Año litúrgico - El Domingo: testimonio de los mártires de Abitinia

Pedro Merino

Administrador adjunto - lexorandi.es

 

El TESTIMONIO DE LOS MÁRTIRES DE ABITINIA [1]

“DOMINICUM COM FRATRIBUS CELEBRAMUS,

QUIA CHRISTIANI SUMUS”

“Celebramos el Domingo con los hermanos porque somos cristianos”

El lema del Congreso Eucarístico Nacional italiano, celebrado en Bari en el 2005, era: " Senza la domenica non possiamo vivere ", “sine Dominico non possumus” , es decir, “sin el domingo no podemos (vivir) nos lleva al precioso testimonio de los 49 mártires de la ciudad africana de Abitene (Abinitias), que fueron asesinados simplemente por reunirse y celebrar a Cristo el Señor. Me gusta llamar a estos hermanos en la fe, los mártires del domingo, y en su recuerdo, en ciertas ocasiones, estimular a niños y a jóvenes en la celebración de la Eucaristía diciéndoles: “practicad un deporte de riesgo; id a misa el domingo” . Y es que la lectura y meditación de las actas de estos mártires nos estimula para celebrar el Domingo. El mismo papa Benedicto XVI el 29 mayo 2005 en la clausura de este congreso Eucarístico exhortó a que los cristianos del siglo XXI reflexionaran sobre este texto. Y en su exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis [2] ha considerado citando un texto de San Ignacio de Antioquia [3] que el cristiano es el que vive según el domingo: “iuxta dominicam viventes” . El papa Benedicto señala: “La costumbre característica de los cristianos de reunirse el primer día después del sábado para celebrar la resurrección de Cristo- es el hesno que define también la forma de la existencia renovada por el encuentro con Cristo” [4] . Por eso siguiendo el pensamiento del papa en el título de este trabajo he resaltado otra frase de las actas del martirio, cambiando el singular por plural y el pretérito perfecto de indicativo por el presente: “celebramos el domingo con los hermanos porque somos cristianos” o dicho de otro modo “somos cristianos porque celebramos” lo que nos lleva, desde el punto de vista de la pastoral litúrgica, a revitalizar la celebración de la Eucaristía dominical como el centro neurálgico de la identidad cristiana.

Se trata, ahora, de comentar el texto del martirio [5] siguiendo las preguntas: ¿Dónde fue? ¿Cuándo aconteció? ¿Quiénes fueron los mártires? ¿Qué nos narra?.

¿Dónde fue? Abitene, ciudad africana

Abitine, o Abitinias (Abitinae ), era una pequeña ciudad romana, asentada en el norte de África (de la provincia África procunsularis ) en la actual Túnez, cuando todo el Mar Mediterráneo, Nostrum que decían los romanos, era concebido como Europa. Cercana a Cartago, San Agustín [6] la situaba al sur oeste de la antigua Membressa, actualmente Medjez el Bad, en el valle del río Medjerda, una de las llanuras más ricas de Túnez. Aparece como sede episcopal las actas del séptimo concilio cartaginense del 256, en tiempos de San Cipriano [7] . También en las actas del Sínodo de Cartago del 411 y en los concilios del 545 y del 649.

¿Cuándo? La persecución de Diocleciano

El martirio aconteció durante la persecución del emperador Diocleciano (303-304). Después de cuarenta años de paz es la última gran persecución sistemática y general del Imperio al Cristianismo. En estos cuarenta años a la iglesia consolidó socialmente, de forma que, como se puede intuir de la lectura de las actas, a principios del siglo IV encontramos una iglesia ministerialmente estructurada, con lugares de culto conocidos ( domus eclessiae ) y una cierta capacidad para “imprimir” libros. La persecución pretende, como relata el historiador eclesiástico Eusebio [8] el derribo de la iglesia: la destrucción de sus lugares de culto y la entrega de los libros para que sean arrojados a fuego; la destitución de toda jerarquía eclesiástica. Se trataba de una persecución global sin precedentes, en todas las regiones del imperio y contra cualquier manifestación externa de la fe cristiana. El fin perseguido por Diocleciano y sus consejeros políticos, sobre todo su Cesar Galerio, verdadero instigador de la persecución, era la restauración del imperio devolviéndolo a su antiguo esplendor para detener su declive político y moral. Era necesario la proclamación de una fe ciega en la divinidad del emperador, que en el 287 se había arrojado para sí el título de descendiente Júpiter ( Iovius ), dando a su homónimo de occidente, Maximiliano, el título de descendiente de Hércules y a sus dos Césares, Galerio y Constancio Cloro, les invistió con en nombre propio de Augusto, configurando dos líneas dinásticas de ascendencia divina. Si bien este hecho al comienzo, no suponía la persecución de los cristianos, después de cuarenta años de paz, a la postre el cristianismo resultaba incomodo y peligroso a un emperador y a un imperio que buscaba cohesión entorno a una persona y entorno a una ideología religiosa: el paganismo. La salvación de viejo mundo y de su universo ideológico pasaba por la erradicación del “nuevo credo” que había arraigado profundamente en las clases humildes y que tenía muchos adeptos en todo el tejido social. Los intelectuales paganos, neoplatónicos como Porfirio, instigaron y alentaron estas ideas. Porfirio hacía el 303 escribió un opúsculo “Contra los cristianos” . Las clases políticas no fueron ajenas a la influencia de esta propaganda como en el caso de Galerio que odiaba a los cristianos hasta desear su muerte y destrucción.

A comienzo del 302 se dio ordenes para que los soldados sacrificaran a los dioses bajo pena de ser expulsados del ejército. En el año 303, comenzando por el 24 de febrero, se publicaron tres decretos que, en progresión geométrica, fueron intensificando la persecución. El primer edicto pretendía la destrucción de los edificios eclesiásticos y la de los libros y la persecución y destitución de la jerarquía eclesiástica: los obispos, sacerdotes y diáconos; la prohibición de apelar a juicio y para los esclavos cristianos la imposibilidad de lograr la libertad. El segundo, se condenaba a la cárcel no sólo a la alta jerarquía eclesiástica sino a todo el estamento clerical estratificado en distintos ordenes y finalmente el tercero conminaba la tortura y la muerte para los reincidentes y los obstinados que no querían aceptar las disposiciones imperiales. En esta persecución dieron su vida haciendo de la debilidad humana el testimonio divino entre otros Marcelino y Pedro, Ágata, Lucía, Casiano...

La persecución de Diocleciano supuso para la iglesia la destrucción de gran parte de su patrimonio y la pérdida de numerosos códices que ahora serían verdaderas joyas para la investigación teológica: Versiones de la sagrada Escrituras, escritos de autores patrísticos citados, pero desaparecidos hoy, y, lo peor, la propia división interna. Muchos clérigos, sacerdotes y obispos, temerosos ante la persecución, entregaron los libros Sagrados y litúrgicos. Se trata de la figura de los traditores, que cuando cesó la persecución pidieron volver al seno de la Iglesia ante el recelo de los confesores , que se habían mantenido fieles. Años más tarde, la polémica acabó de modo lamentable para la iglesia Africana con cisma donatista. Los donatistas consideraban que el perdón era imposible para el que había apostatado. Así los traditores eran indignos de su condición eclesial y los sacramentos celebrados por ellos eran inválidos. ¿Quién iba a decir a Galerio y a Diocleciano que la persecución imperial daría un fruto duradero que se convertiría en una causa interna, remota pero real, del hundimiento de la iglesia africana cuando entró en el juego de la historia el Islam?

Ni siquiera las actas de estos mártires se vieron ajenas a la polémica entre detractores y partidarios del perdón para los traditores . Pues fueron utilizadas por los donatistas para justificar la expulsión de los apostatas, de tal manera que fueron reelaboradas por un autor donatista para que sirviera de propaganda a sus pretensiones. La versión de Ruiz Bueno, suprime el breve prologo y el largo epilogo, con el que el autor donatista se despachó a su gusto contra su obispo Mesurio y su sucesor el archidiácono Ceciliano, acusado, según el redactor donatista, de haber impedido brutalmente de llevar alimento a los confesores apresados, causándoles la muerte.

El refundidor donatista, no se sabe bien el motivo, borró la indicación de los cónsules, es decir, la fecha del martirio, dato que suple San Agustín, situándola en el 12 de febrero de 304.

¿Quiénes fueron los mártires? Una iglesia ministerial.

¿Quienes eran aquellos pequeños hombres que se opusieron al gran leviatán del estado imperial? En el interrogatorio procónsul Anulino preguntó a Télica, uno de los mártires: ¿Quién es junto contigo el responsable vuestras reuniones? Télica respondió: El presbítero Saturnino y todos nosotros ( presbyter et omnes ). Es decir, toda la comunidad ministerialmente estructurada. Esta repuesta nos está anunciando la conciencia de constituir el pueblo sacerdotal [9] entorno a la sinaxis [10] Eucarística. Siglos más tarde, el Concilio Vaticano II formularía esta identidad de esta manera: “Al participar en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de toda la vida cristiana ofrecen a Dios la Victima divina y a si mismo con ella,. De este modo, tanto por el ofrecimiento como por la sagrada comunión, todos realizan su función propia en la acción litúrgica, pero no de la misma manera sino cada uno en la forma que le es propia. ” (LG 11) Telica no prefirió al presbítero sin los hermanos sino que unió a los hermanos al presbítero ( “frates prebytero confessionis consortio copulavit” ) en la confesión de la fe. Puesto que “el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico están ordenados el uno al otro; ambos en efecto participan del único sacerdocio de Cristo” (LG 10). “Si bien es el sacerdocio ordenado el que en virtud de la potestad sagrada que goza, configura y dirige al pueblo sacerdotal, realiza como representante de Cristo el sacrificio eucarístico” (LG 10). La doctrina de la Iglesia ha señalado desde siempre la ineludible presidencia del ministerio sacerdotal ordenado para la celebración válida de la Eucaristía. El papa Benedicto XVI [11] , en continuidad con el magisterio del papa Juan Pablo II [12] ha vuelto a sacar a la luz la importancia de este tema recordando que en el papel del sacerdote que en la acción litúrgica actúa en nombre de Cristo, pues “nadie puede decir esto es mi cuerpo y este es el cáliz de mi sangre si no es en nombre y en la persona de Cristo, único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza” [13] y a la vez, “el ministro ordenado actúa también en nombre de toda la Iglesia cuando... ofrece el sacrificio eucarístico” [14] .

El papa, del mismo modo, ha destacado la importancia de los ministerios y servicios en la celebración: “ la belleza y armonía de la acción litúrgica se manifiestan de manera singular en el orden con el cual cada uno está llamado a participar activamente.” [15] Esta actas muestran esta belleza puesto que los cuarenta y nueve mártires son un epifanía de lo que es la comunidad eclesial, ministerialmente ordenada entorno al altar del sacrificio Eucarístico. En ella descubrimos al ministerio del Lector: Saturnino hijo y Felix; la vida consagrada: María y Victoria; los niños como Hilariano, los ancianos como el presbítero Saturnino. Estos constituían la asamblea ( eclessia ) celebrante: Christiani sumus nos. Nos, inquit, collegimus, Nosotros somos cristianos, nosotros nos reunimos. Observamos como está resaltada la primera persona del plural, “ nos” , aparece dos veces: nosotros nos reunimos; nosotros somos cristianos.

Ser cristiano es ser reunión, ser asamblea que celebra. Esta realidad está expresada a lo largo de todas las actas. Señalamos el lugar donde el procónsul interroga con la finalidad de descubrir por qué no habían cumplido la orden imperial, presuponiendo que una cosa era la fe y otra la reunión. A juicio de un pagano se podía ser cristiano y cumplir el decreto que prohibía la reunión. Félix le responde: “nosotros somos cristianos y no podemos guardar otra ley” [16] . El procónsul en cambio manifestaba de esta forma su pensamiento [17] : Yo no te he preguntado si eres cristiano. Si eres cristiano cállatelo ( Christianus, inquit, utrum sis, tace ) yo te pregunto si has asistido a las reuniones ( si in collecta fuisti ). El cronista considera necia y ridícula la pregunta del juez: “ como si el cristiano pudiera pasar sin celebrar el Domingo” ( Quasi Christianus sine Dominico esse possit ), puesto que el cristiano está constituido en el Domingo y el Domingo en el cristiano ( in Dominico Christianum et in Christiano Dominicum constitutum ). Esto es lo que les llevó al martirio; su conciencia de ser cristiano y que reunirse era una misma cosa. Por eso, cuando su obispo cumplió la ley imperial abandonando a su iglesia, siguieron reuniéndose bajo la presidencia de su presbítero Saturnino; hasta que descubiertos, fueron arrestados, encarcelados, torturados y finalmente, entregados a la muerte.

¿Qué nos narra? Las actas y el dominicum

“Sine dominico non possumus” exclama valientemente el mártil Télica ante el procónsul. Dominicum es el sustantivo neutro del adjetivo dominicus. que significa posesión de modo que una cosa es del Señor; que le pertenece. Dominicum y dominicus provienen del vocablo Dominus traducción latina de la palabra griega Kyrios .

La palabra Kyrios designa en la versión griega de la Biblia de los LXX a Dios, como traducción directa del vocablo Adonai , (mi Señor) circunloquio que sustituye la pronunciación del nombre divino YHWH. La formula “ Jesús es Señor” está significando el Señorío de Cristo, su realeza y su divinidad, en contraposición con los otros señores paganos, entre otros el emperador Kyrios Kaesar . En las actas del martirio de Policarpo se contrapone el Señorío de Cristo y el Señorío pagano [18] . Policarpo se niega a confesar que el Cesar es Señor. Esto resulta tan absurdo para un pagano que el verdugo le insiste con esta pregunta sumamente significativa: “¿Pero qué hay de malo en decir Kyrios Caesar?” [19] . Kyrios para el cristiano es la autoridad ante la que se realiza y responde toda decisión humana. Todos los dominios y manifestaciones de la vida y de la comunidad cristiana quedan confrontados con el Kyrios . El cuerpo y el espíritu, la totalidad de la persona es para el Señor; “Si vivimos, para el Señor vivimos y si morimos para el Señor morimos” .(Rm 14, 8); “el cuerpo es para el Señor” (1 Co 6, 13). El Señorío de Cristo hace que el cristiano cumpla sus leyes, antes que los preceptos del Emperador. Así lo expresa el mártir Telica: ”Doy gracias al Dios de los reinos. Ya se me presenta el reino eterno, el reino incorruptible. Señor Jesucristo (Domine Iesu Christe) Cristianos somos, a ti serviremos...” Y ante la insistencia del juez de cumplir la ley del emperador y de los césares responde: “Yo no me cuido sino de ley de Dios que he aprendido. Esa es la que guardo, por ella voy a morir y en ella quiero consumar mi vida; fuera de ella ninguna otra existe”. Más adelante se produce la misma confrontación con Emérito. El procónsul le provoca diciendo: Antes era la orden de los emperadores y lo césares, a lo que el cristiano le replica: “Antes es Dios no los emperadores... A ti Cristo Señor (Christe Domine) te doy alabanzas” .

La exaltación de Cristo como Señor, constituye el núcleo del anuncio primitivo de la Iglesia ya desde el día de Pentecostés [20] . En 1 Cor 10, 21 San Pablo nos habla de “la mesa del Señor” [21] ( Kyrikón deipnon ). Es posible que de esta palabra se pudo pasar a designar el día del Señor ( Kyriaké heméra ), en que ser reunían para la cena. Algunas lenguas romances y eslavas siguen conservado esta denominación [22] . Observamos un paralelismo entre ambos sintagmas: “Kyrikón deipnon” y Kyriaké heméra” que indica que el misterio de la Pascua no está concentrado en el día histórico del acontecimiento sino en el día en que se actualiza su sacrificio salvador acontecido de una vez para siempre, pero perpetuamente presente en la liturgia de la Iglesia. El asignar con el nombre Kyriaké heméra al primer día de la semana indica la presencia prometida del Señor (Mt 28, 20). Una presencia salvadora en la acción litúrgica celebrada en un tiempo concreto: El día del Señor, dominicum diem.

Se sobreentiende que el adjetivo neutro dominicum complemente a un sustantivo. En las actas aparece el término dominicum acompañado de un sustantivo como en el término “Escrituras del Señor” ( ad Scripturas dominicas legendas ) o bien, referido a los mártires, “el ejercito del Señor” ( agmen dominicum ). Pero la mayoría de las veces la expresión Dominicum aparece sola, puesto que el sustantivo al que complementa ha desaparecido en un proceso lingüístico.

Varios sustantivos pueden ser calificados por Dominicum en el contexto de las actas: Dominicum corpus (el cuerpo del Señor), Dominicum sacrificium (el sacrificio del Señor), Dominicum mysterium (el misterio del Señor) [23] , Dominicum pascha (la pascua del Señor), Dominicum convivium ; (la cena del Señor), y también el día de la celebración de la Cena: Dominicum diem (el día del Señor). En realidad el término dominicum contiene todos estos valores: es el día del Señor en el cual se celebra el sacramento del sacrificio del Señor, su misterio de muerte y resurrección, su Pascua en su cuerpo entregado y sangre derramada que se nos da por alimento en la mesa del Señor en la que nos sentamos como hermanos.

La expresión Dominicum diem y el olvido del sustantivo diem nos lleva a pensar una personificación o cristologización del día primero de la semana, memorial de la resurrección. Cristo es el día de la Resurrección, Cristo es el Sol invicto de la muerte.

La celebración cristiana en el primer día de la semana está suficientemente atestiguada en las fuentes más primitivas. Así, San Justino, en el siglo II, describe la celebración de la Eucaristía cristiana enclavándola en el día primero, “en el que Dios transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos, pues es de saber que le crucificaron el día antes del día de Saturno, (sábado), y al día siguiente el día del Sol, aparecido a sus apóstoles y discípulos, nos enseñó estas mismas doctrinas que nosotros os exponemos para vuestro examen” (I Apol, 67, 3-7). En las lenguas anglosajonas se sigue llamando el domingo el día del Sol. Este terminología no es, con todo, totalmente pagana. Cristo había sido definido como el Sol de Justicia que nace de lo alto. En el cántico de Zacarías (Lc 1, 68-79) Jesucristo es el sol que resplandece sobre la humanidad, para realizar en ella la salvación de Dios. Esta imagen nos lleva a idea de que Jesucristo es día eterno. Este concepto pudo gestarse en la interpretación patrística de Malaquías 4, 2 y del salmo 117, 24. La versión africana de este salmo dice: “Iste est dies quem fecit Dominus” (“este es el día que hizo el Señor” ) en masculino, en vez de femenino lo que permitió a san Cipriano reconocer en él la figura de Jesucristo: “Como Cristo es el sol y día verdaderos, cuando se oculta el sol y el día material y oramos y pedimos que torne de nuevo la luz, suplicamos que vuelva Cristo para traernos el don de la luz eterna. Que Cristo es ese día lo declara el Espíritu Santo en los salmos: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra an­gular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un mila­gro patente. Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal. 117:22-24). Asi­mismo, que fue llamado sol Cristo, nos lo atestigua el profeta Malaquías cuando dice: Para vosotros, que tomáis el nombre del Señor, nacerá el sol de justicia y bajo sus alas estará vuestro remedio (Mal 4:2)” [24] .

“Si en domingo no podemos” una expresión sintética que puede resumir toda la fuerza de la celebración de la pascua semanal. La Pascua dominical es la fiesta primordial del cristiano, sin ella ninguna realidad cristiana tiene sentido, puede ser ( non possumus ); si “Cristo no ha resucitado vano es nuestra fe” (1 Cor 15, 14). La resurrección de Cristo de la muerte es nuestra salvación, nuestra esperanza, nuestra luz y nuestra vida, nuestra razón de ser. “El cristiano no puede sin ser sin el domingo” (quasi christianus sine dominicum esse possit) . “Sin mí, no podéis hacer nada” ( Jn 15, 5) nos dice Jesús. El dominucum (del Señor) es la esencia del cristianismo, su naturaleza, ( in dominicum christianum constitutum ) su identidad ontológica previa a su manifestación existencial, ética o espiritual.

Una parte esencial del domincum es la lectura de las Sagradas Escrituras “siempre nos hemos reunido en el domingo para leer las Escrituras del Señor” ( ad scripturas dominicas legendas in dominicum convenimos semper ). El sintagma dominicas legendas in dominicum; significa: Leer las escrituras del Señor en el Señor, o bien, podríamos decir, o en el Spiritus dominicum , (en el Espíritu del Señor), que implicaría la norma que el Señor ha confiado a su Iglesia. Se trata de la lectura en la tradición de la iglesia que asegura y confirma la fe recibida. Una lectura que llevaría a asumir las Escrituras no en pergaminos sino en los propios corazones.

Un último valor, pero no por ello menos importante, que encontramos en el término dominicum se trata del lugar de la celebración, la casa del Señor. Las palabra inglesa church y alemana Kirche que designan iglesia, edificio o comunidad, vienen del Kyriakón griego (el dominicum latino). La celebración de la pascua dominical implica el lugar de la celebración, la casa del octavo día. En Abitene se reunieron en la casa de Emérito. De tal manera que en las palabras Emerito dominicum . podemos leer a la vez la celebración misma y el lugar de la celebración.

Conclusión: Ser cristiano es vivir según el domingo: “iuxta dominicam viventes

Como hemos indicado al principio evocando las palabra del papa Benedicto. Ser cristiano es vivir bajo la sombra del dominicum , del domingo, es decir, del Señor, pero no sólo en la celebración litúrgica y un día a la semana, sino vivir la existencia transida del Señor y de su Pascua, que se trasluce en un culto en Espíritu y Verdad capaz de dar la luz de la eternidad a las realidades temporales y sembrar esperanza en la humanidad caída, errante como oveja sin pastor, que busca y ansía a su Señor y que seguramente lo encuentra en la Eucaristía, fuente de comunión y de eternidad para el genero humano. Vivir el domingo es sembrar de eternidad nuestro mundo, hacer bajar el cielo a la tierra. Una necesidad acuciante en una sociedad occidental que regida por la voluntad de dominio que acaba destruyendo, al principio, al hermano más desprotegido y pobre y, al final, al mismo ser humano. Es necesario, para la construcción de un mundo más justo y solidario vivir el Domingo porque, como ha señalado el papa en su última Encíclica Spe Salvi : “ E s necesario convertir el tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la comunión de las almas queda superado el simple tiempo terrenal. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil” [25] .


[1] Este artículo fue publicado, en su día en la Revista Pastoral litúrgica Nº. 296 (2007), p. 49-58. El presente trabajo es una relectura del mismo incorporando la reflexión del papa Benedicto XVI en su exhortación apostólica Sacramentum caritatis

[2] Sacramentum caritatis 72

[3] A los Magnesios 9, 1-2: PG 5, 670

[4] Sacramentum caritatis 72

[5] En Ruiz Bueno , Actas de los mártires , Madrid 1994.

[6] Contra Epist. Parmeniani III, 6, 2 (=CSEL 51, p 141).

[7] Cipriano , sent, episc ., 64 (=CSEL, 3, p. 456)

[8] Hist. Eccl , VII 2, 4

[9] 1 Pe 1, 9

[10] collecta; tal término es el que utiliza las actas.

[11] Sacramentum caritatis 23

[12] Ecclesia de Eucharistia 28-33

[13] Sacramentum caritatis 23

[14] Ibidem

[15] Sacramentum caritatis 53

[16] Este precepto divino consiste en que de la reunión dominical que no debe interrumpirse. Así lo había manifestado Saturnino: “ Intermitti Domunicum non potest, ait. Lex sic iubet”

[17] No está tomado literalmente

[18] Cf. 1Cor 8, 5s; 10, 21)

[19] Véase en Ruiz Bueno , Actas de los mártires , Madrid 1994. p. 270

[20] Hech 2 ,36

[21] La expresión está tomada de Mal 1, 7 pero no se dice el altar de YHWH sino de la mesa en que se celebra la cena de Jesús.

[22] Frente a las lenguas anglosajonas que se le sigue denominando el día del Sol. Por el contrario, la expresión Kyriakón se conserva en estas para referirse a la asamblea celebrante, a la iglesia y al edificio (cf. ingl. church; alemán Kirche)

[23] Expresión elegida en la traducción que hemos puesto de las actas en el suplemento. Ruiz Bueno , Actas de los mártires , Madrid 1994.

[24] De oratione dominica, 34 (PL 4 560-562)

[25] Spe Salvi 48