Año litúrgico - Adviento

Extracto del libro de Julián López Martín, El año litúrgico , Madrid, 1984.

 

Orígenes

Empezamos nuestro recorrido de reflexión y comentario del año litúrgico por el principio, como se hace en los ibros litúrgicos; a pesar de que también podíamos comenzar por el Triduo pascual, eje y centro de todo el año litúrgico, particularmente del ciclo del Señor . De hecho, las Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario se ocupan primero del periodo pascual y después del natalicio. Nosotros preferimos seguir el orden sucesivo de los tiempos litúrgicos, pensando, ante todo, en los lectores. Sin embargo, somos muy conscientes de que no todos los tiemposde la liturgia tienen igual peso e importancia, teniendo la primacía el sagrado triduo de Cristo muerto, sepultado y resucitado; y además que todos los tiempos litúrgicos convergen en la Pascua y de ella reciben la luz y significado.

El Adviento que hoy nos ofrece el Misal (= Leccionario y Oracional de la misa ) y la Liturgia de las Horas es el punto de llegada, después de una reforma litúrgica que ha respetado substancialmente la estructura de este tiempoen la liturgia romana, de un periodo muy poco definido en los orígenes en cuanto a su finalidad y sentido espiritual. Es un tiempo litúrgico propio de las liturgias occidentales, pero con notables diferencias entre ellas en cuanto a la duración y a los contenidos.

Quizás nace a finales del siglo IV entre España y la Galia, en las cuales había un tiempo preparatorio de la Navidad de carácter ascético que comprendía seis semanas, como las que dura el actual Adviento de la liturgia ambrosiana. En Roma se desconoce la preparación de la Navidad antes del siglo VII, que es cuando puede hablarse de este periodo litúrgico. Las Témporas del mes de diciembre han tenido un significado independiente de la preparación navideña. Los formularios de misas de los antiguos sacramentarios -los antepasados del Misal - que se encuentran bajo el título: Oraciones del adviento del Señor , no estaban destinados a preparar la Navidad, sino a recordar la última venida de Cristo al fin de los tiempos, un tema muy oportuno para el final del año. Por otra parte, adviento (del latín adventus ) significa venida , llegada, pero con los matices de presencia (en grigo: parousía = parusía) y manifestación o epifanía (Mt 24, 27).

Por tanto, el Adviento, antes de ser un periodo de preparación para la Navidad, ha conmemorado la parusía. No debe extrañarnos este hecho, sobre todo teniendo en cuenta que el año litúrgico comienza el día de Navidad en los libros de los que estamos hablando y termina justamente con estos domingos de Adviento. Por otra parte, se advierten también fluctuaciones en cuanto al número de estos domingos: cinco en el Sacramentario Gelasiano y cuatro en el Gregoriano . Al final prevalecerán los de este último.

¿De qué manera y en qué momento estos domingos de la expectación de la última venida de Cristo se convierten en un tiempo de preparación de la Navidad? No lo sabemos, pero es posible que la cercanía de la solemnidad del nacimiento del Señor terminase por impregnar de su contenido a las semanas previas, del mismo modo que la fiesta de la pascua lo hizo con la Cuaresma. Por otra parte, es muy posible también que la celebración de la esperanza en la última venida del Señor se configurase de acuerdo con la espera histórica del Mesías en el Antiguo Testamento. El hecho es que el Adviento de la liturgia romana, al margen del planteamiento ascético-penitencial de dicho periodo en las otras liturgias occidentales, quedara marcado por las dos significaciones: el recuerdo de la última venida y la preparación para la Navidad.

Estructura

Una cosa debe quedar muy clara: a pesar de la imprecisión de los orígenes del Adviento, este tiempo litúrgico ha llegado a formar una unidad con Navidad y Epifanía. Del mismo modo que la Cuaresma desemboca en el Triduo pascual y de él arranca la cincuentena festiva de Cristo resucitado, el Adviento culmina en la solemnidad del Nacimiento del Señor, la cual abre, a su vez, el tiempo de Navidad-Epifanía. En los dos casos es una fiesta la que hace de eje tanto del periodo que la antecede como del que la sigue: Pascua de Resurrección y Pascua de Navidad, como popularmente se designa a la segunda gran celebración anual del año cristiano.

Adviento, Navidady Epifanía están unidos en torno al misterio de la manifestación del Señor en nuestra condición humana. Por eso, aunque el Adviento de alguna manera parece alejarse de la conmemoración de la primera venida de Jesús, el advenimiento histórico, sin embargo, está todo él iluminado por la luz que irradia el Verbo hecho carne. Incluso la expectación de la última venida de Cristo se apoya en la esperanza que brota de la certeza de la primera; de ahí que el recuerdo de la preparación que precedió a la llegada del Mesías en el Antiguo Testamento sea imagen de nuestro Adviento cristiano.

Esta realidad es la que ha configurado la actual estructura de este tiempo litúrgico. La reforma realizada después del Vaticano II ha querido precisar bien el doble sentido del Adviento en cuanto a la espera de la última venida de Cristo y la preparación de la Navidad:

"El tiempo del Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es, a la vez, el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones, el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre" (NUALC 39).

Según la tradición de la liturgia romana, esta alegre expectación se desarrolla a lo largo de cuatro semanas, cuyo soporte, como en todos los tiempos litúrgicos, son los domingos. El Adviento da comienzo en las primeras vísperas del domingo que cae el 30 de noviembre o en el más próximo a este día, y acaba antes de las primeras vísperas de Navidad, es decir, hacia la mitad del día 24 de diciembre. La misa y el Oficio divino de todos estos días están impregnados del espíritu que se desprende de los dos grandes motivos que se celebran. Sin embargo, se advierte una acentuación mayor del aspecto de la espera escatológica en las dos primeras semanas y una más fuerte atención a la próxima Navidad en las dos restantes, especialmente a partir del día l7 de diciembre.

Puede hablarse, por tanto, de dos momentos en la celebración del Adviento. Es fácil darse cuenta de ello, pues en la primera parte se da especial relieva a los aspectos escatológicos del encuentro con el Señor, y en la segunda se leen los hechos que precedieron inmediatamente al nacimiento del Salvador.

Las ferias desde el l7 al 24 de diciembre, incluyendo el domingo IV de Adviento, que cae siempre en uno de estos días, son conocidas como las de la "O" , porque durante ellas las antífonas del Magnificat empiezan con la exclamación Oh : ¡Oh Sabiduría! ¡Oh Adonai! ¡Oh renuevo del tronco de Jesé!, etc. Es también la semana de las anunciaciones de Juan el Bautista y de Jesus, a causa de la lectura evangélica, que las recoge en los citados días.

Los domingos

El Adviento es el tiempo de los vaticinios mesiánicos y de la esperanza de la Iglesia. Por eso, si en todo tiempo litúrgico las lecturas de la Sagrada Escritura nutren abundantemente la celebración de la misa y del Oficio divino, en el Adviento adquiere un particular relieve el Leccionario bíblico , el cual se centra en las profecías y anuncios del nacimiento de Jesús,de los tiempos mesiánicos y del retorno del Señor al final de la historia. El Leccionario de Adviento presenta a Cristo como el que ha prometido volver entre los suyos, para que éstos se mantengan en tensión de espera y en vigilancia. Pero al mismo tiempo nos dice que ese Cristo es el que cumplió las promesas de los antiguos profetas hechas a los padres, depositadas después en el anuncio a unos personajes especialmente vinculados al nacimiento del Salvador: Zacarías e Isabel, José, Juan el Bautista y María.

El examen del Leccionario , especialmente de la misa dominical, permite observar unas coincidencias y unas líneas de fondo comunes a todos los domingos de Adviento, líneas que son determinantes de la unidad temática y espiritual propia de cada uno.

Cada misa tiene una primera lectura profética, tomada preferentemente del profeta Isaías; una segunda, apostólica, de las cartas de San Pablo en la mayor parte de los casos, y un evangelio que, siguiendo la regla del Leccionario doninical de utilizar un evangelista sinóptico para cada uno de los años del ciclo, está tomada de Mateo en el A, de Marcos en el B, pero complementado con Juan y Lucas, y de Lucas en el C. Naturalmente es la lectura evangélica la que polariza el contenido de cada uno de los domingos.

Por eso, cada domingo tiene un tema específico propio en cada uno de los tres años del ciclo de lecturas: La vigilancia en la espera del Señor (dom. I), la urgencia de la conversión en los avisos de Juan el Bautista (dom. II), el testimonio del Precursor (dom. III y el anuncio del nacimiento de Jesús (dom.IV). Este tema está presente, además, en todos los restantes textos que utiliza la liturgia dentro de cada respectivo domingo; pero muchas veces con matices nuevos o con aspectos complementarios, de forma que la riqueza doctrinal y espiritual contenida en la misa y en el Oficio es verdaderamente extraordinaria. No se puede olvidar, por otra parte, que la liturgia conjuga las dos grandes líneas del Adviento, la que se refiere a la espera escatológica y la que nos prepara para la celebración de la Navidad, aún cuando pone el acento en una durante la primera parte del Adviento y en otra durante la segunda. Un ejemplo de esta manera de proceder lo tenemos en el prefacio I de Adviento, cuya parte central dice:

"...por Cristo nuestro Señor.

Quien, al venir por vez primera

en la humildad de nuestra carne,

realizó el plan de redención trazado desde antiguo

y nos abrió el camino de la salvación;

para que, cuando venga de nuevo

en la majestad de su gloria,

revelando así la plenitad de su obra,

podamos recibir los bienes prometidos,

que ahora, en vigilante espera, confiamos alcanzar".

Asimismo, la lectura patrística del domingo I de Adviento, tomada de las Catequesis de San Cirilo de Jerusalen, está dedicada a explicar los dos advientos de Cristo ( Cateq , l5, l-3).

a) Domingo I de Adviento: "El Señor viene"

La espera vigilante de la Iglesia, actitud que aparece constantemente en este domingo, hace que desde el comienzo del Adviento los creyentes dirijan sus miradas a Dios:

"A ti, Señor, levanto mi alma;

Dios mio, en ti confio; no quede yo defraudado" ( intr .).

Análoga confianza suscita la oración colecta de la misa, que pide al Padre que "avive en los fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo acompañados por las buenas obras". Las antífonas del Oficio divino repiten una y otra vez:

"-Mirad, viene Dios, nuestro Salvador"...( I Visp . ant. l).

"-Mirad, el Señor vendrá, y todos sus santos con él" (ant. 2).

"-Vendrá el Señor con gran poder"...(ant. 3).

"-Alégrate y goza Jerusalen; mira a tu Rey que viene" ( Of. lect . ant, 2).

"-Vendrá el gran profeta"... ( Laud . ant. 3).

"-Llego en seguida, y traigo conmigo mi salario" ( II Visp . ant. 3).

La Iglesia se recoge en oración con María, alejando el temor:

"No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios" ( II Visp. ant. "Magn.").

Y es que la Iglesia, acompañada por el Espíritu Santo, ha entablado un diálogo con su Esposo: "¡Ven, Señor Jesús!" -"Sí, voy en seguida" (Ap. 22. l7-20).

Los evangelios de este domingo han sido sacados de la parte final del discurso escatológico de Jesús e insisten sobre la vigilancia que exige el retorno inesperado del Hijo del hombre: Mateo (año A) insiste sobre el efecto de la sorpresa , Marcos (año B) pone el acento en la perseverancia y Lucas (año C) exhorta, sobre todo, a la esperanza , "porque se acerca nuestra liberación". Sobre esta última actitud parecen converger las dos lecturas del profeta Isaías (años A y B) y la de Jeremías (año C): a través de la esperanza de Israel se traslucen los deseos y aspiraciones de todos los hombres de que llegue un día en que reinen la justiciay la paz, un paraiso perdido que descenderá de lo alto "cuando se rasguen los cielos y baje el Señor" ( lª. lect . año B).

Estas bellísimas llamadas a la esperanza están también unidas a una vigorosas exhortaciones de San Pablo a la vida moral y a la préctica de las obras de la luz:

"Nuestra salvación está más cerca... La noche está avanzada, el día se echa encima; dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad" ( 2ª. lect . año A).

La recta conducta moral se basa en la espera escatológica, del mismo modo que la fidelidad y la perseverancia se apoyan en la perpectiva de la manifestación del Señor ( 2ª. lect . año B), para que, cuando venga con todos sus santos, podamos presentarnos ante él sin dolor y sin reproche ( 2ª. lect . año C). También la lectura bíblica del Oficio de lectura (Is l, l-l8), comienzo de Isaías que se lee a lo largo de todo el tiempo de Adviento, invita a la conversión y a la purificación para "alejar de la vista del Señor las malas acciones".

Para que todo esto se haga realidad, el cristiano tiene los sacramentos, especialmente la eucaristía, prenda de salvación eterna ( superobl .). Por eso, la celebración de la misa se cierra este domingo con la súplica de que "fructifique en nosotros... para descubrir el valor de los bienes eternos y poner en ellos nuestro corazón" ( posc .).

b) Domingo II de Adviento: el heraldo grita: "Preparad el camino"

En el espíritu de la expectación gozosa de la última venida del Señor resuena hoy la voz del que grita en el desierto, el heraldo que va delante: Juan el Bautista. En efecto, las antífonas del Oficio se encargan de mantener viva la esperanza de que el Señor vendrá. Todas son de este tenor:

"Aparecerá el Señor y no faltará;

si tarda, no dejéis de esperarlo,

pues llegará y no tardará" ( II vísp . ant. 2).

En este contexto suena el grito del mensajero: "Preparad elcamino del Señor, allanad sus senderos" ( evang ). Como un eco de este aviso, la asamblea se invita a sí misma:

"Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a los pueblos"( int .).

"Levántate, Jerusalén; ponte sobre la cumbre y mira la alegría que te va a traer tu Dios" ( ant, com .).

El sacerdote completa esta explosión festiva con la oración en nombre de todo el pueblo:

"Señor todopoderoso, rico en misericordia; cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente del esplendor de su gloria ( col .).

Bien enmarcada geográfica e historicamente, la figura de Juan el Bautista aparece en este domingo como la señal de la llegada de la salvación de Dios. Con este domingo entramos en la historia: los anuncios mesiánicos empiezan a cumplirse, las aspiraciones de la humanidad a realizarse. Hoy se escuchan estas decisivas palabras: "Comienza el evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios" ( ev . año B). Y es que la llegada del Reino de Dios se produjo cuando Juan el Bautista empezó a predicar la conversión y la penitencia. Figura enigmática y gigante (cf. Mt ll, ll), profeta movido por el Espíritu de los profetas, llama a un bautismo en señal de penitencia, porque detrás de él viene el que bautizará con Espíritu Santo y fuego ( ev . años A y B). Las tres lecturas evangélicas recogen el lenguaje vehemente del Bautista, inspirado en Isaías y en Baruc ( lª. lect . B y C).

Las lecturas apostólicas son, en cambio, una reflesión sobre el día de Dios , que dará paso a los cielos nuevos y a la tierra nueva ( 2ª. lect . año B), o día de Cristo , que completará la obra realizada en nosotros ( 2ª. lect . año C). Sin olvidar que este día designa, ante todo, el de la manifestación gloriosa del Señor al fin de los tiempos; también puede pensarse, dentro del marco de la liturgia, en la próxima solemnidad del nacimiento de Cristo, en la que se conmemora la venida en nuestra carne del que "se hizo servidor de los judios para probar la fidelidad de Dios cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas" ( 2ª. lect . año A). Cristo Jesus es, en efecto, el esperado, el renuevo brotado del tronco de Jesé , portador de una paz universal ( lª. lect . año A).

Por su parte, la lectura patrística del Oficio, de los Comentarios de Eusebio de Cesarea al libro de Isaías (c. 40), actualiza esa voz que grita en el desierto y recuerda que el heraldo de Jerusalén es ahora el coro de los apóstoles y de los que predican que Cristo a venido a la tierra. Pero, como entonces, también ahora el mayor obstáculo son los pecados de los hombres. De ahí la llamada de Isaíascontra la soberbia de Jerusalén (lect. bíblica del Of, lect .). Pero nosotros solos podemos muy poco a la hora de rebajar los montes y rellenar los valles. Será el mismo Señor, atendiendo a "los ruegos y afrendas de nuestra pobreza", quien "acuda compasivo en nuestra ayuda" ( superobl .):

"Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes: Mirad, nuestro Rey en persona viene y nos salvará" ( I Vísp . ant. 2).

Será preciso crer el anuncio y confiar en la Palabra del Señor. Así, la Iglesia, como María, podrá cantar la grandeza de Dios y escuchar esta felicitación: "¡Dichosa tú, María, que has creido!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá" ( II Vísp . ant. Mag .).

c) Domingo III de Adviento: invitación a la alegría:"Está en medio de vosotros"

Nuevamente el protagonista del Adviento es Juan el Bautista, el testigo de la luz (Jn l, 7-8). Los evangelios de este domingo recogen su testimonio atento a los signos de la llegada de los tiempos masiánicos descritos por los profetas. Sin embargo, tradicionalmente este domingo ha estado dedicado a la alegría en la mayor parte de las antiguas liturgias. Es el domingo Gaudete (alegraos), nombre tomado de la primera palabra del canto de entrada de la misa y de la epístola del día, hoy segunda lectura del año C.

"Hermanos: estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca"(Flp 4, 4-5).

He aquí el motivo de la alegría: la proximidad de la fiesta del nacimiento del Señor. El sacerdote, que en este día puede cambiar el color morado de sus ornamentos por el color rosa pálido, lo expresa también en la oración:

Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe el nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad, fiesta de gozo y salvación, y poder celebrarla con alegría desbordante" ( Col .).

La Iglesia, la nueva Sión, escucha la invitación del profeta Sofonías, repetida por las antífonas del Oficio divino:

"Regocíjate, hija de Sión; grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén... El Señor tu Dios, en medio de ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta " ( lª. lect . año C).

"- Alégrate Jerusalén, porque viene a ti el Salvador " ( I vísp . ant. l).

"-Alégrate y goza, hija de Jerusalén; mira a tu Rey que viene; no temas, Sión; tu salvación está cerca" ( Of. lect . ant,l).

"-Destilen los montes alegría, y los collados justicia, porque viene el Señor, luz del mundo" ( II vísp . ant. 2).

La alegría es la respuesta al gran anuncio que ha hecho Juan el Bautista: "En medio de vosotros está uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de desatarle la correa de la sandalia" (Jn l, 26-27: ev . año B). Esta admirable presentación de Jesús, que destaca su origen divino y eterno, no se encuentra más que en el cuarto evangelio. Pero la liturgia del IV domingo de Adviento recoge también otros testimonios de Juan: el que tiene lugar al final de su vida, ya en la cárcel, cuando envía a sus discípulos a preguntar a Jesús si él es el que ha de venir ( ev año A). haciendo que Jesús se remita a los signos que está realizando, justamente aquellos que profetizó Isaías ( lª. lect . año A), y el testimonio, que sale al paso de la expectación del pueblo ( ev. año C).

Juan el Bautista -dice San Agustín en el sermón 293, 3, que se lee este domingo en el Oficio de lectura - era la voz, pero el Señor es la palabra que en el principio ya existía... Y porque resulta difícil distinguir la palabra de la voz, tomaron a Juan por el Mesías. La voz fue confundida con la palabra,pero la voz se reconoció a sí misma para no ofender a la Palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta . Y cuando le preguntaron: ¿ Quien eres ?, respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto ".

Se comprende por que la liturgia hace del Bautista el personaje central del Adviento durante estos dos domingos, el guía que conduce la humanidad a Cristo, el profeta que precede al que es el Ungido por el Espíritu de la manera más plena ( lª. lect . año B), que transmitirá a los hombres redimidos -la Iglesia- esa unción y ese Espíritu Santo, simbolizado en el óleo sacerdotal de la alegría (cf. Sal 45 ( Vg 44), 8; 89 ( Vg 88), 21).

El resto de los textos del domingo insisten en las actitudes de los que están a la espera del Señor ( 2ª. lect . años A y B), sin que falte la amonestación a la penitencia "para salir con corazón limpio a recibir al Rey supremo" ( Of. lect . ant. 2). A ello se dedica la lectura bíblica del Oficio de lectura (Is 29, l3-24). Y muy oportunamente, la oración que cierra la celebración de la eucaristía, al tiempo que da gracias pide la misericordia del Señor.

"...para que esta comunión que hemos recibido nos prepare a las fiestas que se acercan purificándonos de todo pecado" ( posc .).

Y es que el sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo perfeciona la obra de la penitencia. Por eso en la oración sobre las ofrendas se ruega al Señor "que lleve a cabo en nosotros la obra de la salvación que ha querido realizar por este sacramento" (cf. Flp l, 6).

d) Domingo IV de Adviento: anuncio de la encarnación del Señor

La liturgia no tiene preocupaciones cronológicas. Lo que le importa es introducirnos en la contemplación del misterio. Por eso en este domingo ha querido centrar nuestra mirada en tres mensajes que anuncian que el Hijo de Dios toma carne en el seno de una Virgen: el ángel enviado a José nos informa que el niño que recibirá los nombres simbólicos de Jesús y de Emmanuel ("Dios salva" y " Dios con nosotros") ha sido concebido por obra del Espíritu Santo ( ev . año A); el ángel que saluda a María de parte de Dios recibe su consentimiento para comenzar la obra de la redención ( ev . año B); y, finalmente, Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama la presencia del Señor en el seno de María ( ev . año C).

La Iglesia, como María, llena de fe y de humildad, confiesa "haber conocido, por el anuncio del ángel, la encarnación del Hijo de Dios" ( col .), y canta alborozada:

"Cielos, destilad el rocío;

nubes, derramad la justicia;

ábrase la tierra y brote el Salvador" ( intr .).

Su canto se completa con el de las Horas del Oficio:

"-Mirad, se cumple ya el tiempo en el que Dios envía a su Hijo al mundo" ( I vísp . ant. 3).

"-Vendrá el Señor; salid a su encuentro, diciendo: Grande es su origen, y su reino no tendrá fin; Dios fuerte, dominador, Príncipe de la paz" ( Laud . ant. 2).

"-Tu Palabra ommipotente, Señor, vendrá desde tu trono real" ( Laud . ant. 3).

El misterio es inmenso, ha estado "mantenido en secreto durante siglos eternos, y, manifestado ahora en la Sagrada Escritura, ha sido dado a conocer por decreto del Dios eterno" ( 2ª. lect . año B). Por eso, la Iglesia abre el libro de la Palabra de Dios y nos invita a guardar todo esto y a meditarlo en el corazón (cf. Lc 2, l9. 51). Y así, después de oir el anuncio de los tres mensajeros (ev. años A, B y C), lee la profecía de Isaías acerca de la virgen que da a luz al Emmanuel ( lª. lect . año A), y la de Natán a David sobre la duración eterna de su Reino ( lª. lect . año B), y la de Miqueas, que dice dónde nacerá el Mesías ( lª. lect . año C). Completa la meditación de las profecías antiguas con la reflexión apostólica -San Pablo- , que no sólo se ocupa de los orígenes históricos de Jesús, Hijo de David e Hijo de Dios ( 2ª. lect . año A), sino también del mensaje de salvación que este misterio entraña ( 2ª. lect . año B). Pues Cristo, al hacer su entrada en el mundo, se dispuso a ofrecerse en sacrificio redentor para santificar a todos los hombres ( 2ª. lect . año C).

Y después de la Biblia, la Iglesia recurre a los Santos Padres para que le ayuden, con su especial sentido de lo que el Espíritu ha querido decir en las Escrituras, a profundizar en la Palabra. La lectura patrística de este domingo ha de ser la del día del mes en que caiga, dentro de la serie de los días del l7 al 24. Pero el día 20 se lee en la misa el evangelio de la anunciación del ángel a María, que se lee en nuestro domingo en el año B. Por eso, puede tomar el bellísimo sermón de San Bernardo para dicho día: "Todo el mundo espera la respuesta deMaría" ( Hom . 4, 8-9). O el del día 21, de San Ambrosio, sobre la visitación ( Expos. in Lc 3), por el mismo motivo.

Pero la Iglesia no sólo nos hace meditar en el misterio de la encarnación, sino que además nos introduce en él de una manera sacramental gracias a la acción del Espíritu Santo en la eucaristía. En efecto, entre la encarnación y el misterio eucarístico existe un maravilloso paralelismo, que no ha escapado a la inspiración de la plegaria litúrgica. Precisamente en este domingo, en que la Iglesia se concentra en el acontecimiento que se produjo en María por obra del Espíritu Santo, ha de decir el sacerdote la siguiente oración sobre las ofrendas:

"El mismo Espíritu, que cubrió con su sobra y fecundó con su poder las entrañas de la Virgen Madre, santifique, Señor, estos dones que hemos colocado sobre tu altar".

La plegaria se sirve de las mismas delicadas imágenes empleadas por el ángel en la anunciación (cf. Luc l, 35; Ex 40, 35), que muestran a María como el nuevo tabernáculo del Altísimo al acoger en su seno la presencia divina del Hijo de Dios. El Espíritu Santo desciende también sobre los dones eucarísticos para transformarlos en el cuerpo y sangre de Cristo y para hacer de aquellos que los reciban una sola cosa con el Señor. La acción santificadora del Espíritu, que realizó la encarnación y efectúa el misterio eucarístico, llega de este modo a los que comulgan con el Verbo encarnado hacho alimento. Los que celebran la encarnación del Hijo de Dios se convierten, también ellos, en portadores de Cristo al completar su participación litúrgica en el misterio por medio de la recepción de la eucaristía.

Por eso, su modelo perfecto será María, virgen creyente , como la llamó Pablo VI en la exhortación Marialis cultus , porque "concibió creyendo" y "llena de fe concibió a Cristo en su mente antes que en su seno" (SAN AGUSTIN, Serm . 215, 4). La Iglesia se identifica con María en el Adviente porque ella lo supo "esperar con inefable amor de Madre" ( pref . II de Adv.):

"El mismo Señor non conceda ahora

prepararnos con alegría

al misterio de su nacimiento,

para encontrarnos así, cuando llegue,

velando en oración y cantando su alabanza" (ibid.).

Una de las novedades de la reforma litúrgica posconciliar en los libros destinados a la misa y al Oficio divino ha sido dotar a cada feria del tiempo de Adviento de formulario propio. De este modo queda notablemente acrecentada, desde el punto de vista temático y espiritual, la riqueza de los domingos. Pero, de suyo, las ferias son independientes de éstos. No obsatante, la lectura continuada del profeta Isaías en el Oficio de lectura , que no sufre alteración al llegar los domingos, establece una sucesión mutua entre ellos y las ferias. Por otra parte, los dias l7 y 24 de diciembre, dado su especial carácter, obligan también al domingo IV de Adviento a tomar buena parte de los textos del Oficio divino del día correspondiente. Todo ello sin que los domingos de este tiempo pierdan la categoria que tienen en la tabla de los días litúrgicos.

En el Misal , la independencia de la serie ferial respecto de la dominical es mayor. No obstante, en las ferias puede apreciarse mucho mejor la evolución de la temática litúrgica de los textos, que en la primera parte del Adviento se ocupan preferentemente de la espera escatológica, y en la segunda se dedican a la preparación de la Navidad. Como no es posible ir día por día examinando el contenido de la propuesta que nos hace la liturgia para vivir el misterio del adviento del Señor, tenemos que fijarnos en las líneas maestras señaladas en el Leccionario de la misa y en el Lecionario patrístico del Oficio . Las oraciones del Misal , los cantos y las antífonas del Oficio constituyen también un extraordinario complemento, pero nos desbordarían totalmente.

a) Las ferias hasta el l6 de diciembre

En la primera parte del Adviento, que llega hasta el día l6 de diciembre inclusive, se celebra a "Aquel que es, que era y que ha de venir " (Ap l, 8); y la celebración, que significa siempre una presencia salvífica de Cristo, se realiza en un clima de expectación y de esperanza propio de los creyentes, que saven que un día se manifestará no solamente ese Jesús Hijo de Dios y salvador nuestro, sino también nuestra propia condición filial divina (cf. l Jn 3, 2). Ahora nuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col 3, 3); por eso estamos anhelantes y a la espera, pues cuando aparezca Cristo, también nosotros nos manifestaremos con él (Col 3, 4). Mientras tanto invocamos a una con el Espíritu: "¡Ven, Señor Jesús!" (l Cor l6 22; Ap 22, l7. 20), y juntos celebramos el memorial de su muerte y resurrección para que venga (cf. l Cor ll, 26), desapareciendo el velo de los signos que ocultan la plenitud de su presencia.

En el Leccionario de la misa de esta primera parte del Adviento se lee el libro del profeta Isaías, siguiendo el orden del mismo libro, sin excluir aquellos fragmentos que se toman también los domingos. Los evangelios están relacionados con la primera lectura. Sin embargo, a partir del jueves de la segunda semana se produce un cambio de protagonismo en los personajes bíblicos. Si hasta entonces era el profeta Isaías el que centra nuestra atención, ahora es Juan el Bautista. Y es que el citado jueves se empiezan a leer los evangelios que hablan del Precursor , siendos entonces las primeras lecturas las que se acomodan a ellos. Por eso, unas veces serán continuación de Isaías, y otras un texto relacionado con el evangelio. Esta primera parte del Adviento está, pues, presidida por Isaías y por Juan el Bautista,siendo, por tanto, la lectura que los menciona la que ofrece, por así decir, el tema bíblico-litúrgico y espiritual del día, tema que es ampliado por el salmo responsorial y por la otra lectura.

El Lecionario patrístico , por su parte, ofrece una óptima meditación sobre el misterio de la última venida de Cristo y sobre las actitudes que deben guiar a la Iglesia en esta etapa expectante. Esquemáticamente, los contenidos de las lecturas de las Santos Padres y doctores de la Iglesia, incluyendo al Concilio Vaticano II, son los siguientes:

a) Teología del Adviento: Las dos venidas de Cristo

San Cirilo de Jerusalén: domingo I.

San Carlos Borromeo: lunes I.

San Bernardo: miércoles I

San Efrén: Jueves I.

Vaticano II: martes II.

b) Actitudes cristianas del Adviento

Esperanza : San Cipriano: sábado I.

Oración : San Agustín: viernes III.

Deseo de Dios : San Anselmo: viernes I.

San Pedro Crisólogo: jueves II.

Humildad : "Imitación de Cristo": martes III.

c) El plan divino de la salvación culmina en Cristo

San Agustín: miércoles II.

Guillermo de San Teodorico: lunes III.

San Juan de la CRuz: lunes II.

Vaticano II: jueves III.

d) El misterio de Cristo

San Ireneo: miércoles III.

San Gregorio Nacianceno: martes I.

e) Las figuras del Adviento :

Juan el Bautista : Eusebio de Cesarea: domingo II.

San Agustín: domingo III.

María : San Ireneo: viernes II.

Beato Isaac de Stella: sábado II.

Para que el cuadro sea completo hemos incluido en él también las lecturas patrísticas de los tres domingos de Adviento, aunque ya se ha hablado de ellas anteriormente.

b) Las ferias del l7 al 24 de diciembre

La semana de preparación inmediata a la Navidad -en reaidad, los ocho días conocidos como los de las antífonas de la O- está polarizado por el elemento histórico-profético. La venida del Hijo de Dios, su nacimiento en nuestra carne, es la respuesta histórica a una larga espera, pero es prenda, a su vez, de que la última venida también se realizará. La celebración de la Navidad, ya inminente, ha de acentuar la esperanza de la Iglesia. Más aún, la primera venida ha hecho posible que ya podamos disfrutar de manera anticipada, si bien "como en un espejo" (cf. Cor l3, l2) y bajo el velo de los signos, lo que un día se manifestará del todo.

El Leccionario de la misa proclama los acontecimientos que prepararon de inmediato el nacimiento del Salvador, tomados de la primera parte de los evangelios de la infancia: Mateo l y Lucas l, de los que se hace una rigurosa lectura continua. Para primera lectura se ha seleccionado diversos textos del Antiguo Testamento, teniendo en cuenta el evangelio de cada día y recogiendo importantes vaticinios mesiánicos. A través de todas estas lecturas aparece Jesús dentro de una historia humana cuyos personajes centrales son Abrahán, David, Judá, José el esposo de María, de la cual nace Cristo; Zacarías, Isabel, Juan el Bautista y María nuevamente. Y es que la historia de la ascendencia humana de Jesús queda polarizada en las dos familias: Zacarías e Isabel, José y María, y en el contraste entre los dos personajes: Juan el Precursor y Jesús el Emmanuel , el que salvará al pueblo (cf. Mt l, 21s; Lc l, 31).

Las lecturas patrísticas del Oficio de Lectura vienen a ser, de hecho, unos magníficos comentarios de los evangeliosde la mayor parte de los días:

Día 17: San León Magno = la genealogía de Cristo.

Día 20: San Bernardo = la anunciación.

Día 21: San Ambrosio = la visitación.

Día 22: San Beda el Venerable = el Magníficat .

Día 24: San Agustín = el canto de Zacarías.

En cuanto a las demás lecturas patrísticas, están dedicadas al plan divino de salvación manifestado en Cristo:

Día 18: Carta a Diogneto.

Día 19: San Ireneo.

Día 23: San Hipólito.

El tiempo de Adviento se cierra en las primeras horas de la tarde del día 24 de diciembre. La misa y el Oficio de dicho día están empapados de la espera anhelante. Hasta la colecta de la misa, contra lo que es habitual en la liturgia romana, se dirige esta vez a Cristo para suplicarle:

"Apresúrate Señor Jesús, y no tardes, para que tu venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de tu amor".