domingo es un día carente de sentido, justificado tan sólo por la necesidad de recuperar energías para el resto de la semana, de descansar de los excesos del sábado, de cambiar de tarea, de estar con la familia o de dedicarse a la ocupación favorita. Son muchos los que se aburren el domingo y no saben qué hacer o cómo llenar un espacio de tiempo que se alarga con el fin de semana y los puentes. Esta sensación de vacío espiritual y de tedio se puede dar también en los creyentes, incluso entre los que procuran asistir a la celebración eucarística el domingo o el sábado por la tarde. Muchos no aciertan a hacer de toda la jornada un día de alegría y de fiesta, aunque son muchos también los que han descubierto que los días festivos son un regalo de Dios no para evadirse ni para encerrarse en un horizonte estrecho, sino para disfrutar de cuanto tienen de hermoso el mundo y la naturaleza ” [1] .

El olvido del sentido cristiano del día del Señor, viene provocado en gran medida por la pérdida del sentido de Iglesia y de ser comunidad en los mismos que nos llamamos cristianos, como ya insinúa la instrucción del Episcopado Español. Nos vemos sumergidos en un círculo fatal que lleva progresivamente a una vivencia intimista y subjetiva de la fe y, por ello mismo, no se encuentran razones que justifiquen la existencia de un día en que la comunidad juega un papel determinante. A su vez, el descenso de la práctica dominical provoca una vivencia de la fe como un hecho aislado de la vida cotidiana y al margen de los demás creyentes.

En síntesis, podemos afirmar que existe una proporcionalidad directa entre la visión individualista de la fe – y su consiguiente reducción al ámbito más privado y personal –, y la pérdida del sentido comunitario de la celebración del domingo.

Este hecho se inserta además en la fuerte secularización de nuestro mundo actual [2] .

Los cristianos no somos ajenos a estas situaciones y, más de lo que nosotros quisiéramos, nos vemos sumergidos en esta dinámica de forma consciente o inconsciente.

Además, desde un punto de vista eclesial, están surgiendo nuevas situaciones que condicionan y modifican la celebración del domingo tal y como venía teniendo lugar secularmente. La carencia de sacerdotes exige el recurso en muchas parroquias rurales a las celebraciones del domingo sin el sacerdote; la gran movilidad de nuestro mundo hace que muchos cristianos pasen el domingo en otros lugares distintos de su residencia habitual; el abandono de la práctica dominical de tantos bautizados, sobre todo de jóvenes y personas de mediana edad; los grandes desplazamientos en el periodo de verano desde las ciudades a zonas rurales; el fenómeno del turismo…

Pero no todo son aspectos negativos de nuestro mundo. Existen signos muy positivos en relación al domingo que pueden y deber ser tenidos en cuenta por la Iglesia para llenarlos de contenido cristiano; tales como la importancia que el hombre actual concede al encuentro con la naturaleza y la preocupación por ella; el interés por aprovechar los “ tiempos de descanso ” por favorecer relaciones de encuentro y convivencia cordial en el seno de la familia o de los grupos de amistad; el mayor número de personas – más entre los jóvenes – que dedican su tiempo libre a la ayuda y la colaboración en la acción social con los pobres y marginados desde grupos cristianos o no cristianos; el aprovechamiento del domingo – fin de semana – para el fomento de las aficiones artísticas, musicales, creativas… Son signos que nos hablan en medio de esta sociedad de una búsqueda del ser humano por el bien, la belleza, la realización personal.

I.- El Domingo celebra la Pascua de Cristo

El concilio Vaticano II afirma en la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada Liturgia:

“ La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón ‘día del Señor' o domingo. […]Los fieles […] recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los ‘hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos' (1 Ped 1,3) ” [3] .

En este número, nos recuerda el Concilio que el origen de la fiesta dominical se remonta a la tradición apostólica; es decir, al testimonio directo de los apóstoles y, por lo tanto, a los principios de nuestra fe. En efecto, si estudiamos con detenimiento la historia de la liturgia de la Iglesia, el domingo es un hecho celebrado siempre y sin discusión y con total aceptación por todos los cristianos e iglesias desde los orígenes. No ocurrió lo mismo, por ejemplo, con la fecha de la pascual anual [4] . Es más, antes de que se comenzara a organizar el año litúrgico y a celebrar la Pascua anual, ya se celebraba el domingo.

Pero, añade la constitución conciliar, la institución del domingo asienta su fuerza y sentido profundo en el mismo hecho de la resurrección de Cristo.

Efectivamente todos los evangelistas coinciden en afirmar que el acontecimiento central de nuestra fe – la victoria del Señor sobre la muerte – acontece el día después al sábado judío [5] .

Pero no sólo la resurrección sino también las apariciones de Cristo resucitado a los discípulos sucedieron – usando las expresiones neotestamentarias – “ el día después del sábado ” o “ el primer día de la semana ”. Si nos fijamos, por ejemplo, en el relato del evangelista san Juan (20, 19-29), Cristo se manifiesta tras su Pascua a los discípulos reunidos – excepto Tomás – el mismo día de su resurrección por la tarde, y vuelve a hacerlo ocho días después. Es como si el evangelista, refiriéndonos este hecho, anunciara solemnemente el comienzo de una tradición que nace del acontecimiento de la resurrección y de la acción y voluntad de Cristo para su Iglesia; es más, no hay duda que el autor sagrado actúa como un “ notario ” que certifica ya la costumbre de la comunidad cristiana: esta indicación es una referencia clara a una práctica de la Iglesia que se reunía el primer día de la semana para celebrar la Pascua de Cristo.

Sin embargo, en estos primeros albores de la fe, la Iglesia naciente carecía de terminología propia y específica para designar al domingo; por ello nombraba este día en relación a la semana judía [6] ; hemos referido, a propósito de los relatos de la resurrección, que los evangelios hablan del “ primer día de la semana ” y “ el día después del sábado ”. Con el paso del tiempo, la comunidad necesitó dar un nombre propio a este día. Vamos ahora a detenernos en este hecho; aunque, a primera vista, pueda resulta mera erudición, veremos cómo el estudio de los dos primeros nombres que se le dieron al domingo, tiene para nosotros gran importancia; no son accidentales, por el contrario, nos permite ver qué es lo que pensaba la Iglesia primitiva de este día; en efecto, cuando creamos un nuevo término, pretendemos principalmente que sea lo más preciso y encierre el sentido más pleno de la realidad que queremos definir. En nuestro caso, estos nombres son dos: “ el día del Señor ” y “ el octavo día ”.

I.- 1. El Día del Señor.

Encontramos ya la expresión “ día del Señor ” en el Apocalipsis (1,10), día en que tuvo lugar la revelación de Jesucristo al vidente en la isla de Patmos. Se trata, por lo tanto, del primer “ nombre propio ” que la comunidad aplica al domingo y se remonta a los tiempos apostólicos [7] .

Este giro nos dice que el domingo es un día íntimamente vinculado a la celebración de la Eucaristía; si los cristianos celebran la presencia de Cristo en la “ Cena del Señor ” (1Cor 11,20ss) el primer día de la semana, es totalmente coherente e inmediato que ese día se llame “ día del Señor ”. Dicho de otra forma, este nombre aplicado al domingo “ no procede del acontecimiento sucedido una vez por todas de la resurrección, … [sino] de la experiencia semanalmente repetida de la presencia del Señor exaltado en medio de la congregación reunida para la Cena del Señor, y esta última práctica tuvo su origen en las apariciones de la noche de Pascua ” [8] .

En otras palabras, la designación “ día del Señor ” proviene de la experiencia de la celebración litúrgica, más que de una reflexión especulativa sobre la resurrección. Sólo en un estado posterior la expresión vino a ser interpretada en este segundo sentido [9] ; pero primeramente significaría “ día en que la comunidad celebra al Señor resucitado ”.

Una última consideración a propósito del término. La expresión castellana “ día del Señor ”, es imprecisa e incorrecta atendiendo a su origen griego. La traducción correcta sería “ día señorial ” [10] ; es decir, “ el señor de los días ”, “ el día por excelencia ”, “ el día de los días ”; es el día en que se celebra al Señor Resucitado y por ello es el día que está por encima del resto, es el día en que se celebra a Cristo victorioso que reina en el cielo, y así, su día reina sobre todos los demás. Por ello, el número ya citado de la Constitución Sacrosanctum Concilium afirma: “ el domingo es la fiesta primordial ” de los cristianos, núcleo y centro del año litúrgico.

Concluimos esta primera forma de denominar al domingo con estas palabras que resumen perfectamente aquellos que queremos indicar:

“ La resurrección de Cristo de entre los muertos, su manifestación en la asamblea de los suyos, el banquete mesiánico tomado por el resucitado con sus discípulos, el don del Espíritu y el envío misionero de la Iglesia, tal es la Pascua cristiana en su plenitud. Éste es el acontecimiento central de la historia de la salvación, que marcó para siempre el primer día de la semana. Todo este misterio que celebrará el domingo está ya presente en el día de Pascua; el domingo no será más que la celebración semanal del misterio pascual ” [11] .

I.- 2. El octavo día.

A primera vista, la expresión “ octavo día ” resulta paradójica. No puede existir, desde el punto de vista cronológico, un octavo día si la semana está compuesta de siete. Para comprender el sentido de la expresión debemos recurrir a su valor simbólico fundamentado en la tipología usada por los padres de la Iglesia para explicar los misterios cristianos [12] .

El primer día de la semana es, al mismo tiempo, el octavo día, porque, con la resurrección de Cristo celebrada el domingo, la humanidad ha pasado ya del tiempo de la profecía al tiempo de la escatología; de la esperanza en las promesas hechas por Dios en la antigüedad a su realización. Es ya el nuevo tiempo de la salvación. Y por eso, es una novedad absoluta que no se puede encerrar en el tiempo, sale de él; el tiempo del “ sábado ” ha concluido; la resurrección inaugura un tiempo que rompe sus propios límites para abrirse a la eternidad de la contemplación del Resucitado [13] . San Agustín afirma en este sentido: “ Así pues, el primer día será el octavo, ya que esta vida primera pasa a ser la eterna ” [14] .

La expresión “ octavo día ” indica que ya no existe más la sucesión de los tiempos. Afirma Juan Pablo II:

“[…] el domingo significa el día verdaderamente único que seguirá al tiempo actual, el día sin término que no conocerá ni tarde ni mañana, el siglo imperecedero que no podrá envejecer; el domingo es el preanuncio incesante de la vida sin fin que reanima la esperanza de los cristianos y los alienta en su camino. […] La celebración del domingo, día ‘primero' y a la vez ‘octavo', proyecta al cristiano hacia la meta de la vida eterna ” [15] .

Podemos preguntarnos por qué y cómo los primeros cristianos llegaron a elaborar este nombre. La razón, al igual que en el caso anterior, hay que buscarla en la celebración litúrgica. El “ octavo día ” debe ser explicado en función de la práctica litúrgica del bautismo. Este sacramento se celebró en domingo desde una fecha muy temprana, posiblemente a finales del siglo I. De igual manera, la vinculación entre el bautismo y el número ocho se encuentra en la tipología en el Antiguo Testamento; los primeros cristianos vieron en determinados personajes y eventos de la antigua ley, la prefiguración que anunciaba los misterios cristianos [16] ; así por ejemplo, la circuncisión judía – que debía ser practicada a los ocho días de vida del niño – o las ocho personas salvadas del agua del diluvio, eran figuras (“ typos ”) de la nueva y definitiva consagración del hombre en virtud de la resurrección de Cristo que viene por el agua nueva que ya no es castigo y condena sino salvación, gracia y vida nueva en el Señor [17] .

Así mismo, el número ocho representa la plenitud; si lo aplicamos, entonces, al primer sacramento de la iniciación cristiana, quien celebra el bautismo entra en la plenitud de vida y de perfección.

Esta estrecha unión entre el simbolismo del número ocho y el bautismo aparece también reflejada en la arquitectura. Los baptisterios y las fuentes bautismales más antiguos tienen ocho lados y sus muros son decorados frecuentemente con mosaicos en los que encontramos estos temas tipológicos aducidos anteriormente [18] .

En conclusión, podemos afirmar que “ los dos nombres cristianos para el domingo proceden, por lo tanto, de los dos actos litúrgicos más importantes que se celebraban en aquel día: el bautismo y la Santa Cena. Sobre la base de estos dos títulos inventados por los primeros cristianos, podemos deducir el significado que el domingo tenía para ellos: era el día de sus dos sacramentos ” [19] .

II.- El Domingo, Día de la Comunidad Cristiana

Los primeros nombres propios del día del Señor enseñan que la celebración dominical tiene su fundamento en el misterio pascual de Cristo y en su actualización en la vida del cristiano por medio de la celebración de los sacramentos del bautismo y la Eucaristía.

Por esta misma razón, en el mismo ser del domingo exige una condición previa que es constitutiva y esencial a su sentido más profundo, esta condición es la reunión de los creyentes . Ello tiene tal fuerza que podemos llegar a afirmar que sin asamblea no hay domingo [20] ; antes bien, la asamblea es el primer signo de la presencia del Señor Resucitado en medio de los suyos y la posibilidad de su alabanza.

En la antigüedad se utilizaba la palabra “ sinaxis ” para referirse a la celebración de la Eucaristía; pero su traducción literal es la de “ reunión ”, “ asamblea ”. Hay que notar que se recurrió al acto de “hacer asamblea” para designar el contenido de lo que se celebraba: el hecho de reunirse quería decir celebrar la Eucaristía y celebrar la Eucaristía quería decir reunirse. Esto nos tiene que hacer pensar en la importancia que se concedía a la comunidad reunida y al sentido de pertenencia a una comunidad local concreta: “ la asamblea fue desde el principio, signo de pertenencia a la Iglesia, y como tal la vivieron intensamente los cristianos, llegando a constituir una nota distintiva de la Iglesia misma. La participación en la asamblea se consideraba algo constitutivo de la vida del cristiano y se realizaba algo connatural y espontáneo en orden a la profesión de los ideales cristianos ” [21] .

Es muy iluminador, en este sentido, el testimonio de los 49 mártires de Abitinia (Túnez) del año 304, que el papa Benedicto XVI recordó el año pasado con ocasión de la solemnidad del Corpus Christi ; El Santo Padre decía así en su homilía:

“[…] el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas.

En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: ‘Sine dominico non possumus'; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados ”.

Sin el domingo no podemos vivir. La reunión comunitaria, es esencial al ser mismo del cristiano; es la vida del cristiano; nadie puede vivir la fe en Cristo Jesús si no es en la Iglesia; y de igual manera, nadie puede celebrar la fe al margen de la Iglesia. Por eso, el reconocimiento del otro como hermano y miembro del mismo cuerpo al que yo pertenezco, es la primera condición, no sólo para celebrar la fe, sino también para ser cristiano.

Con esta certeza es como podemos entender las palabras de la Didascalia Apostolorum (siglo III); el documento exhorta a no olvidar la obligación moral del cristiano de participar en la reunión dominical. La ausencia de un cristiano es la ausencia de un miembro del cuerpo de Cristo: “ Que nadie sea causa de merma para la Iglesia al no asistir, ni el Cuerpo de Cristo se vea menguado en uno de sus miembros… No os engañéis a vosotros mismos y no privéis a nuestro Señor de sus miembros, ni desgarréis o disperséis su cuerpo. No antepongáis vuestros asuntos a la Palabra de Dios, sino abandonad todo en el día del Señor y corred con diligencia a vuestras asambleas, pues aquí está vuestra alabanza. Si no, ¿qué excusa tendrán ante Dios los que no se reúnen el día del Señor para escuchar la Palabra de vida y nutrirse del alimento divino que permanece eternamente? ” [22] .

Este mismo principio lo encontramos en el Nuevo Testamento; allí los cristianos aparecen ante todo como “ aquellos que se reúnen ”. Son muchos los pasajes que nos hablar de ello. Destacamos solamente dos:

El primero, Hbr 10,25, es una exhortación a la perseverancia en las reuniones de la comunidad. El autor de la carta constata la defección de algunos e insiste encarecidamente a los cristianos para que no olviden su pertenencia a la Iglesia: “ no abandonemos nuestra asamblea, como algunos tienen por costumbre, sino animémonos mutuamente, tanto más cuanto que ya veis que el día se acerca ”. Es cierto que no se indica que esas reuniones acontezcan en domingo; sin embargo, podemos ver delineada tanto la preocupación por la práctica de reunirse como el interés el interés que la comunidad cristiana primitiva concede a estos encuentros.

En el segundo texto – 1Cor 16,1-3 – san Pablo solicita a la comunidad de Corinto una colecta en favor de la Iglesia de Jerusalén. El apóstol da como presupuesto que esa colecta se realiza “ los domingos ”, porque es el día que se reúnen; el uso en plural de la palabra (“ domingos ”) connota la asiduidad con que tenía lugar: “ Con relación a la colecta a favor de los hermanos de Judea, haced vosotros también lo que ordené a las iglesias de Galacia. Que los domingos aporte cada uno lo que haya podido ahorrar ”.

En este mismo sentido podemos aducir el testimonio de san Justino (siglo II), quien nos informa de la celebración dominical de la eucaristía y de la comunicación de bienes entre los fieles: “ Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, da lo que bien le parece, y lo recogido se entrega al presidente, y él socorre con ello a huérfanos y viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso, y, en una palabra, él se constituye provisor de cuantos se hallan en necesidad ” [23] .

Como hemos tratado de mostrar sucintamente, la Iglesia, que es, ya desde el significado etimológico [24] “ convocación ” y “ reunión ”, encuentra en el domingo el mejor día para la manifestación de su ser más profundo: señal e instrumento de la unión con Dios y de la unidad de los hombres entre sí en torno a Cristo y a su Misterio Pascual. Dicho de otro modo, la reunión dominical no es puramente funcional o práctica sino que tiene un sentido mucho más profundo del que podríamos encontrar en cualquier otro tipo de reunión ecelsial.

La razón de esta originalidad de la asamblea litúrgica dominical reside en una doble certeza: la convicción de la propia asamblea que la iniciativa de la convocatoria no viene de la decisión de los convocados ni de una autoridad humana, sino de Dios; y la convicción de la presencia de Cristo Resucitado en medio de ella (cfr. Mt 18,20; SC 7). Estas dos características definen la reunión litúrgica, pero, al mismo tiempo, definen a la misma Iglesia. Como podemos observar, Iglesia y celebración son dos realidades que están intrínsecamente unidas.

Este es el sentido que San Juan Crisóstomo (siglo IV) constata al decir que la unidad exterior en la oración manifiesta la unidad interior del cuerpo de Cristo, así como la presencia del Señor en esta asamblea orante, y subraya la alegría y el consuelo que se experimentan al verse los cristianos reunidos [25] .

Creemos que son muy oportunas las palabras de los obispos de España a propósito del tema:

“ El Señor, después de la resurrección, agrupó de nuevo a los discípulos y se hizo presente en medio de ellos (cf. Lc 24,36-45; Jn 20,19-29). La primera nota de la Iglesia que pone de manifiesto la celebración del domingo es la reunión de la asamblea. Aunque cada cristiano ha de vivir su incorporación al Misterio Pascual de Jesucristo todos los días, en la dispersión de su existencia y de sus ocupaciones, al llegar el domingo se sabe llamado a reunirse con sus hermanos, con los que forma el cuerpo de Cristo, para encontrarse a su vez con el Señor resucitado, que prometió estar presente ‘donde dos o más se reúnan en su nombre' (Mt 18,20; cf. 20,20).

Esta asamblea, convocada por el Resucitado y reunida en su Espíritu, es la principal manifestación de la Iglesia (cf. SC 41-42; LG 26), un elemento esencial al domingo y a la misma comunidad cristiana. Por esto no debería faltar ni siquiera en aquellos lugares donde la falta de sacerdote no permite celebrar la eucaristía del domingo. La asamblea es la ocasión de encontrarse los que están llamados a ‘tener un sólo corazón y una sola alma' (cf. Hch 4,32). El cristiano que no frecuenta la asamblea dominical, difícilmente vivirá su fe eclesialmente y se irá alejando poco a poco de la comunión que hace de la iglesia un sacramento o señal de la unión con Dios y de la unidad de todos los hombres, signo indispensable para la acción evangelizadora de hoy ” [26] .

Es clara la conexión entre la eclesiología y la liturgia que se desprende de estas palabras. La Iglesia se expresa ante todo y sobre todo en la reunión de la comunidad para celebrar los divinos misterios del Señor: la Iglesia es lo que se manifiesta en una celebración de la Eucaristía. Es esta una realidad que, como podemos comprobar, la Iglesia primitiva y los santos padres tuvieron siempre muy claro, pero que con el paso del tiempo se fue olvidando. Afortunadamente el concilio Vaticano II ha vuelto a llamar nuestra atención sobre ello cuando dice que “ la liturgia […] contribuye en sumo grado a que los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia ” (SC 2).

III.- La Comunidad reunida el Domingo celebra la Eucaristía

“ La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón ‘día del Señor' o ‘domingo'. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios […] . Por esto el domingo es la fiesta primordial […]” (SC 106).

Si el domingo es por excelencia el día de la resurrección y el día en que se reúnen los cristianos –día de la comunidad–, es también, y precisamente por todo ello, el día de la Eucaristía. La reunión de los cristianos el día del Señor, no es “amorfa” o espontánea [27] sino que tiene una forma y una finalidad concreta: la celebración del Sacrificio Eucarístico. Es de esta manera es como lleva a cabo la “ santificación del día del Señor ”.

La comunidad reunida por sí misma, no sería suficiente para esta santificación. A la reunión comunitaria debe unírsele la actualización de la Pascua del Señor anticipada en la Última Cena con sus discípulos y perpetuada en el banquete de la mesa del cuerpo y sangre del Cristo y del pan de su palabra. De esta manera, la Pascua del Señor se actualiza en la Pascua semanal de la Iglesia .

La ‘forma', la ‘estructura' de la comunidad reunida viene definida por la celebración de la Misa. Y esa ‘forma' es la unidad de la Iglesia, la comunión de todo pueblo de Dios; de lo que se sigue su fuerte e insustituible valor comunitario [28] . En efecto, la Eucaristía, como acción litúrgica que es, manifiesta la unidad del pueblo de Dios (cfr. SC 26; DD 35-36), dando así cumplimiento lo que ya aparece explicitado de la primera comunidad cristiana en el libro de los Hechos de los Apóstoles: “ El grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo ” (4,32); una unidad que se realiza al mismo tiempo en la diversidad de ministerios. La celebración del domingo, a nivel externo, se concreta en la participación de todo el pueblo de Dios ejerciendo los ministerios ordenados y laicales. Pero a nivel de participación interna (cfr. SC 19) se concreta en la voluntad conjunta de escuchar la palabra que Dios dirige a su pueblo y en la voluntad concorde de hacerla vida poniéndola por obra, en el esfuerzo de vivir la fraternidad operativa con todos los creyentes y con los no creyentes; y en el testimonio vital en medio del mundo; en definitiva, en acoger la salvación de Dios realizada por Cristo y en la vivencia de la nueva vida y del nuevo mandamiento (cfr. Jn 13, 34). Esta unidad de fe, esperanza y caridad es el testimonio más eficaz del amor de Dios en el mundo, como ha señalado recientemente el Papa Benedicto XVI en su Encíclica sobre el amor cristiano [29] .

Desde el punto de vista de la exterioridad de la celebración, la Misa del domingo – salvo pequeños detalles – es idéntica a la que se celebra en cualquier otro día de la semana; por ello, podemos preguntarnos legítimamente porqué es ese día y no otro en el que pone la Iglesia toda su insistencia.

La historia de la liturgia nos dice que en el origen se celebraba ante todo la Misa del domingo. Sólo progresiva y muy tardíamente se fue extendiendo la práctica de la celebración cotidiana; de hecho se generalizó en los días feriales en la alta edad media [30] .

El valor del domingo y de su celebración reside, por lo tanto, en el plano simbólico de ese día, en aquellos aspectos ya detallados anteriormente que expresan su singularidad y ha confirmado la Iglesia a lo largo de los siglos recordando a todos los cristianos la obligatoriedad de participar en la Misa dominical. La resurrección de Cristo y la espera de la Parusía dan sentido pleno a la celebración del domingo: “ Siempre que se reúne la comunidad para celebrar la eucaristía, anuncia la muerte y resurrección del Señor, en la espera de su venida gloriosa. Esto lo manifiesta especialmente la reunión del domingo, es decir, aquel día de la semana en que el Señor resucitó de entre los muertos y en el que, según la tradición apostólica, se celebra de un modo especial el Misterio pascual de la Eucaristía ” [31] .

De esta forma la pregunta no debería ser porqué tiene que ser la Misa en domingo si no hay diferencia formal ni de contenido con las misas feriales, sino que el planteamiento correcto sería: la Misa del domingo deberá ser efectivamente el paradigma de cualquier otra celebración subrayando la dimensión eclesial [32] .

Al hablar de la necesidad de la Eucaristía en el domingo, recordamos aquellas mismas afirmaciones que el papa Juan Pablo II ha expresado tan bellamente en su última encíclica Ecclesia de Eucharistia ; aunque no se refiere directamente a la Eucaristía dominical, podemos aplicarlo a ella por excelencia: “ La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia ” (1); “ Del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial ” (3); “ El sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo (cf. 1 Co 10,17) ” (21). Por esta razón, la Eucaristía del domingo es el “ lugar en el que se realiza concretamente el misterio de la Iglesia ” y “ subraya con nuevo énfasis la propia dimensión eclesial ” (DD 34).

Conclusiones :

El sentido fundamental y fundante del día del Señor es la resurrección de Cristo; el domingo la celebra, la anuncia y la proclama. Pero en sentido más amplio podemos afirmar que la Pascua encierra en sí la totalidad del Misterio de Cristo; así pues, la Eucaristía dominical celebra este misterio que alcanza su momento cumbre en la donación total de Cristo en la cruz y en su resurrección.

El domingo encierra otros aspectos que no podemos tratar en este momento; ellos forman también parte de la naturaleza del día del Señor y están intrínsecamente unidos a la celebración: el domingo es por excelencia el día de la caridad cristiana, es el día de la alegría, el día del descanso, el día de la esperanza, el día de la solidaridad…

La reunión del pueblo de Dios en domingo es “ la suprema manifestación sacramental de la comunión de la Iglesia ” (EdE 38) y al mismo tiempo es fuente y alimento de la comunidad y de la comunión: “ la Eucaristía edifica la comunidad ”.

Si afirmamos que “ en la liturgia se escucha cómo late el corazón de la Iglesia ” [33] , la Eucaristía dominical es el índice de salud espiritual de nuestras comunidades cristianas; y no me refiero solamente a la asistencia sino al grado de participación tanto interna como externa. Los cristianos siempre tendremos que estar prevenidos contra el peligro de la rutina en nuestras celebraciones. No somos meros espectadores pasivos sino miembros vivos del Cuerpo de Cristo que alaban a Dios y acogen su salvación.

“ La asamblea comunitaria debe ser particularmente destacada a nivel pastoral ” (DD 35) y convertida en el paradigma y referente de cualquier otra celebración semanal. “ Entre las numerosas actividades que desarrolla una parroquia, ninguna es tan vital o formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía ”. (DD 35).

La celebración del domingo deberá despertar en el cristiano el sentido de pertenencia y amor a una comunidad concreta – que, en primera instancia, será la parroquia, y, por ello a la diócesis – y su corresponsabilidad en la marcha de esta comunidad; y debe despertar también el sentido de comunión: esto es, la unidad fraterna con todos aquellos con los que se es Iglesia de Cristo. El papa Benedicto XVI ha dicho recientemente que “ la Eucaristía podría considerarse como una ‘lente' con la que se puede examinar continuamente el rostro y el camino de la Iglesia ” [34] .

“ El Concilio Vaticano II ha recordado la necesidad de ‘trabajar para que florezca el sentido de comunidad parroquial, sobre todo en la celebración común de la Misa dominical – SC 42 –' ” (DD 35). En muchos casos, el único contacto de los fieles con la Iglesia se produce con ocasión de la Misa del Domingo. No debemos desaprovechar la ocasión de mostrar y potenciar por medio de esa celebración el sentido de ser comunidad parroquial. Con este criterio se debe interpretar la advertencia que Juan Pablo II hace sobre las Misa de grupos pequeños. El papa quiere salvaguardar y promover plenamente la unidad de la comunidad eclesial (cfr. DD 36). Sería un contrasentido que el sacramento, que es por definición el sacramento de la unidad, se celebre siempre y sistemáticamente al margen de la gran comunidad que es la parroquia o al margen de la comunidad religiosa.

La afirmación tan difundida como errónea que tantas veces oímos “ yo soy cristiano, pero no practicante ” es una absoluta contradicción en sí misma. En ella se esconde un fuerte individualismo y una ausencia total de sentido de Iglesia. Esas palabras – tan de moda en la actualidad – esconden no sólo un problema de fe sino también un radical subjetivismo en que uno mismo se erige como la norma del creer, pensar y actuar.

El domingo es el día más conveniente para la celebración del sacramento del bautismo por el sentido que tiene de participación del neófito en la Pascua de Cristo y por su incorporación a la Iglesia concretada en la parroquia. En este sentido hay que valorar y considerar la recomendación del Ritual del Bautismo de Niños cuando afirma que se debe preferir la celebración de esta sacramento en domingo (cfr. n. 46, p. 19).

El centro del domingo es la celebración de la Eucaristía. Incluso en aquellos lugares donde no es posible su celebración por la razón que sea, no deberían faltar los otros elementos constitutivos – la reunión de la comunidad y la referencia a la resurrección del Señor – en otras celebraciones como la liturgia de la palabra – con o sin distribución de la Eucaristía – el culto eucarístico fuera de la Misa o la celebración de la liturgia de las horas. Y siempre, en estos lugares, debe despertarse una sincera y auténtica hambre de la Eucaristía por parte del moderador de estas celebraciones.

En la Eucaristía del domingo, por ser el centro de ese día y expresión de la unidad de la Iglesia, deben ejercerse todos los ministerios posibles – ordenados y laicales – expresando así la riqueza y variedad de los carismas puestos servicio del pueblo de Dios.

Tanto los sacerdotes como los equipos de liturgia y responsables de la celebración deben esforzarse por no caer en la rutina de los domingos del tiempo ordinario, como si fueran menos importantes que aquellos de los llamados “tiempos fuertes”. Por el contrario, los domingos del tiempo ordinario, precisamente por no destacarse algún aspecto concreto del año litúrgico, permiten expresar más nítidamente el sentido del domingo: el Misterio Pascual de Cristo.

Se debe respetar siempre la fisonomía que la liturgia ha diseñado para cada domingo según el tiempo litúrgico correspondiente: respetando los textos eucológicos y bíblicos y evitando la superposición de elemento extraños a la celebración que oculten su significado y sentido. Incluso cuando la Iglesia nos propone campañas y jornadas, éstas deben insertarse en el contexto de la celebración del domingo de tal manera que aparezca claramente que lo primordial es la celebración de la Pascua semanal.

Debería potenciarse en nuestras comunidades el culto eucarístico fuera de la Misa en el domingo. La adoración al Señor en el pan consagrado siempre ha sido una fuente inagotable de vida cristiana y está en perfecta consonancia con la celebración de la Eucaristía dominical, ya que la prepara y la prolonga en el tiempo.

De todo lo dicho anteriormente, se puede concluir la importancia que tiene el domingo para la vida de la Iglesia en general y para la vida del cristiano en particular. Tanto así que podemos afirmar que no existe vida cristiana sin el domingo. El deber de participar del cristiano en la celebración es triple: deber con Dios, deber consigo mismo y deber con la comunidad (cfr. Sínodo de los Obispos de 2005, proposición 30).

Prefacio Dominical X del Tiempo Ordinario (titulado, El día del Señor): En verdad es justo bendecirte y darte gracias, Padre Santo, fuente de la verdad y de la vida, porque nos has convocado en tu casa en este día de fiesta. Hoy tu familia, reunida en la escucha de tu Palabra, y en la comunión del pan único y partido, celebra el memorial del Señor resucitado, mientras espera el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso. Entonces contemplaremos tu rostro y alabaremos por siempre tu misericordia.

Notas:

[1] Conferencia Episcopal Española , Sentido evangelizador del domingo y las fiestas , Madrid 1992, 8.

[2] F. Sebastián Aguilar , Los fieles laicos, iglesia presente y actuante en el mundo , (Congreso de Apostolado Seglar), Madrid, 12 de noviembre de 2004.

[3] SC 106.

[4] Recordemos la llamada cuestión “ cuartodecimana ” de finales del siglo II: algunas Iglesias pretendían celebrar la Pascua el 14 del mes de Nisán (día en que se prescribía entre los judíos el sacrificio de los corderos); y otras, guiadas por Roma, lo hacían el domingo siguiente al 14 de Nisán. Más que un asunto de fechas, lo que se debatía en el fondo era si la Pascua recordaba la muerte o la resurrección de Cristo. Cfr. J. López Martín, El domingo, fiesta de los cristianos , Madrid 1992, 95-96.

[5] Cfr. Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1.

[6] No entramos ahora en la cuestión de la pervivencia del culto en el sábado por parte de algunos primeros cristianos de la Iglesia apostólica. Cfr. W. Rordorf , El domingo , Madrid 1971, 120-153.

[7] Juan Pablo II, Dies Domini , 1; en adelante DD. Pueden consultarse también los testimonios de: Didaché 14,1, ed. W. Rordorf – A. Tuilier (Sources Chrétiennes 248), París 1978, 193 y S. Ignacio de Antioquía, Ad Magnesios 9,1-2, ed. J.J. Ayán Calvo, Madrid 1991, 133.

[8] W. Rordorf , El domingo , Madrid 1971, 272.

[9] Prueba y testimonio de este segundo estadio es el nombre con el que aún se designa al domingo en la liturgia bizantina: “ anastàsimos ”, día de la resurrección.

[10] Kyriakê êméra , en el original griego. El sustantivo “ êméra ” está adjetivado con la referencia al Señor. Cfr. M. Augé, «L'anno liturgico nei primi quattro secoli» (Scientia Liturgica V), Casale Monferrato 2000 2 , 171-172. Puede verse un estudio más detallado en B. Botte, Las denominaciones del domingo en la tradición cristiana (Cuadernos Phase 24), Barcelona 1990, 15ss.

[11] A . Martimort, La Iglesia en oración , Barcelona 1992 4 , 898.

[12] “Los signos utilizados por la liturgia son principalmente signos bíblicos. La inteligencia de los sacramentos viene dada por la evocación de los tipos bíblicos en la catequesis y en las grandes plegarias consacratorias. En la Biblia y en la liturgia, idéntica es la actitud del hombre ante Dios, idéntica la visión del mundo, la interpretación de la historia, hasta el punto que no puede haber una vida litúrgica sin la iniciación a la Biblia y que, a su vez, la liturgia ofrece de la Biblia un comentario vivo que le da toda la plenitud de sentido”. A . Martimort, La Iglesia en oración , Barcelona 1992 4 , 163.

[13] Véanse los primeros testimonios en San Justino , Diálogo con Trifón 24,1, ed. D. Ruiz Bueno (BAC 116), Madrid 1954, 340-341 y Epístola a Bernabé 15,8-9, ed. P. Prigent – R. Kraft (Sources Chrétiennes 172), París 1971, 186-189.

[14] “ Ita ergo, erit octavus, qui primus, ut prima vita sed aeterna reddatur ”. Epist. 55, 17.

[15] DD 26.

[16] Así define el Catecismo de la Iglesia Católica la tipología (n. 128): “ La Iglesia, ya en tiempos apostólicos (cf 1 Co 10,6.11; Hb 10,1; 1 P 3,21), y después constantemente en su tradición, esclareció la unidad del plan divino en los dos Testamentos gracias a la tipología. Esta reconoce, en las obras de Dios en la Antigua Alianza, prefiguraciones de lo que Dios realizó en la plenitud de los tiempos en la persona de su Hijo encarnado ”.

[17] Cfr. J. Daniélou , El domingo como octavo día (Cuadernos Phase 24), Barcelona 1990, 55ss.

[18] “ El octógono es una forma muy coherente con el lugar del bautismo. Esta forma era ya usada para los mausoleos que custodiaban los restos imperiales; diseñado sobre el número ocho, para los gnósticos significaba el simbolismo de ocho días que, de alguna manera, parecería simbolizar la felicidad del cielo ”. V. Gatti, Liturgia e arte , Bologna, 2001, 174-175.

[19] W. Rordorf , El domingo , Madrid 1971, 273.

[20] Cfr. J. López Martín, El domingo, fiesta de los cristianos , Madrid 1992, 115.

[21] A. Cuva , «Asamblea», en Nuevo Diccionario de Liturgia , ed. D. Sartore, A.M. Triacca, J.M. Canals, Madrid 1987 3 , 168.

[22] Didascalia et Constitutiones Apostolorum , ed. F.X. Funk, Paderbornae 1906, II, LIX, 170-172.

[23] San Justino, Apología 1, 67, ed. D. Ruiz Bueno (BAC 116), Madrid 1954, 258-259.

[24] “ El mismo nombre de ekklesía, hace referencia a la idea de reunión; esta palabra indicaba en una ciudad griega la asamblea de todo el pueblo periódicamente convocado por sus jefes, y fue la que usó la traducción griega de la Biblia (llamada de los LXX), para designar el término hebreo del qahal, con el que se de determinaban las asambleas cultuales del pueblo de Israel, para revivir o renovar la alianza con Yahveh ”. J. González Padrós , «Eucaristía dominical y celebraciones particulares», en Para vivir la Eucaristía . Ponencias de las Jornadas Nacionales de Liturgia 2005, Madrid 2005, 255.

[25] Cfr. San Juan Crisóstomo , Sobre la oscuridad de los profetas , Homilía 2,4. Citado en J. González Padrós , «Eucaristía dominical y celebraciones particulares» en Para vivir la Eucaristía , Ponencias de las Jornadas Nacionales de Liturgia 2005, Madrid 2006, 257.

[26] CEE , Sentido evangelizador del domingo y las fiestas, Madrid 1992, 14.

[27] En este sentido dice el número 91 de la Tercera Edición Española de la Ordenación General del Misal Romano : “ La celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, un pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección del Obispo. Por eso, pertenece a todo el Cuerpo de la Iglesia, influye en él y lo manifiesta; pero afecta a cada uno de sus miembros según la diversidad de órdenes, funciones y actual participación. De este modo, el pueblo cristiano, ‘linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido', manifiesta su coherente y jerárquica ordenación. Todo, por tanto, ministros ordenados o fieles laicos, al desempeñar su ministerio u oficio, harán todo y sólo aquello que les corresponde ”.

[28] Por esta razón la Ordenación General del Misal Romano señala que la celebración de la Eucaristía “ sin un ministro o al menos sin algún fiel no se haga sin causa justa y razonable ”. Cfr. OGMR 3 , 254.

[29] Benedicto XVI , Deus caritas est, 31: “ Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia […] es consciente de que el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en el que creemos y que nos impulsa a amar. El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor (1 Jn 4, 8) y que se hace presente justo en lo momentos en que no se hace más que amar ”.

[30] Podemos citar, por ejemplo, la incorporación de la Misa en los jueves de cuaresma en el siglo VIII por el Papa Gregorio II (cuyo pontificado se extiende desde el 715 al 731). Cfr. C. Folsom, «I libri liturgici romani» en Scientia Liturgica I , Casale Monferrato 1999 2 , 267.

[31] Sagrada Congregación de Ritos , Instrucción Eucharisticum mysterium sobre el culto del misterio eucarístico (25 de mayo de 1967), nº 5.

[32] DD, 34.

[33] Cfr. A. Baumstark , Liturgie comparée , Chevetogne 1953 3 . La versión castellana: A. Baumstark , Liturgia Comparada , ed. J. Urdeix (Cuadernos Phase 155-156), Barcelona 2005, 11.

[34] Ángelus del 2 de octubre de 2005.